De Jesucristo, Verbo de Dios encarnado, san Cirilo de Alejandría fue un incansable y firme testigo.
Joseph Razinger
En el año 370 de nuestra era nacieron en Alejandría dos personas destinadas a ocupar un lugar en los libros de historia.
Eran tiempos convulsos. Un nuevo culto había aparecido. Se llamaban a si mismos cristianos y no se andaban con chiquitas. En Alejandría se multiplicaban los enfrentamientos entre esta nueva secta y el resto. En este clima de conflictos y tensión nacieron las dos personas de las que quiero hablar.
El sabio Teón llamó a su hija Hipatia, que significa la más grande. Y, desde luego, la niña hizo honor a su nombre. No sabemos quien es la madre de Hipatia pero se tienen bastantes datos sobre su padre. Además de por sus trabajos sobre el Almagesto de Ptolomeo y sobre las obras de Euclides, Teón pasó a la historia por ser el último director de la Biblioteca de Alejandría. En los pasillos y salas de este monumental almacén de conocimientos se crió la pequeña Hipatia, rodeada de las obras de los más importantes sabios de todos los tiempos.
Con los años, Hipatia se convirtió en una experta en astronomía, historia, filosofía, matemáticas, etc. Estudió desde muy pequeña a Platón, a Aristóteles, a Demócrito y a muchos otros sabios y pensadores. Era una privilegiada pues la mayor parte de las obras que Hipatia devoraba únicamente se encontraban en Alejandría. La Biblioteca se había convertido en una especie de Arca de Noé del conocimiento humano que preservaba los últimos rollos existentes de un gran número de obras maestras de la literatura y de avanzados tratados científicos (como por ejemplo, las obras completas de Demócrito) Y todos estaban a disposición de Hipatia.
La magnífica Biblioteca hizo que los sabios de todo el mundo se viesen atraídos hacia Alejandría. Filósofos de todas las ramas llegaban a la ciudad a estudiar obras que no encontrarían en ningún otro sitio o a intercambiar opiniones con otros sabios. Se fundaban escuelas en las que se enseñaban todas las materias en las que se dividía el conocimiento humano. En los foros públicos y en las tabernas se iniciaban encendidos debates matemáticos o filosóficos.
Pronto Hipatia se convirtió en una experta en multitud de campos, superando en conocimientos a su padre. En su propia casa fundó una escuela donde enseñaba la filosofía de Platón y Aristoteles. Precisamente a través de las cartas de uno de sus discípulos, Sinesio, es como ha llegado hasta nuestros días la mayor parte de lo que sabemos sobre Hipatia. Al parecer sus alumnos la adoraban; se formaban auténticas multitudes cuando salía de su casa y la gente la seguía por la calle mientras le formulaban preguntas o le planteaban nuevos temas de discusión. De ella se decía que su belleza y su encanto eran comparables a su inteligencia. Tenía infinidad de pretendientes pero nunca se casó ni mantuvo relaciones duraderas; prefirió dedicar su tiempo por entero a la enseñanza y el estudio. Haber sido alumno de Hipatia era el equivalente a tener un título en Oxford o Stanford hoy en día.
Hipatia hizo honor al nombre que su padre decidió ponerle. La más grande era, sin duda, una forma perfecta de definir a la filósofa alejandrina. Para desgracia de Hipatia en Alejandría vivían también personas muy, muy pequeñas. Una de estas personas fue Teófilo.
En el 380, cuando la filósofa tenía diez años, ese nuevo culto que tanto revuelo armaba fue convertido en religión oficial del Imperio. Desde ese momento los ataques contra herejes y paganos se multiplicaron. Ahora que eran una Religión de Estado los cristianos se vieron con las manos libres para hacer lo que les viniera en gana. Teófilo era el Patriarca de Alejandría y como tal disponía de un poder casi tan grande como el Patriarca de Roma. El volumen de comercio que pasaba a través de la ciudad era inmenso y Teófilo así como otros peces gordos del Patriarcado se llevaban una suculenta tajada del pastel. Pronto, los templos y estatuas cristianos, a cada cual más impresionante y caro, comenzaron a llenar Alejandría. Pero a Teófilo no le bastaba con construir, lo que de verdad le interesaba era destruir. Todos los templos que no fueran cristianos debían ser derribados o quemados para ser sustituidos por monumentos propios de la nueva religión. Y esto incluía la Biblioteca. En el 390, cuando Hipatia tenía veinte años, Teófilo ordenó que la Biblioteca fuera demolida hasta los cimientos, incluido el Serapeum (un anexo donde se guardaban gran parte de los volúmenes) y en su lugar se alzó un templo dedicado a San Juan Bautista. (Una pequeña parte del contenido pudo ser puesto a salvo, pero poco importó. Lo que unos fundamentalistas iniciaron, otros se encargaron de terminar. Los árabes redujeron a cenizas siglos después cualquier volumen que hubiera podido escapar a Teófilo)
No hay documento alguno que nos hable de la reacción de Hipatia ante este hecho. Pero no cuesta mucho imaginar lo que significó para ella. Hipatia, literalmente, había crecido entre aquellos muros, rodeada de pergaminos. Ella, más que nadie, era consciente de todo el saber acumulado en las innumerables estanterías. Y, sobretodo, sabía que de la mayoría de los textos más importantes no se conservaban otras copias. Obras de teatro de los clásicos griegos, tratados filosóficos, estudios sobre astronomía o matemáticas... Había libros de Euclides, Aristarco de Samos, Sófocles (¡mas de 100 obras de Sófocles destruidas!), Esquilo, Eurípides... Todo se perdió para siempre.
He dicho que iba a hablar de dos personas que nacieron el mismo año y hasta ahora solo lo he hecho de Hipatia. En el 370 también nació Cirilo y, como Hipatia, también tenía un familiar ilustre: su tío. Pero Cirilo no significa el más grande. De hecho, este Cirilo es otro de esos hombres pequeños. Bien podría haberse llamado el más pequeño. Su tío no era otro que Teófilo, el que se encargó de destruir siglos de nuestro pasado cultural en una tarde.
