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jueves, 10 de septiembre de 2009

Las bocas inútiles 3

Parte 3: las bocas inútiles

Dicen que el sufrimiento es el precio que pagamos por nuestros pecados. Si eso es cierto, decidme, ¿por qué son siempre los inocentes los que más sufren cuando vosotros, los grandes señores, jugáis a vuestro juego de tronos?

George R. R. Martin



Roger era un militar y, desde un punto de vista militar, dejar entrar a aquella gente era una locura. Las provisiones que podrían alimentar a sus hombres durante un año apenas durarían un mes o dos si entraban dos mil personas al castillo. Además, tantos civiles por en medio no harían más que entorpecer la defensa. Pero Roger ya no era únicamente un militar. También era el castellano de Château-Gaillard y como tal tenía unas obligaciones. La gente de Les Andelys eran sus vasallos. Los habitantes del pueblo pagaban impuestos, servían al castillo llevando a cabo todo tipo de trabajos y ofrecían parte de sus cosechas para alimentar a la guarnición. A cambio, el señor que gobernara el castillo solo tenía protegerlos. Ellos habían cumplido con su parte del contrato y allí, ante las puertas de Château-Gaillard, pidieron a Roger Infierno Lacy que cumpliera la suya.


Las puertas del castillo se abrieron para permitir pasar a los civiles.


Es posible que Roger de Lacy no esperase un asedio largo y éste fuera el motivo para dejar entrar a los civiles. Château-Gaillard era una plaza demasiado importante como para que Juan la dejase caer en manos de Felipe sin luchar por ella. Ricardo habría mandado a todos sus hombres, con él al frente, para proteger su querida fortaleza. Pero ya hemos dicho que Juan no era Ricardo y mientras Roger de Lacy esperaba refuerzos, lo que llegaron fueron malas noticias.


Juan no iba a mandar refuerzos. Ni siquiera tenía en mente hacerlo a largo plazo. Se excusaba alegando tener que tratar otros asuntos más importantes y no poder prescindir de ningún hombre. Château-Gaillard y todos los que en él se refugiaban eran abandonados a su suerte. Cuando Infierno Lacy recibió las negras noticias tenía a dos mil civiles en su castillo, un ejército de seis mil franceses a sus puertas, las despensas vacías y se acercaba el invierno.


Cualquier otro castellano probablemente hubiera tomado la opción más sensata: rendir el castillo a Felipe. Pero a Lacy no lo importaba que su rey lo hubiera abandonado ni que no tuviera esperanzas de resistir, le habían dado la orden de defender Château-Gaillard y él iba a defender Château-Gaillard.


Aproximadamente en octubre de 1203 Lacy expulsó al primer grupo de civiles. Con la comida a punto de agotarse y sin la esperanza de un pronto rescate, no había forma de mantener a toda la gente. Afortunadamente para ese grupo de exiliados, los franceses se apiadaron de ellos y les dejaron atravesar sus líneas. Días después, las puertas del castillo se abrieron de nuevo para que saliera otra parte de los habitantes de Les Andelyes y, otra vez, el ejército francés los dejó ir en paz.


El tercer y último grupo no tuvo tanta suerte. Cuando a Felipe II le llegó la noticia de que los civiles estaban abandonando el castillo y su ejército los estaba dejando pasar montó en cólera. Inmediatamente envió una orden a sus generales: nadie, bajo ningún concepto, fuera cual fuera su condición, debía abandonar la fortaleza asediada.


Los refugiados fueron recibidos con una nube de flechas cuando se acercaron a las posiciones de los soldados franceses. Asustados, corrieron de vuelta al castillo pero las puertas no se abrieron y desde las murallas les llovían piedras. “No os conocemos, ¡largaos de aquí!” fue la respuesta a sus súplicas que recibieron de los guardias de Château-Gaillard. Muchos de los hombres de la guarnición eran de Les Andelys y es seguro que tendrían amigos y familiares entre los cientos de personas que imploraban por volver a entrar; pero el invierno estaba al caer y no había comida en el castillo para alimentar tantas bocas. Ni siquiera había comida suficiente para la guarnición.


Felipe II había querido que los civiles acabaran con las existencias del castillo pero la nueva situación tampoco le desagradaba. La moral de los ingleses quedó destrozada cuando tuvieron que abandonar a su suerte a sus propias familias.


Más de medio millar de personas, entre las que había ancianos y niños se refugiaron en la tierra de nadie. A mitad de camino entre sitiados y sitiadores, se desperdigaron por las rocas sobre las que se alzaba el castillo. Sin comida ni refugio, las gente de Les Andelys vieron como los días pasaban, el invierno llegaba y el sitio no terminaba. Se escondían al abrigo de las peñas y se agrupaban para mantenerse en calor. El único sustento que tenían eran las pocas hierbas que crecían entre las rocas.

Los meses fueron pasando y Lacy no rendía la fortaleza ni los franceses hacían ningún movimiento. Los civiles morían de hambre y frío a los pies del castillo Gallardo. La única ayuda que recibieron fue una manada de perros que los ingleses echaron del castillo. Aunque eran animales escuálidos, fueron devorados. Guillermo el Bretón, cronista oficial de Felipe Augusto y testigo presencial del asedio, relata como una mujer embarazada parió a su bebe muerto y el resto de supervivientes, que a esas alturas ya no eran muchos, se lo comieron al instante.


Llegó la primavera y con ella Felipe II. Hasta la última villa, castillo, pueblo o granja de Normandía estaba ya en su poder. Solo resistía Château-Gaillard y al rey francés se le había terminado la paciencia. Lo primero que hizo al llegar a la zona fue permitir el paso a los civiles que habían sobrevivido al invierno en tierra de nadie, ya solo un centenar a esas alturas. Los alojó en su campamento y ordenó que se los alimentara de forma abundante. Los cronistas franceses ven en esta acción un ejemplo de la benevolencia de Felipe Augusto. La mayoría de los historiadores sostienen una versión menos romántica: Felipe se había cansado de esperar y tenía planes para tomar el castillo. Todas aquellas personas no harían más que entorpecer esos planes. Además, con el calor llegaban las plagas, que en la edad media eran el peor enemigo de un campamento militar, los exiliados del castillo eran un foco de peste seguro y el rey los quería lejos de sus hombres lo antes posible.

Aún aceptando la poco creíble versión francesa sobre los motivos de Felipe, su forma de obrar tuvo funestas consecuencias. Más de la mitad de los refugiados supervivientes murieron a causa de las úlceras pépticas y de las hemorragías gastrointestinales que la abundante comida repentina causó en sus estómagos.


Felipe dio una última oportunidad de rendición a Lacy y éste contesto que solo lo sacarían del castillo arrastrándolo por los pies. El rey se puso a ello.


Felipe ordenó a sus ingenieros que acelerasen las labores de zapa y les proporcionó más trabajadores para la tarea. Al poco, los túneles franceses llegaron bajo la muralla del primer baluarte y socavaron sus cimientos de tal modo que una de las torres se vino abajo. Mientras los franceses entraban, Infierno Lacy ordenó a sus hombres que se replegaran al segundo recinto y prendió fuego al primero.


Las llamas acabaron con las construcciones inglesas de madera pero la piedra permaneció en pie, por lo que los franceses pudieron usar el baluarte recién conquistado como nuevo asentamiento. Desde allí, en mejor posición, las catapultas y los trabuquetes franceses bombardearon sin descanso las murallas del castillo hasta conseguir abrir brecha. Una vez los ingenieros llenaron el foso, los franceses asaltaron el segundo recinto de la fortaleza.


Roger de Lacy y sus hombres, incapaces de frenar la marea de soldados franceses que se colaban por la grieta (aunque les causaron importantes bajas) se replegaron al último recinto: la torre del homenaje y la espléndida muralla que la rodeaba, el corazón de Château-Gaillard.

Torreón principal


Lacy y sus hombres podrían haber resistido bastante en aquella robusta minifortaleza, pero la ineptitud de Juan Sin Tierra fue su perdición. Mientras que Ricardo había puesto el máximo cuidado en mantener operativa su fortaleza -su hija, la llamaba él-, Juan no tenía ni idea de batallas ni asedios y había descuidado importantes detalles. Cuando visitó el castillo, años atrás, hizo que se construyera un edificio de dos plantas descansando junto a la última muralla, quizá pensando que ningún enemigo llegaría tan lejos. La construcción, que constaba de una capilla en su planta inferior y unas letrinas en la superior (Guillermo el Bretón, en su crónica dedica unas líneas a recriminar a los ingleses su mal gusto, al construir unas letrinas sobre una capilla), sirvió a los franceses para encaramarse a los muros y reducir a los últimos ingleses que resistían.


La fortaleza inconquistable había sido conquistada.


EPILÓGO


El castillo Gallardo siguió sirviendo de fortaleza durante muchos siglos y muchas guerras. Paso de manos inglesas a francesas y al contrario en multitud de ocasiones. Fue asediado por nuevos ejércitos y defendido por nuevos castellanos, pero ningún sitio fue tan terrible como el primero. En el siglo XVII, Enrique IV ordenó su destrucción. Hoy, junto al pueblo de Les Andelys solo quedan las ruinas.