El comportamiento estúpido y el odio al conocimiento debían ser algún tipo de tradición familiar ya que Cirilo pronto hizo méritos para ponerse a la altura de su tío. Mientras Hipatia se empapaba del saber humano en la Biblioteca, Cirilo prefería otras formas de cultivarse. Se retiró a un monasterio en el desierto para meditar y dedicarse a la vida contemplativa en compañía de unos monjes. (Nota: Meditación y vida contemplativa es el termino religioso para lo que en lenguaje laico se denomina tocarse los huevos o no dar palo al agua) Aunque sería injusto afirmar que Cirilo descuidó su formación. También dedicó parte de su tiempo al estudio de los libros. Bueno, realmente prefirió especializarse al máximo y se concentró en el estudio de un solo libro.
Mientras Hipatia escribía sus comentarios a la Aritmética de Diofanto o elaboraba su Canon astronómico, Cirilo no permanecía ocioso. Escribió sesudos tratados sobre la divinidad o no divinidad de Cristo, estudió durante años los entresijos de la Trinidad y fue una auténtica autoridad en el tema de la virginidad de la Virgen, valga la blasfema redundancia. Cuestiones, todas estas, de vital importancia para el avance humano y que, sin duda, mantenían en vilo a todo el mundo.
Hipatia se ganó todo lo que tenía. Tanto su intelecto como su humanidad atraían a gente de todos los lugares. Su Academia era la más respetada y sus alumnos los mejor formados. Cirilo también se ganó el puesto de Patriarca de Alejandría pero lo hizo de una forma digna de Tony Soprano. En el Concilio de Éfeso se quitó de encima a su rival, Nestorio, abriendo la sesión antes de que los obispos rivales se presentasen por lo que tan solo participaron los de su bando.
Como Hipatia, Cirilo también iba siempre rodeado de gente. En concreto de 500 monjes que se había traído del desierto y que, más que por su piedad, destacaban por sus habilidades en el combate. Era una especie de guardia personal de élite. Uno de los capitanes de este grupo era Pedro el lector (lector de un sólo libro, no podía ser de otro modo) Los 500 de Cirilo pronto empezaron a limpiar la ciudad de todo lo que oliera a pagano o judío. La mayoría de no cristianos acabaron abandonando la ciudad o convirtiéndose ya que no hacerlo suponía arriesgarse a pedradas, linchamientos, destrucción de negocios o, simplemente, desaparecer en plena noche. Hipatia, ignorando el consejo de sus amigos, nunca abrazó el cristianismo.
El prefecto imperial solicitó a Roma que Cirilo fuera desterrado por sus crímenes pero sus quejas fueron ignoradas. De hecho, lo único que consiguió fue que la espiral de violencia aumentara. Uno de los monjes de Cirilo descalabró al prefecto de una pedrada y éste lo mandó ejecutar. En respuesta, Cirilo otorgó honores de mártir al monje ejecutado y le dio sepultura en una iglesia. Era toda una declaración de guerra.
Cirilo había dejado bien claro quien mandaba y cuales eran sus métodos pero nadie esperaba el siguiente golpe. Un día, en el año 415, un grupo de monjes de Cirilo al mando de Pedro el lector asaltó el carro de Hipatia y la sacaron a rastras. La desnudaron y, tras atarla a la parte trasera del carro, la arrastraron hasta la catedral. Allí le arrancaron la piel usando conchas y la dejaron morir desangrada sobre el suelo del templo. Una vez muerta quemaron su cadáver y diseminaron sus restos.
Hipatia y su historia fueron olvidados casi por completo. Durante mas de mil años apenas es nombrada en un par de volúmenes. Hasta que su figura no fue rescatada y revindicada durante la Ilustración Hipatia no fue más que una nota a pie de página.
Cirilo fue santificado. Actualmente se le considera doctor de la Iglesia y es venerado tanto por católicos como por ortodoxos y anglicanos. Todas sus obras son consideradas de suma importancia. Por si a alguien le interesa, su fiesta es el 27 de junio.
Dejando a un lado su escaso ritmo cinematográfico y su tedioso montaje, Apocalypto, el último film de Mel Gibson, me sorprendió por la puesta en escena de una idea que disfrutó de cierta consideración hace décadas (o siglos) pero que resultó no ser más que una ficción. Me refiero al mito del buen salvaje.
En la película, la mayoría de miembros de una pequeña tribu de cazadores recolectores del Amazonas son hechos prisioneros por los mayas, a manos de los cuales sufren todo tipo de vejaciones y torturas mientras se encaminan a su destino fatal: el sacrificio ritual. Lo absurdo del guión, y de la puesta en escena de Gibson, es el modo en que mayas y cazadores son representados. Los nativos capturados son buenos, amables, sabios y viven en perfecta armonía con su entorno. No conocen el odio, la envidia o los celos, son ajenos a la violencia entre seres humanos y solo matan aquellos animales que son necesarios para su sustento. Por otro lado, los mayas son salvajes, cubiertos de pinturas terroríficas y cada uno de ellos lleva más armas encima que Chuck Norris. Más que hablar se comunican gruñendo o golpeándose y sus ciudades son polvorientas, ruinosas y llenas de sangre y cadáveres. A lo que más se parecen es a los orcos de ElSeñor de los Anillos.
La perversa sociedad
La idea del buen salvaje que ha llegado hasta nuestros días es básicamente un refrito con un poco de Rousseau, una pizca de Freud y bastante de Durkheim. Viene a decir que los seres humanos nacemos por completo inocentes y que es la sociedad la que nos convierte en egoístas, asesinos, maltratadores, mentirosos, ladrones, etc. Puesto que parten de la idea de que nacemos sin ningún tipo de instinto ni circuitería mental que nos encamine en dirección alguna, cualquier idea o sentimiento que experimentemos debe, por fuerza, provenir de una influencia exterior. La sociedad. Ya que todos somos inocentes y buenos por naturaleza, la culpa de que él vecino haya entrado en un centro comercial armado con un Kalashnikov será de los vídeo juegos, o del cine, o de sus padres, pero nunca admitiremos que quizá hubiera algo en él que, aunque fuera levemente y ayudado por otros factores, le impulsó a hacer algo así. No es póliticamente correcto decir algo así. Además, ¿no es cierto que los asesinos en serie, o los psicópatas son algo propio de nuestra sociedad? Los pueblos primitivos no tienen ni siquiera una palabra para los asesinos en serie. Está claro que es algo cultural.