Felipe Augusto vapuleó a Juan Sin Tierra en todos los frentes y le arrebató todas sus posesiones en el continente. Consolidó el poder de la monarquía francesa, unificó a sus vasallos y, tras años de guerra, consiguió una época de paz y prosperidad como no se veía en mucho tiempo, con un superávit de cientos de miles de libras. Murió durante un viaje en 1223. Tenía 58 años. Fue enterrado en París y a sus funerales acudieron casi todos los nobles del reino.


Juan Sin Tierra continuó siendo un incompetente el resto de su vida. El Papa lo excomulgó por imponer como Arzobispo de Canterbury a uno de sus hombres de confianza. Los franceses le vencieron en todas las batallas. Sus señores se sublevaron y apoyaron la subida al trono de Luis VIII, un títere de Felipe II con dudosos derechos a la corona. Contrajo disentería mientras escapaba de los franceses y murió en 1216, a los 50 años, escondido en el castillo de Newark. Algunos sostienen que fue envenenado. Su cuerpo descansa en la catedral de Worcester.


Roger Infierno Lacy luchó en Château-Gaillard hasta el último aliento. Como había prometido solo consiguieron sacarlo de allí a rastras y encadenado. Él y sus hombres se habían comido los caballos hace tiempo y llevaban días alimentándose del cuero de sus zapatos y armaduras. Su familia pagó el rescate que pedía el rey francés y Roger volvió a las islas donde fue nombrado sheriff de Lancashire. Murió a los 31 años y fue enterrado en la abadía de Stanlow.


Guillermo Marshal nunca traicionó a la corona inglesa, aquella que lo había nombrado caballero. Siguió luchando toda su vida, primero al lado de Juan Sin Tierra y luego de su hijo Enrique III. Fue nombrado miembro del consejo real y durante la niñez de Enrique fue regente del reino. Pero ni sus cargos ni su edad lo apartaron del campo de batalla y plantó cara a Felipe II hasta sus últimos días. Con 71 años llevó a los ingleses a la victoria en la batalla de Lincoln, donde encabezó una carga de caballería y luchó al lado de sus hombres. Murió en la cama a a los 73 años de edad. En su lecho de muerte pidió ser nombrado caballero templario en virtud a sus victorias en las cruzadas. El deseo le fue concedido y su cuerpo enterrado en la Iglesia del Temple de Londres.


De los refugiados de Château-Gaillard nada más se supo. No se conocen sus nombres ni donde fueron enterrados. El único homenaje que recibieron fue el cuadro que Francis Tattegrain realizó en 1895. La obra, actualmente en un museo, decoró durante décadas las paredes del ayuntamiento de Les Andelys. Se titula Las bocas inútiles.

Las bocas inútiles


Fuentes y más información:

Sobre el castillo Gallardo y su asedio:

McGlynn, Sean, A HIERRO Y FUEGO, 2008

The Stronghold of Richard the Lionheart

Château Gaillard

HOW TO CAPTURE A CASTLE


Sobre reyes, caballeros y la guerra medieval:

Asimov, Isaac, LA FORMACIÓN DE INGLATERRA, 1969

Duby, Georges, GUILLERMO EL MARISCAL, 1984

Flori, Jean, LA CABALERIA, 1998

Kenn, Maurice (ed), HISTORIA DE LA GUERRA EN LA EDAD MEDIA, 1999

Painter, Sidney, WILLIAM MARSHAL,KNIGHT­ERRANT, BARON AND REGENT OF ENGLAND, 1982

Strickland, Matthew, WAR AND CHIVALRY: THE CONDUCT AND PERCEPTION OF WAR IN ENGLAND AND NORMANDY, 1996

Tyerman, Christopher, LAS GUERRAS DE DIOS, 2006



Las fotos están sacadas en su mayoría de Wikipedia, excepto la reproducción del castillo en 3d que es obra de Jacques Martel y está sacada de aquí.

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Las bocas inútiles 2

Parte 2: los señores



Un muro vale tanto como los hombres que lo defienden
George R. R. Martin


Roger de Lacy no era un gran señor, eso lo tenía asumido. Su título de barón era más simbólico que otra cosa, ya que su baronía se reducía a un pueblucho perdido y minúsculo al norte de Cheshire. Roger nunca se consideró a si mismo más que un soldado y durante toda su vida sirvió fielmente a la corona inglesa. Cuando recibió la orden de convertirse en castellano de Château-Gaillard, Roger, pese a sus escasos veinte años, ya era un veterano que había demostrado con creces su eficacia y su lealtad. Entre otras muchas batallas, Roger había luchado en Acon al lado de Ricardo y, allí, sus hombres le otorgaron el apodo de Infierno Lacy.


El 10 de agosto de 1203, Infierno Lacy y los 180 hombres que formaban la guarnición del castillo se despertaron rodeados por un ejército francés de más de seis mil soldados. Aunque la diferencia de fuerzas era grande, Lacy no pensó en ningún momento en rendir la plaza. Un hombre sobre una muralla, vale por muchos bajo ella y aquel formidable castillo era muy fácil de defender con pocas tropas. Si los franceses se decidían por un asalto frontal, tendrían que avanzar bajo las murallas por una estrecha franja de tierra hasta llegar a la puerta, y durante todo el camino una lluvia de flechas, piedras y fuego caería sobre sus cabezas. La única opción era sitiar el castillo.


Felipe ordenó montar un campamento fortificado a los pies de la fortaleza. Se construyeron zanjas defensivas y empalizadas alrededor del mar de tiendas y estandartes que era el ejército francés, de los bosques cercanos se empezó a traer madera para la construcción de armas de asedio y ambos ejércitos, el de doscientos hombres y el de seis mil, se prepararon para el sitio, uno de los más largos y crueles que se verían en toda la Edad Media.


Roger de Lacy no temía al ejército de Felipe. Los sótanos del castillo contenían provisiones suficientes para que él y sus hombres aguantaran el asedio durante más de un año. Tiempo más que suficiente para que el rey Juan enviara refuerzos. Roger confiaba en su rey, no le quedaba otra opción. No tenía tierras en el continente, ni sabía nada de aquella región que todos deseaban y que él debía proteger. Él solo era un soldado inglés, cuyas posesiones en las islas (aunque fueran unas tierras casi sin valor) y las de toda su familia dependían de su lealtad al trono, se sentará en él quien se sentara. Le habían encomendado mantener aquel castillo y, ya podía tener al mismo Felipe Augusto con miles de hombres a sus puertas, que Infierno Lascy iba a defender Château-Gaillard con uñas y dientes.


La ayuda llegó, un par de meses después de que comenzara el asedio, y fue una grata sorpresa para los defensores descubrir a quien había enviado el rey en su ayuda: el mismísimo Guillermo Marshal, según algunos “el más grande caballero que jamás ha existido”


Guillermo Marshal, como hijo menor en una familia de nobles menores, no tenía muchas expectativas. Cuando no era más que un niño, el rey escoces Stephen lo tomó como rehén para rendir el castillo de su padre. Frente a las murallas, puso un cuchillo en el cuello del joven Guillermo y amenazó con cortarle la garganta si las puertas del castillo no se abrían. El padre de Guillermo gritó su respuesta desde lo alto del muro: “Todavía tengo el martillo y el yunque con los que forjar más y mejores hijos que ese” Por fortuna para Guillermo, Stephen no cumplió su amenaza, pero el niño descubrió que para su familia no era nadie y tendría que buscarse la vida por sus propios medios.



Guillermo carecía de títulos, tierras, dinero... lo único que tenía era su talento. Un talento para luchar, según algunos sobrehumano, al que consagró toda su vida. Sirvió como soldado en multitud de batallas hasta que, a los veinte años, fue hecho prisionero por Leonor de Aquitanía, madre de Ricardo y Juan. La reina, impresionada por las palabras que escuchó sobre el valor y la destreza de aquel joven, no solo le perdonó la vida sino que lo nombró caballero. Desde entonces, poniendo su espada al servicio de unos y otros, pero nunca contra la familia que lo había armado, Guillermo se ganó la vida como caballero errante. En pocos años amasó una fortuna gracias a los rescates que obtenía de los parientes de sus prisioneros en batalla y a los premios en los torneos. En el siglo XII los torneos todavía no eran la pantomima en la que se convertirían siglos después, eran enfrentamientos brutales en los que no era raro acabar tullido o muerto. Los participantes, además del premio que obtenían si ganaban, tenían derecho a quedarse con las armas y monturas de los adversarios vencidos. De Guillermo se decía que participó en más de quinientas justas y no perdió jamás. Puede que no fueran tantas, pero lo que sí que es cierto es que Guillermo fue de los pocos caballeros que se hicieron ricos en los torneos, llegando a igualar a Ricardo Corazón de León como protagonista de leyendas y canciones.



Al comienzo de la guerra entre Juan y Felipe, Guillermo se puso de parte de Juan Sin Tierra. Hay quien dice que si Juan no hubiera contado con el prestigio y la fama de la Flor de la Caballería, como llamaban a Guillermo, nunca habría conseguido hacer triunfar su causa. En 1203, Juan lo puso al mando del ejército encargado de romper el sitio de Château-Gaillard.


Gullermo Marshal hizo lo que pudo pero el espectáculo que ofreció a Infierno Lacy y a sus hombres, que lo observaron todo desde las murallas, no fue el que éstos esperaban. Atacó a los franceses por el río y los atacó por tierra; y en ambos frentes fracasó.