Nota 1: Si definimos el termino asesino en serie de forma literal es lógico que no hallemos correspondencia en otras lenguas. Si en lugar de eso lo que buscamos es “persona que de repente se vuelve violenta” o “persona que enloquece y ataca al resto de la comunidad” o “persona que mata a otro sin motivo” descubrimos que prácticamente todas las culturas tienen un término cuyo significado se acerca a esas definiciones. Desde el wendigo de los indios de Norteamérica hasta amok para los malayos.
La delincuencia común también nos parece algo exclusivo de nuestra cultura occidental. Es impensable el crimen, sea pasional o por venganza, en una pequeña tribu de cazadores recolectores. Percibimos los asaltos, las violaciones o los homicidios como algo propio de nuestra sociedad.
Nota 2: Los San, los simpáticos bosquimanos que parecen el ejemplo mismo del buen salvaje por su pacifismo, tienen un indice de criminalidad en sus poblados, contando violaciones y agresiones violentas, similar al de Boston (con relación a su población)
Las guerras son el siguiente argumento. Esta claro que es un fenómeno por completo cultural ya que los animales no se declaran la guerra. Han sido las sociedades humanas las que han inventado el horror de la guerra, y cuanto más avanzada es una sociedad mayor es su dependencia de las guerras.
Nota 3: Esta claro que si definimos guerra como el enfrentamiento violento entre dos o más facciones organizadas la mayoría de animales no están capacitados para la guerra. No es plausible un enfrentamiento entre dos ejércitos de cocodrilos o una guerra de guerrillas entre elefantes. Para que pueda darse una guerra tiene que existir una organización social bastante compleja. Y resulta que cuando examinamos animales que viven en sociedades complejas nos llevamos una desagradable sorpresa. Los bandas de chimpancés se declaran la guerra unas a otras ocasionalmente. Y son bastante ingeniosos y violentos en el campo de batalla. Por otro lado, también hay enfrentamientos a gran escala, con miles de muertos, batallas, prisioneros y terreno conquistado, entre los hormigueros.
La afirmación de que cuanto más avanzada es una sociedad más violenta es en sus enfrentamientos tampoco se sostiene. En cualquiera de las frecuentes guerras entre tribus yanomami hay mayor cantidad de muertos y heridos, ateniéndonos a su población, que en la Segunda Guerra Mundial.
La antropóloga norteamericana Margaret Mead pareció encontrar la confirmación a la teoría del buen salvaje cuando estudió a los samoanos. Según ella en sus sociedades no había ningún tipo de crímenes. Sus poblados eran descritos como el mismísimo paraíso por la antropóloga. Tan solo había buen humor, camaradería y amor entre los samoanos. Los libros donde cuenta sus experiencias con los samoanos son éxitos de ventas aún hoy en día. Desgraciadamente la visita de Mead a los samoanos se pareció bastante a la que podría ver un visitante extraterrestre en nuestro planeta. Le recibiríamos con sonrisas y halagos. Los presidentes de dos países en guerra no se pondrían a darse patadas en los huevos ante la visita; en la cena de bienvenida no creo que Berlusconi se propasase con alguna camarera delante del alienígena (aunque de esto último no estoy seguro)
En antropología, una isla paradisíaca de los Mares del Sur tras otra resultó ser repulsiva y brutal; Margaret Mead afirmaba que la práctica indiferente del sexo hacía que los samoanos estuvieran satisfechos y no padecieran la lacra del crimen; luego se acabó demostrando que los jóvenes se aleccionaban unos a otros en la práctica de la violación. Mead calificó a los arapesh como un pueblo bondadoso; luego se descubrió que eran cazadores de cabezas. Mead dijo que los tshambuli invertían sus papeles sexuales, los hombres se peinaban haciéndose rizos y se maquillaban; en realidad los hombres pegaban a sus esposas, exterminaban a las tribus vecinas y consideraban el homicidio como un hito crucial en la vida de todo joven varón, que le permitía llevar aquella cara pintada que Mead consideraba tan femenina.
Steve Pinker
En los años sesenta la idea del buen salvaje, acompañada siempre de la teoría de la tabula rasa, llego al absurdo más absoluto. Se pasó de negar que todos las personas compartiéramos miedos naturales (como el miedo a la altura, a quedar encerrado aislado del grupo...) a negar que compartiéramos siquiera las emociones. Estas pasaron también a ser un constructo cultural. El psicólogo Paul Ekman realizó un experimento muy sencillo. Fotografió a varios occidentales con diferentes expresiones en el rostro, miedo, alegría, ira, etc. Luego mostró esas fotografías a varios miembros de la tribu fore y les preguntó que estaba sintiendo el fotografiado. Todos tuvieron perfectamente claro el significado de las expresiones. Ekman realizó el experimento a la inversa, fotos de fores enseñadas a occidentales, obteniendo el mismo éxito. Cuando expuso estos resultados a finales de los sesenta varios antropólogos del público se levantaron mientras le gritaban fascista. Un negro le llamó racista porque, según él, los afroamericanos tenían sus propias expresiones. 100% afroamericanas...
Hoy en día estas ideas siguen bastante arraigadas. Mucha gente piensa que las tribus “primitivas” son incapaces de reconocer una fotografía o de ver cine. Lo cual es completamente falso. En un documental supuestamente divulgativo titulado ¿Y tú qué sabes? se afirmaba, entre otras decenas de despropósitos y estupideces, que los nativos americanos eran incapaces de ver las naves de los conquistadores ya que su cultura no disponía de referentes para ellas. Eran ciegos a los barcos europeos. En el documental se ve una recreación de unas carabelas llegando a una playa donde hay un grupo de nativos. Cuando la cámara adopta el punto de vista subjetivo de uno de ellos las carabelas desaparecen y solo vemos la mar en calma. Y este documental, que traspasa la línea entre el buen salvaje y el salvaje gilipollas, se presenta como lo último en arte divulgativo. Los nativos no solo veían perfectamente las naves sino que con toda seguridad sabían lo que eran, o se hacían una idea aproximada. Ellos tenían canoas, al ver un enorme objeto de madera navegar sobre el agua con gente encima no podían más que suponer que era algún tipo de canoa fantástica.
Espero que este artículo no transmita la idea contraria a la que estoy criticando, que el hombre es malvado por naturaleza. Es una idea exactamente igual de estúpida. El que la guerra o la violencia sean algo común en nuestra especie no las convierte en inevitables. Puede que todos los seres humanos tengan deseo sexual pero eso no hace que no podamos reprimirlo a nuestro antojo. El miedo a las serpientes también es algo natural y hay multitud de personas que las adoran y no sienten ningún reparo ante ellas, del mismo modo que hay alpinistas que escalan a lugares que nos producen mareos solo con mirarlos. Puede que admitir que en todas las comunidades humanas existe la guerra nos acerque a una sociedad capaz de eliminarla. O puede que no. Pero desde luego cerrar los ojos y murmurar el hombre es bueno varias veces seguro que no ayuda a resolver nada.
Además, no solo encontramos cosas horribles en todas las culturas. La risa, el baile, la música, las fiestas, el humor, la camaradería, el amor, el arte, la solidaridad también están presentes en todos los grupos humanos.
Harris, Marvin, Antropología cultural, 1983
Harris, Marvin, Nuestra especie, 1989
Mead, Margaret, Adolescencia, sexo y cultura en Samoa, 1928
Mead, Margaret, Sexo y temperamento en tres sociedades primitivas, 1935
Los que fueran aficionados a El Informal seguro que se acuerdan de aquel genial sketch en el que, parodiando un anuncio realde Ruiz Mateos, nos presentaban el agua en polvo Riflorsa. Ésta consistía en unos maravillosos polvos gracias a los cuales, al echarlos en un vaso de agua, obteníamos un vaso de agua.
Algo parecido le sucedió a Franco con la gasolina en polvo. El caudillo era especialmente propenso a dejarse engatusar. Le colaron con facilidad el motor a base de agua como solución a los problemas de suministro de combustible o las piscifactorías de delfines para paliar el hambre. También llegó a anunciar en 1939, en sus discursos, el descubrimiento de yacimientos de oro y petroleo que acabarían con la pobreza en España. Años después de este anuncio España seguía teniendo una economía tercermundista y la gente seguía pasando hambre. Por supuesto nadie encontró ni rastro de tales yacimientos.
El caso más curioso e irrisorio fue el de la gasolina en polvo. En 1940 llegó a la Corte del Faraón un exiliado austriaco que afirmaba estar en posesión de una fórmula secreta que cambiaría el mundo. Albert Elder von Filek, que así se llamaba el oportunista en cuestión, afirmaba ser perseguido por las multinacionales del petroleo. A cambio de cobijo le ofrecía al dictador la exclusividad para explotar su descubrimiento. Franco tendría en su poder algo que haría temblar al mundo y convertiría a España en potencia mundial, la formula de la gasolina en polvo.
Elder von Filek se presentó ante Franco deshaciéndose en halagos y manifestando su admiración. Afirmaba ser seguidor del caudillo desde sus años en África. A los dictadores les suelen poner bastante los aduladores y Franco no fue una excepción. Pronto otorgó su crédito a aquel oportunista que besaba el suelo que pisaba. Filek hizo creer a Franco que su propio coche oficial funcionaba con aquella mezcla maravillosa. Al parecer el compuesto secreto consistía en algunas plantas y minerales pulverizados que debían añadirse al agua para convertirla en combustible. Además, Franco estaba de suerte, después de “analizarla con rigor” Filek afirmó que el agua del Jarama era perfecta para mezclar con su compuesto.
Franco, entusiasmado, le cedió unos terrenos junto al río donde poder construir una factoría. Incluso se proyectaron unos enormes depósitos que debían contener el preciado combustible mágico. También se le concedieron diez millones de pesetas (una fortuna en 1940) para el desarrollo de su empresa y en los periódicos se anunció a toda página la buena nueva de que, gracias a Franco, España iba a tener gasolina ilimitada. Este es el momento en que Von Filek debía haber arramblado con todo cuanto pudiera de los diez millones y haber puesto pies en polvorosa. Los dictadores suelen ser fáciles de engañar, no hay más que recordar a Stalin y su lysenkismo o a Hitler y su obsesión por lo paranormal. Después de todo, unas personas que se llaman a si mismos salvadores de la patria, lideres del proletariado o caudillos por la gracia de Dios, mucho sentido común no pueden tener. Pero, por mucho que sean victimas perfectas, hay que andarse con mucho tacto para timar a alguien que te puede mandar ejecutar al instante. Filek no supo, o quizá no pudo, escapar a tiempo y la estafa fue descubierta. Tanto él como el chófer de Franco, que fue acusado de complicidad, fueron condenados a la cárcel.
No he conseguido encontrar información sobre Filek y su cómplice tras su entrada en prisión. Quizá no llegaron a salir nunca. Si algún lector sabe algo del tema estaría bien conocer el destino de este caradura. No se puede negar que el tipo tenía valor para planear algo así. O eso o era completamente estúpido.
Los años cincuenta fueron muy duros para la industria del cine. La Edad Dorada se había terminado y comenzaban los problemas en el paraíso.
Primero fue la ley antimonopolio. Durante cuatro décadas los grandes estudios de Hollywood habían controlado no sólo la producción de películas sino también su distribución y exhibición. Todos los beneficios iban a parar al mismo sitio, el bolsillo de los directivos de los cinco grandes estudios; que además eran los que decidían que producciones se estrenaban en cada sala y cuando. Esto cambió en 1948 cuando el Tribunal Supremo estadounidense decretó que estas prácticas eran ilegales al constituir un claro ejemplo de monopolio. Las compañías hubieron de dividirse en empresas distintas que, por separado, se encargaban de distribuir o exhibir películas. Además, desde ese momento cualquiera podía ser propietario de una sala de cine o montar su propia red de distribución independiente y llevarse un trozo del pastel.