La flota no tuvo en cuenta el macareo del Sena (le mascaret), una especie de marea fluvial en forma de ola que solo se da en unos pocos ríos. Cualquier capitán de la zona hubiera sabido de este fenómeno, pero el hombre que puso Juan al mando de sus barcos no reaccionó a tiempo ante la gran ola que venía corriente arriba y las barcazas inglesas acabaron desperdigadas. La mayoría terminó en manos francesas aunque unas pocas pudieron huir.


En tierra no le fueron mejor las cosas al ejercito de caballeros comandados por Guillermo. Felipe II había dirigido la construcción del campamento de asedio francés (aunque luego abandonó la zona para dedicarse a otros asuntos) y se aseguró de que su ejército tuviera las mejores defensas. Las tropas de Guillermo cargaron varias veces, siempre con el mismo resultado. La caballería inglesa se estrellaba una y otra vez contra el muro que formaba la infantería francesa, o caían en las zanjas defensivas, o sus caballos se empalaban en las estacas que rodeaban el campamento. Finalmente Guillermo y sus hombres huyeron de la zona sin haber cumplido con su misión. El asedio continuaba y los franceses prácticamente no habían tenido bajas.


Para empeorar las cosas, días después, en una acción nocturna llevada a cabo por unos pocos hombres, las tropas de Felipe Augusto se hicieron con el control de la isla fortificada que dominaba el río. Desde allí comenzaron una ofensiva contra Les Andelys. Los habitantes del pueblo, asustados abandonaron sus casas y se dirigieron en masa al castillo a buscar protección. Con la isla y el pueblo en sus manos, los franceses recuperaban el control del Sena. Ahora Château-Gaillard había pasado a ser un objetivo secundario. Sin embargo, Felipe no estaba dispuesto a abandonar el castillo. Con la zona entera en sus manos podía limitarse a esperar a que la guarnición se rindiera o se muriera de hambre, pero el rey francés tenía un interés personal en aquella fortaleza. Era la joya de Ricardo, su castillo inexpugnable y Felipe II no iba a descansar hasta conquistarlo.


Planta del Castillo Gallardo


Por su parte, tras el contraataque francés, Roger de Lacy se encontraba ante el mayor dilema de su vida. Ante las puertas de su castillo tenía a dos mil civiles, los refugiados de Les Andelys, pidiendo que los dejasen entrar.

Fin del capítulo sengundo

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Las bocas inútiles

Dedicado a todos los seguidores de George R. R. Martin

De la historia de Europa beben los bardos de Poniente.







Parte 1: los reyes

En contra de la opinión general, la historia sí que consiste en reyes, fechas y batallas.
Terry Pratchett



Se decía que Château-Gaillard era un castillo imposible de conquistar, una fortaleza inexpugnable. Ciertamente los cronistas del medioevo eran muy dados a la exageración y el término “fortaleza inexpugnable” se usaba del mismo modo en que hoy en día se usan expresiones como “código irrompible” o “clave indescifrable”, pero aún así Châteu-Gaillard era un magnífico castillo. Lo había diseñado el mismísimo Ricardo Corazón de León por lo que, ya desde el momento de su construcción, el castillo estaba envuelto en un aura de leyenda caballeresca.



A finales del s.XII dos hombres se enfrentaron en Europa. Ricardo I de Inglaterra era uno de ellos y Felipe Augusto, rey de Francia, el otro. Felipe II era un gran estratega y un hábil político. Durante su reinado consiguió grandes victorias en el campo de batalla y su astucia le permitió reducir el poder de los señores feudales y sentar las bases para un estado francés. Si hubiera nacido en cualquier otro momento es probable que se hubiera convertido en una leyenda, pero Felipe II tuvo la desgracia de coincidir espacial y temporalmente con Ricardo Corazón de León, de cuya sombra no logró escapar nunca. Felipe ganaba las batallas dando las órdenes a sus generales desde la retaguardia (cosa normal, por otro lado) y Ricardo, en cambio, luchaba junto a sus hombres (rodeado siempre de un importante número de caballeros dispuestos a defenderlo y a sacarlo del campo de batalla si las cosas se ponían feas). Felipe era feo, tuerto, un poco enfermizo y bastante inútil con las armas; Ricardo era atractivo, alto y habilidoso con la espada. Felipe era serio y callado, gastaba poco dinero y su corte no destacaba por nada, como no fuera por su austeridad. Ricardo, al contrario, era amante de las fiestas, derrochó a manos llenas el tesoro de las arcas inglesas, le encantaban la música y los torneos, y dominaba a la perfección los medios de comunicación de la época: los trovadores, que veían en él una auténtica mina de inspiración para sus canciones. Él mismo cantaba y componía tonadas.