Pero había algo peor. En una sola década un extraño invento se había extendido por todo el país. En 1940 pocos sabían lo que significaba la palabra televisión mientras que en 1950 no eras nadie si no tenias una en tu sala de estar. El aumento de televisores entre las familias medias norteamericanas fue proporcional al descenso de espectadores en las salas de cine. Los estudios le declararon la guerra a esta competencia inesperada y decidieron además luchar en su propio terreno. ¿Qué podían ofrecer en Hollywood que la televisión fuera incapaz de igualar? Los fabricantes de sueños lo tenían claro: ellos podían ofrecer espectáculo. La televisión era una pequeña pantalla en blanco y negro donde todo se veía minúsculo. El cine ahora tenía color y los formatos de pantalla eran cada vez mayores hasta el punto de cubrir toda la zona de visión de los espectadores. Las televisiones disponían de un pequeño altavoz con apenas potencia. El cine tenía el stereo. En la televisión podías ver programas y series rodadas prácticamente a base de planos cortos. En el cine podías ver Los Diez Mandamientos, con efectos especiales nunca antes vistos, o perderte en las llanuras del lejano oeste viendo Centauros del desierto. Las producciones se hacían cada vez con mayor presupuesto, más largas, con decorados más impresionantes y con secuencias más espectaculares.
Pero todo era inútil. Los estudios seguían perdiendo dinero y las grandes superproducciones no hacían más que aumentar la deuda. Spyros P. Skouras, presidente de la Fox, se había visto obligado a vender gran parte de los terrenos propiedad del estudio para conseguir liquidez, pero no era más que un parche. Necesitaba un éxito fácil en taquilla. Dio órdenes de que se repasaran todas las antiguas producciones de la compañía para hacer un remake de alguna de ellas sin tener que gastar dinero en pagar guionistas o derechos de autor. Y encontraron esa película.
Skouras estaba encantado. La película había sido todo un éxito de la Fox en 1917 por lo que todos esperaban que su remake disfrutara de igual aceptación en 1959. Joan Collins se encargaría de dar vida a la protagonista en esta pequeña producción que contaba con dos meses de tiempo de rodaje. La película, de tan sólo dos millones de dólares de presupuesto, se iba a titular Cleopatra.
Wanger
Lo primero que había que encontrar era un buen productor. Skouras ofreció la producción varios candidatos pero todos se negaron en redondo. A nadie le parecía una idea atractiva. Cuando el proyecto parecía estancado llegó a oídos de los directivos de la Fox el rumor de que un veterano productor llevaba años empeñado en hacer una versión de Cleopatra. Se llamaba Walter Wanger y se había encargado de producir grandes clásicos durante la época dorada hasta que un curioso incidente lo había apartado de la primera línea unos años atrás. Cuando se encontraba en lo más alto de su carrera (acababa de ganar un Oscar por Juana de Arco) Wanger sorprendió a su mujer en la cama con su agente y no dudó un segundo antes de sacar su pistola y volarle a tiros los testículos al amante. Fue acusado de intento de asesinato y se pasó varios meses en la cárcel. Desde entonces no produjo más que series B y pequeñas producciones. No era el productor que habría elegido Skouras pero era el único que tenía. Wanger se convirtió en el productor de Cleopatra, su obsesión durante años.
En cuanto Wanger echó un vistazo a los detalles del proyecto se dio cuenta de que aquella no era la película con la que había soñado. Llevaba mucho tiempo deseando hacer Cleopatra y no estaba dispuesto a producir una película del montón llena de decorados de segunda mano y actores desconocidos. Con su propio dinero contrató a un famoso diseñador de producción para que hiciera unos bocetos de como sería Cleopatra si le dejaban rodarla tal y como él quería. Con los dibujos bajo el brazo se presentó ante los directivos de la Fox y consiguió que aumentaran el presupuesto a cinco millones de dólares.
Pero no era solo un problema de presupuesto. Wanger quería volver a hacer una película con mayúsculas, una que la gente recordara durante décadas. Y para eso necesitaba una estrella. Joan Collins estaba bien, en el poco tiempo que llevaba en el cine ya había protagonizado algunas producciones de peso, pero... no era una estrella. Walter Wanger quería no sólo una estrella, quería a la estrella del momento. Wanger quería que su Cleopatra fuera Elizabeth Taylor.
Taylor
Skouras no estaba tan convencido. Liz Taylor ya había comenzado a practicar su curiosa afición de coleccionar matrimonios. Ya iba por el cuarto, Eddie Fisher, que además era el mejor amigo de su anterior marido, Michael Todd. Eddie había sido el padrino de boda de Taylor y Todd por lo que su aventura con la actriz no fue muy bien vista por la opinión pública. Sobretodo porque, aunque Taylor había enviudado, Fisher aún estaba casado con Debbie Reynolds cuando empezaron su romance. La prensa rosa comenzó a referirse a la actriz inglesa como “la destrozahogares”. Ahora que la producción iba camino de convertirse en algo grande ni Skouras ni el resto de directivos de la Fox estaban convencidos de que contratar a una actriz controvertida fuera una buena idea, pero Wanger ya había tomado su decisión.
Cuando la Taylor recibió la llamada de Walter Wanger se encontraba rodando De repente el último verano, papel por el que no recibiría más que elogios. La idea de rodar Cleopatra le pareció estúpida por lo que se aseguro de exigir unas condiciones imposibles de satisfacer para que los de la Fox la dejaran en paz y se buscasen otra estrella. Taylor dijo que sólo trabajaría en la película si se rodaba fuera de EE.UU., se contrataba también a Eddie Fisher y se utilizaban cámaras con objetivos Todd-AO de 70 mm, un sistema panorámico inventado por su anterior marido y del que ella era propietaria. En cuanto al sueldo se aseguró de pedir una cantidad desorbitada, algo que nunca antes había cobrado ningún actor, quería un millón de dólares.
¡Hecho!, respondió Wanger.