Ricardo Corazón de Leon


Por si todo esto fuera poco, Ricardo no había dudado en pisotear el honor de Felipe ante la vista de toda Europa. A pesar de estar prometido con la hermana del rey francés, Adela, Ricardo la rechazó aireando la relación entre ésta y su padre, Enrique II, fruto de la cual había nacido una bastarda. En Sicilia, camino de Tierra Santa, Ricardo conoció a Berenguela de Navarra y se casó con ella ignorando las amenazas de excomunión por romper su compromiso con Adela. Aunque lo cierto es que nunca le interesaron las mujeres, ni siquiera su propia esposa a la que apenas vio un par de veces en toda su vida.

Es de esperar que Felipe estuviera hasta las narices de aquel rey que se creía un héroe de leyenda. Ricardo era pendenciero y traicionero, estaba ahogando en impuestos a sus súbditos para pagar sus locuras y, si bien es cierto que era un gran general y ganaba más batallas que perdía, como estratega era nefasto: luchaba allí donde no obtendría beneficio alguno y evitaba batallas que podrían ser cruciales. Elegía el campo de batalla en función del honor y la gloria que pudiera obtener. Felipe mandaba a sus ejércitos allí donde era necesario, pero prefería usar la intriga y las maniobras políticas para conseguir sus fines, lo que implicaba un menor derramamiento de sangre. Sin embargo era a Ricardo a quien adoraba la gente, era Ricardo el que protagonizaba las canciones, el que era considerado el ideal personificado de la caballería. Las madres musulmanas asustaban a sus hijos con un ¡Qué viene Ricardo! como quien hoy dice ¡Que viene el coco!. Felipe también había luchado en Tierra Santa y también se había enfrentado a Saladino (el tercer gran héroe de la época), pero nadie asustaba a sus hijos diciendo ¡Qué viene Felipe Augusto!

Felipe Augusto


No es de extrañar que la noticia del cautiverio de Ricardo a manos de su enemigo, Enrique VI de Alemania, cuando regresaba de las cruzadas fuera un motivo de gran alegría para Felipe. El rey francés no tardó en aliarse con el hermano menor de Ricardo, Juan Sin Tierra, prometiéndole el trono de las islas a cambio de que entregara a Francia gran parte de las posesiones inglesas en el continente, entre ellas Normandía. Para alguien que se había enfrentado a Ricardo Corazón de León, lidiar con Juan Sin Tierra era como quitarle un caramelo a un niño. Pero la alegría de Felipe duró poco. Los numerosos partidarios de Ricardo reunieron la increíble suma de dinero que el rey alemán pedía por su rescate. El león volvía a casa y con él, los dolores de cabeza de Felipe.

Ricardo no tardó en poner en su sitio a su hermano Juan. Lo mandó a Irlanda y se volvió a proclamar rey de Inglaterra. Pronto recuperó las tierras perdidas por Juan, entre ellas la más importante: Normandía. Ricardo estaba empeñado en que Normandía permaneciera en manos inglesas y para ello decidió construir la mayor fortaleza que nadie hubiese contemplado jamás. No solo quería un castillo inexpugnable, Ricardo quería sobre todo un castillo sobre el que se escribieran canciones. Quería un castillo a la altura de su leyenda.



Para su emplazamiento eligió una meseta junto al Sena en Les Andelys, una población a 100 kilómetros de parís formada por dos aldeas fortificadas: Petit Andely y Grand Andely. Pese a que las obras duraron apenas un año, el castillo era realmente magnífico. No se parecía en nada a los pequeños castillos ingleses. Ricardo había invertido en aquella construcción más que en todos los castillos construidos en las islas durante todo su reinado. Como modelo, había usado los castillos de Tierra Santa y en su diseño se incluyeron las últimas innovaciones de la época. La gigantesca mole de piedra caliza dominaba la meseta sobre la que se alzaba, el valle a sus pies, el río Sena y toda Normandía, pues nadie controlaría jamás la región sin tomar aquella plaza. ¡Qué gallardo! se dice que exclamó Ricardo Corazón de León cuando vio acabado su castillo. Y así se llamó: Château-Gaillard, el castillo gallardo.



Château-Gaillard solo se podía atacar por el sur, ya que el resto de sus lados estaban protegidos por escarpados riscos. Los enemigos únicamente podían acceder por la suave pendiente de su cara sur pero allí se encontraba la primera fortificación: una construcción triangular con murallas de cuatro metros de grosor, tres inmensas torres y dos más pequeñas. Si se superaba esta parte se llegaba al segundo recinto, más grande y protegido por una muralla igual de imponente y cinco altas torres, todo ello rodeado por un profundo foso. Y dentro de este segundo recinto estaba el tercer obstáculo: una muralla con diecisiete torres, que protegía el torreón principal y las construcciones más importantes. Todos los muros eran festoneados con lo que se minimizaba el efecto de los proyectiles de catapulta. Bajo tierra había una red de túneles y almacenes dispuestos para guardar provisiones en caso de asedio.