Mamoulian
El reparto de Cleopatra se completó con Peter Finch en el papel de Julio Cesar, Stephen Boyd como Marco Antonio y Keith Baxter como Octavio. Para dirigir el film Wanger pensó en su amigo Rouben Mamoulian. Mamoulian había dirigido un buen número de buenas películas durante los años treinta, aunque la mayoría de ellas eran dramas bastante intimistas y nunca se había enfrentado a la tarea de dirigir una gran producción. Ya que Elizabeth Taylor había exigido que el rodaje no fuera en los Estados Unidos, los decorados fueron construidos en los estudios Pinewood, en Londres. Las reproducciones de Roma y Alejandría eran de tal envergadura que causaron escasez de mano de obra y materiales de construcción en Gran Bretaña.
Cuando Mamoulian echó mano al guión para comenzar a planear el rodaje se llevó una desagradable sorpresa... ¡Era el guión de una película muda! A nadie se le había ocurrido adaptar el guión. A toda prisa se contrato a Nunnally Johnson para que rehiciera por completo la historia adaptándola al cine sonoro. Pero Johnson no era barato. Era uno de los guionistas más importantes de Hollywood con películas como Las uvas de la ira o Las tres caras de Eva en su currículum. Por escribir Cleopatra, Nunnally Johnson cobraría 140.000 dólares. La Fox lo envió a Londres para que se pusiera de acuerdo con Mamoulian en como enfocar la historia. Pero Mamoulian no quería saber nada del guionista, él tenía su propio colaborador, Sidney Buchman, y entre los dos pensaban reescribir por completo el guión. Así que Johnson se guardó sus 140.000 dólares en el bolsillo y se volvió a su casa sin haber escrito una sola línea.
Por fin, en octubre de 1960 estaba todo listo para empezar a rodar. O casi. Elizabeth Taylor sufría de una grave neumonía y tan solo se puso delante de las cámaras para las pruebas de vestuario, poco después su estado se agravó y fue ingresada en un hospital de Londres. La traqueotomía que los médicos tuvieron que hacerle le dejó una fea cicatriz en el cuello que puede ser vista en varios planos de la película.
Con los más de setenta vestidos que se hicieron para la actriz (uno de ellos cubierto de adornos de oro de 24 quilates) y los espectaculares decorados el presupuesto se había disparado. El gasto diario ascendía a 100.000 dólares y el equipo no podía permitirse detener la producción por más que la estrella agonizara en un hospital. Mamoulian organizó el trabajo de modo que rodarían las escenas en las que no aparecía Cleopatra mientras la actriz estaba convaleciente.
En ese momento, al comenzar a rodar, fue cuando el equipo de producción se dio cuenta de lo estúpidos que habían sido. Estaban intentando recrear Egipto en Londres y en invierno. Rodar en interiores era imposible ya que en casi todas las escenas de interior aparecía Cleopatra y rodar en exteriores implicaba esperar durante días hasta que les tocara alguno medianamente soleado. La lluvia estaba destruyendo los templos y estatuas de los decorados y debían ser repintados cada día. Las palmeras se secaban y eran sustituidas regularmente.
Las escenas en las que no aparecía Cleopatra se estaban agotando, Elizabeth Taylor seguía sin aparecer y Mamoulian se desesperaba cada vez más. Cada día se reescribían páginas enteras del guión para hacer desaparecer a Cleopatra de más y más escenas y poder seguir rodando. La película se estaba convirtiendo en una absurda versión de Cleopatra en la que no aparecía Cleopatra por ningún lado. Por fin, en enero de 1961, Liz Taylor apareció en el set de rodaje pero, lejos de mejorar, las cosas aun fueron a peor.
La actriz pensaba que Mamoulian era un impresentable y se negaba a trabajar con él. El director, por su parte, tenía la sartén por el mango y no estaba dispuesto a plegarse ante las exigencias de una diva. Él era amigo íntimo del productor y había levantado el proyecto desde abajo, estaba claro que aquella actriz consentida no iba a subírsele a la chepa. Llamó a Skouras para que tomara cartas en el asunto y pusiera a la Taylor en su sitio. De otro modo, el rodaje no podría continuar. Skouras en seguida fue consciente de la gravedad del asunto y se apresuró a solucionar el problema. Despidió a Mamoulian.
Tras dieciséis semanas y ocho millones de dolares gastados, Skouras tenía en su poder unos quince minutos de planos rodados.
Mankiewicz
Elizabeth Taylor se dio cuenta de que era ella quien imponía las condiciones. El presupuesto se había disparado y ya no había marcha atrás. Cleopatra debía ser una superproducción y Liz Taylor iba a ser la protagonista pasara lo que pasara. No podían despedirla ahora. Exigió cobrar horas extras, suplementos, dietas... Todo esto sumado al millón de dolares inicial. También impuso al nuevo director que iba a hacerse cargo del proyecto: Joseph Leo Mankiewicz, con quien ya había trabajado en De repente, el último verano.
Mankiewicz era el director estrella del momento, una especie de Spielberg de la época. Era el autor de grandes películas como Eva al desnudo, La condesa descalza, De repente, el último verano oCarta a tres esposas. Que Mankievicz dirigiera o escribiera una película era una garantía de éxito, tanto de crítica como de público. La Academia de Hollywood le había premiado ya con cuatro Oscars. Cuando le llamaron para ofrecerle la dirección de Cleopatra rechazó la oferta al instante. Skouras le ofreció una cantidad enorme de dinero para que aceptara el proyecto. No se ha hecho público lo que Mankievicz cobró por dirigir la película pero se sabe que la cifra es de varios millones de dólares.
Lo primero que hizo Mankievick al incorporarse a la producción fue decirle a Skouras y Wanger lo que todo el mundo sabía pero nadie se atrevía a decir. Era completamente imposible rodar Cleopatra en Londres. Si los jefazos de la Fox querían una buena película había que cambiar de sitio. Liz Taylor también presionó para que todo el equipo se trasladara hacia localizaciones más cálidas y al final los estudios aceptaron. Los decorados que habían costado millones de dólares fueron destruidos y se desechó el material grabado por Mamoulian. Había que empezar de cero.
Hollywood era la opción más sensata para rodar, el clima era bueno y la Fox disponía de toda la infraestructura necesaria, pero el contrato de Liz Taylor incluía una clausula que impedía rodar en Estados Unidos. Finalmente se optó por trasladar al equipo a los estudios Cinecittà, en Roma. Varios actores abandonaron la producción en esta etapa por problemas de agenda ya que habían firmado por un par de meses únicamente, esto no supuso un problema ya que no se iba a usar el material rodado por Mamoulian. Entre las nuevas incorporaciones destacaban Rex Harrison como Cesar y Richard Burton como Marco Antonio.
Si en la Fox ya pensaban que Cleopatra era un despilfarro (aun sin tener un solo plano útil todavía) es porque no se imaginaban lo que les esperaba en Italia. Se volvieron a construir todos los decorados y, como en Londres, la magnitud de la obras era tal que el sector de la construcción italiano tuvo problemas de escasez de materiales. El director artístico se empeño en construir el foro romano tres veces más grande que el auténtico ya que éste no le parecía suficientemente impresionante. Se hicieron más de 20.000 trajes nuevos, así como miles de espadas, petos, adornos... Y cada día había que mandar hacer atrezzo nuevo ya que habían robos de material a diario. Wanger se vio desbordado por la magnitud del proyecto y era Mankiewicz quien se encargaba de la mayor parte del trabajo de producción, además de escribir y dirigir la película. Pese a su reticencia inicial, Mankiewicz, una vez aceptado el trabajo, se implicó de lleno, empeñado en convertir la película en su mayor obra maestra.
Uno de los primeros problemas con los que tuvo que lidiar fue con una huelga de la mitad de sus figurantes. En concreto la mitad femenina. Las bailarinas y cortesanas llevaban tan poca ropa que tenían que estar constantemente sacándose de encima a los trabajadores italianos. La situación se hizo insostenible y se negaron a continuar con los ensayos hasta que se les asegurara que los italianos permanecerían lejos de ellas.
Cuando comenzó el rodaje las cosas no fueron mejor. Mankiewicz dejó de lado el guión anterior y comenzó a escribirlo todo de nuevo. Pero se le echó el tiempo encima, Liz Taylor ya estaba lista, los decorados estaban completos y él no tenía un guión. Rodaba por el día y escribía el guión por las noches. La película se iba rodando conforme se escribía en lugar de preparar un plan de rodaje, multiplicando aún más el ya elevado gasto. En los rodajes las escenas se suelen agrupar por localizaciones o disponibilidad de actores. Por ejemplo, si un actor tan solo aparece en tres escenas -al principio, por la mitad y al final de la película-, estas escenas se podrían rodar todas la misma semana con lo cual solo habría que pagar al actor una semana de sueldo. En Cleopatra no era así. Ya que no había posibilidad de parar el rodaje, las escenas iban rodándose conforme Mankiewicz las escribía. Todo el mundo debía estar contratado todo el tiempo. La mayoría de actores pasaban el tiempo viajando por Europa mientras esperaban que llegara el momento de entrar en acción.
El dinero, literalmente, desaparecía. Skouras no se atrevía a presentar los gastos ante el consejo de dirección de la Fox. Intentó convencer al contable para que utilizara la famosa técnica del doble libro de contabilidad: el real y el que enseñaría a los directivos. Pero al parecer el contable era de firmes principios y se negó al fraude. Al día siguiente, Skouras tenía un nuevo contable. Éste no tenía tantos escrúpulos y en la Fox se tragaron por completo el engaño. Y Skouras pudo seguir derrochando.
Cuando la cosa estaba más o menos estabilizada, estalló la bomba. Liz Taylor y Richard Burton se liaron. El ya caótico rodaje se convirtió en objetivo de decenas de paparazzi que se escondían por todos lados intentando pillar alguna instantánea del escándalo del momento. Y consiguieron cientos. Burton y Taylor no ocultaron en ningún momento la aventura, ni a la prensa rosa ni a sus parejas. La mujer de Burton abandonó Roma para volver a Estados Unidos mientras que Eddie Fisher, completamente destrozado al ver a su mujer besarse con Burton en sus propias narices, vagaba por Cineccità hablando solo, borracho y en pijama hasta que Mankiewicz lo mandó a casa. La prensa comenzó a cargar contra Elizabeth Taylor, sacando a relucir de nuevo su (merecida, todo hay que decirlo) fama de destrozahogares. Hasta el Vaticano emitió una nota avisando que aquella mujer era inmoral y sus películas no debían ser vistas por un buen católico. En la Fox comenzaron a morderse las uñas. Estaban gastando más dinero del que se había gastado nunca en una producción cuya estrella principal estaba siendo linchada públicamente. Pero a los pocos días se dieron cuenta de que no tenían de que preocuparse. La gente adoraba a Liz Taylor y adoraban su romance con Burton. Las revistas con fotos de la pareja se agotaban al momento y todo el mundo estaba deseando ver la película que había originado el romance. En la Fox suspiraron aliviados.
En mayo de 1962 fue rodada la famosa escena de la entrada de Cleopatra en Roma. En realidad debía haberse rodado seis meses antes pero el director de fotografía advirtió que, tal como habían sido construidos los decorados, las sombras harían imposible el trabajo hasta medio año más tarde. Con esta escena, por fin, terminaba el trabajo de Elizabeth Taylor en el film. Y el de Walter Wanger. Skouras consideró que ya que era Mankiewicz el que hacía la mayor parte del trabajo era absurdo mantener a Wanger allí. El productor, que había soñado con producir esa película durante toda su vida, suplicó que le dejasen quedarse en el rodaje pagándose el mismo el hotel y manutención. Ya no tenía nada que ver con la producción pero era incapaz de abandonar su sueño.
Mankiewicz, que recurrió al uso de drogas para calmar sus ataques de nervios, había estado prácticamente paralizado durante días ya que se pinchó por error en el nervio ciático. Tras estar al borde del colapso nervioso, el director pensó que ahora podría trabajar con tranquilidad en las escenas que faltaban. Liz Taylor se había ido y los paparazzi con ella. En comparación con lo que sucedía días atrás, Cinecittà era un remanso de paz. No se podía imaginar que pronto iba a vérselas con un titán de Hollywood. Zanuck volvía a casa.