Por si esto fuera poco, el cerro mismo donde se alzaba el castillo estaba protegido por una red de fosos y murallas. Además, bajo el castillo estaba Les Andelys y, junto a pueblo y castillo, había una isla fortificada que dominaba el cauce del Sena. Los tres asentamientos estaban unidos por una red de cadenas de hierro bajo el agua que, en caso de necesidad, se podían alzar y bloquear por completo el tráfico fluvial.

Ricardo quería un castillo digno de las historias de caballería y lo había conseguido.

Felipe II probablemente tardó un tiempo en creerse las noticias que llegaron a él en abril de 1199. Ricardo había acudido en persona a lidiar con un señor menor de Limoges que se había sublevado. El noble se había hecho fuerte en Chalus-Chabrol, un castillo insignificante y apenas protegido, pero Ricardo se empeñó en llevar aquel asunto en persona. Una vez en el lugar, se acercó él mismo a las murallas del castillo para inspeccionarlas y planear el asalto pero, antes de que pudiera darse cuenta, tenia una saeta clavada en el hombro y un ballestero daba saltos de alegría en la muralla enemiga. Ricardo se enfureció y ordenó el asalto inmediato al castillo. Se puso al frente de sus tropas sin detenerse siquiera a que el médico le extrajera el proyectil. La plaza cayó con facilidad pero cuando Ricardo acudió a que le curaran ya era demasiado tarde, la herida estaba infectada. La gangrena se llevó la vida de Ricardo Corazón de León pocos días después. Para Felipe aquello fue un regalo de Dios. Su archienemigo había muerto y no de una forma honorable y caballeresca, sino profundamente estúpida, en una batalla insignificante y sin gloria alguna.

El sucesor de Ricardo fue su hermano menor Juan Sin Tierra que pasó por encima del auténtico heredero al trono inglés: Arturo. Arturo era hijo de Godofredo, hermano de Juan y Ricardo. Godofredo, aunque muerto tiempo atrás, había nacido antes que Juan por lo que cualquier hijo que tuviera iba por delante de éste en la línea sucesoria. Pero el caso es que Arturo era pupilo (o rehén, según se mire) de Felipe II y, pese a ser el legítimo heredero, se le consideraba más francés que inglés. Además, las leyes de sucesión podían ser interpretadas tanto como férreas normas inquebrantables, como simples recomendaciones generales, según los intereses del aspirante en cuestión. La realidad es que Juan no tuvo problemas ni reparos en poner sobre su cabeza la corona de Inglaterra.

Felipe esperó. Juan no era Ricardo. No tenía su carisma, ni sus seguidores, ni su resolución en el campo de batalla. Como había supuesto el rey francés, muchos nobles retiraron su apoyo al nuevo monarca; más que por creyeran que era un usurpador, lo abandonaban por considerarlo débil e indigno. Tras un par de años, cuando Juan ya había demostrado su ineptitud y con gran parte de su pueblo en contra, Felipe sacó del armario a Arturo, revindicó los derechos del niño al trono, prestó apoyo a su causa y se lanzó a la guerra contra Inglaterra. Arturo duró muy poco. Juan consiguió capturarlo en la batalla de Mirebeu. Ordenó que le cortaran la polla y, con ella, cualquier aspiración que pudiera tener a la corona. El chico murió de la conmoción.

Pero a Felipe II le importaba poco Arturo y sus aspiraciones, que no eran más que una excusa para comenzar la guerra. Su objetivo era recuperar gran parte de las tierras inglesas en el continente. Sobre todo quería volver a tener en sus manos Normandía. Tras una campaña relámpago en la que arrebató a Juan todas las fortalezas menores de la zona, en 1203 se lanzó al asalto del castillo Gallardo.

Fin del capítulo primero

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miércoles, 12 de marzo de 2008

Wimbledon contra Cádiz

La vida de Edward Cecil, pese a su notable carrera al frente de tropas inglesas en el continente, distaba mucho de parecerse a la de su abuelo. Mientras que éste había sido primer ministro durante los años de la reina Isabel, Cecil no tenía en su haber más que algunas victorias de juventud. Pero de aquello hacía más de veinticinco años y, a sus cincuenta y tres años, no parecía destinado a convertirse en héroe nacional. Al mando de tropas holandesas en los Paises Bajos era considerado un competente oficial. Uno más.



Sin embargo, en 1625, la oportunidad se presentó ante Cecil. Una carta del duque de Buckingham, George Villiers, con el que últimamente había trabado una buena relación le ofrecía la oportunidad de convertirse en un nuevo Drake. Buckingham planeaba una expedición contra España pero su salud se había debilitado y el rey insistía en mantenerlo ocupado realizando tareas diplomáticas. Lo que Buckingham pedía a Cecil era que se hiciera cargo de la flota inglesa en su asalto a aguas españolas. Una oportunidad única de conseguir fama y renombre.