Zanuck
Darryl Francis Zanuck era uno de los fundadores de la 20th Century Fox y uno de los padres de Hollywood. Durante la década de los cincuenta había estado alejado de la dirección de los estudios produciendo películas en Europa y ahora volvía a Hollywood con El día más largo debajo del brazo. Y bastante cabreado con Cleopatra.
La perdida de dinero debida al rodaje en Italia era tal que la Fox había suspendido el resto de producciones. El día más largo era la última que les quedaba por estrenar, luego su destino estaría atado al de Cleopatra. Si Cleopatra triunfaba, la Fox se salvaba. Si no...
Zanuck había solicitado un millón de dólares para acabar de rodar El día más largo y los directivos se lo habían negado ya que todo el capital se destinaba a Cleopatra. Así que cuando llegó a Estados Unidos, Zanuck poco menos que echaba humo por las orejas. Convocó a toda la junta directiva de los estudios y en una famosa reunión se hizo con el control de la compañía. Skouras entró a la reunión siendo presidente de la 20th Century Fox y salió de allí siendo un don nadie. Zanuck, tras diez años retirado del gobierno de la Fox, se volvía a hacer con las riendas. Y no estaba dispuesto a consentir que una películita de romanos arruinase su empresa.
Lo primero que hizo Zanuck fue estrenar por todo lo alto El día más largo con lo que consiguió el dinero suficiente para subsistir unos meses más. Lo segundo fue llamar a Joseph L. Mankiewicz. Zanuck le dio al director dos meses para volver a Estados Unidos con la película acabada y, además, le dijo que desde ese mismo día ni un solo dólar más iba a ser invertido en Cleopatra. Mankiewicz hizo lo que pudo para rodar las batallas con lo que tenía y sin salirse de los plazos. Si le faltaba algún plano siempre podría arreglar las cosas durante el montaje...
Cuando comenzó el montaje de la película los estudios Fox estaban desiertos. Cleopatra era la única producción en curso y los encargados de ayudar a Mankiewicz a montarla eran los únicos que acudían cada día a los estudios. El director quería montar dos películas de más de tres horas cada una. La primera, Cesar y Cleopatra, estaría inspirada en la obra de Bernard Shaw; mientras que la segunda, Marco Antonio y Cleopatra bebería de la obra de Shakespeare y sería estrenada meses después. Pero cuando Zanuck se enteró de esto se apresuro a pararle los pies a Mankiewicz. Cleopatra debía ser una sola película. El romance de Liz Taylor y Richard Burton seguía ocupando las primeras páginas de las revistas y Zanuck no quería arriesgarse a estrenar una película en la que Burton solo aparecía unos pocos minutos y esperar meses para la siguiente, cuando Taylor podía haberse cansado ya de Burton; o los medios de los dos. Había que aprovechar el tirón de la pareja.
Mankiewicz hizo caso y montó una sola película... Una sola película que duraba seis horas y media. Vamos, que se limitó a juntar las dos que tenía pensadas en una sola. Sin cortar nada. Zanuck, en un ataque de ira, despidió a Mankiewicz diciéndole que ya no lo necesitaba. Él mismo podía montar la película. O eso creía. Al enfrentarse a los cientos de latas llenas de película Zanuck no supo ni por donde empezar. Allí había horas y horas de material. Se pasó días intentando encajar las piezas de aquel puzzle pero no solo era incapaz de montar una buena película sino que era incapaz de sacar algo coherente de allí. Puede que Zanuck fuese estricto con sus empleados pero no era estúpido. Llevaba toda su vida trabajando en el cine y sabía lo que había que hacer en una situación como aquella. Levanto el teléfono y llamó al que iba a ser contratado como montador de Cleopatra. Joseph L. Mankiewicz. Días después de despedirlo, resignado, Zanuck le ofreció un nuevo contrato como montador para que sacara una película comprensible de entre los kilómetros de película que tenían. Eso sí, no podía durar seis horas.
Mankiewicz trabajó todo lo que pudo para acortar su primer montaje y, sacrificanto partes importantes de la historia, consiguió reducirla a cinco horas. Pero Zanuck lo envió de vuelta a la sala de montaje. Seguía siendo demasiado larga. Desesperado, Mankiewicz asumió que ya era imposible que Cleopatra fuera la obra maestra que él tenía en mente. Había que sacrificar demasiado material para hacer más corta la película. Hizo lo que pudo para sacar algo decente de la moviola y consiguió montar una Cleopatra de cuatro horas de duración. Zanuck la seguía viendo demasiado larga pero aceptó.
Por fin, tras años desde su amago de inicio en Londres, Cleopatra fue estrenada en junio de 1963. El éxito fue impresionante, algo nunca visto. Y la Fox casi desaparece del mapa por bancarrota. Por más gente que fuera a verla, el gasto había sido tal que fue imposible amortizar la producción. No existía el vídeo ni el DVD en los años sesenta y las únicas ganancias provenían de la exhibición en salas pero como Cleopatra duraba tanto solo se podía hacer un pase al día con lo que los beneficios se dividían por dos o tres. En un último intento de rentabilizar la película Zanuck le quitó mas de una hora de metraje dejándola en tres. Cleopatra era ahora tan solo una sombra incongruente de lo que Mankiewicz tenía en la cabeza. La propia Elizabeth Taylor renegó del film al ver como eliminaban algunas de sus escenas preferidas. Los costosos decorados apenas aparecían ya que los pasajes claves, aquellos que no se podían eliminar, sucedían en su mayor parte en interiores.
Cleopatra recaudó 14 millones de dólares en su primer año. Pero había costado mas de 44. La 20th Century Fox estuvo apunto de desaparecer y tuvo que sobrevivir produciendo pequeñas series B. Los estudios permanecieron en números rojos hasta el estreno, en 1965, de Sonrisas y lágrimas. Mankiewicz acabó con la salud destrozada. El que era el director más famoso de Hollywood en su momento no volvió a rodar nada hasta cinco años después. Y aun así tan solo hizo cuatro películas tras Cleopatra. Peor aun le fue a Walter Wanger. Cleopatra fue su último trabajo para la industria del cine. Nunca más se le dejó producir otra película.