El plan era una idea de Buckimgham, así que él mismo se encargó de planear la expedición, escoger a los comandantes y pertrechar naves y hombres. La excusa para atacar era el tratamiento que se le había dado en España cuando acudió, con el Príncipe de Gales, a solicitar la mano de la infanta María para el heredero inglés. Más probable parece que lo que Buckimgham quería reparar no era el honor sino el bolsillo, y que su objetivo real fuera la plata que llegaba a España desde América, intentando repetir las hazañas de la época isabelina. Fuera cual fuera el motivo de este ataque lo que es seguro es que no era una buena idea. El ejército inglés llevaba un cuarto de siglo sin entrar en acción, su dominio de los mares no era el que fue (ni el que volvería a ser) y ni Buckimgham ni el rey Carlos tenían una idea muy clara de como llevar a cabo la operación ni de lo que esperaban conseguir.




Cecil puso todo su empeño en llevar a buen puerto el ataque y devolver a su país la gloria perdida. No fue suficiente, sin embargo, su buena voluntad para culminar con éxito el asalto a Cádiz.










Los hombres de Cecil


Como buen comandante, Sir Edward Cecil quiso conocer a los hombres que iba a tener bajo sus órdenes. Se habían reclutado 10.000 soldados, una fuerza más que considerable. Pero no se parecían en nada a los hombres que Cecil había liderado en los Países Bajos, que llevaban casi un siglo de guerra permanente. Buckimgham había reclutado de manera forzosa a gran parte de los hombres. Se reclutaban deudores de Buckimgham o de sus amigos, amantes de esposas de cornudos a los que el duque debía favores, enemigos políticos... El resto del ejército se completó con reos. Entre estos “soldados” había retrasados mentales, lisiados, enfermos y varios hombres de más de sesenta años.


A la espera de embarcar, los "reclutas" fueron alojados en pensiones, establos o simplemente dormían por las calles. Para que no causaran disturbios, Buckimgham decidió que todas las armas estuvieran en las naves de modo que no tuvieran acceso a ellas en suelo inglés. Esto impidió que los hombres se familiarizasen ellas ya que algunos de ellos no habían tenido nunca un mosquete en sus manos. Tampoco había uniformes disponibles y la mayoría de ellos iban envueltos en harapos. Cecil escribió una carta al rey quejándose de que muchos de los soldados bajo su mando no tuvieran ni siquiera pantalones.

Ya que el ejército del que iba a disponer para desembarcar no era lo que se dice una fuerza de élite, Cecil puso sus esperanzas en la gloriosa Armada Inglesa. Pero, como hemos dicho, las cosas ya no eran como antes. La última expedición a tener en cuenta por las naves del Reino Unido había sido precisamente una expedición contra Cádiz en la que se obtuvo un importante éxito sobre las tropas españolas, además de un sustancioso botín. Pero de aquello hacía ya tres décadas.


La fuerza reunida era notable, casi cien buques iban a participar en la operación. Pero, a pesar de la cantidad, la calidad dejaba mucho que desear. Sólo había nueve grandes galeras de guerra, las acompañaban veinte mercantes armados y el resto eran buques carboneros de Newcastle cargados con cañones. Y ni siquiera las galeras eran nada del otro mundo, databan de la época de la Armada Invencible, la mayoría de ellas aun conservaban las mismas velas y cuerdas y sus cascos no habían sido limpiados ni reparados. Por si esto fuera poco, las provisiones embarcadas eran escasas y estaban en mal estado ya antes de partir. Como detalle positivo, quince barcos holandeses al mando de Guillermo de Nassau, bastardo del príncipe Mauricio, reforzaron la flota inglesa.

Quedaba una última esperanza para Cecil: los mandos. Pero los comandantes elegidos por Buckimgham no tenían ninguna experiencia. El duque había dejado de lado a los veteranos comandantes y había puesto al mando de los barcos a sus amigos.


Cecil no se desesperó y preparó minuciosamente un libro con los detalles de la operación, las órdenes generales y las señales que se iban a emplear. Una copia de este libro debía ser entregada a cada capitán. Es posible que hubiera sido útil de no ser por que no llegó a manos de sus destinatarios hasta que las naves regresaron de la expedición.


Antes de partir, Cecil fue nombrado vizconde de Wimbledon. Se supone que para afianzar su autoridad frente al resto de capitanes, también pares.



El viaje

Tras un amago en que la flota fue dispersada por una tormenta, y hubo de volver a reunirse en Plymouth días después, las naves zarparon definitivamente rumbo a Cádiz. Nada más partir, comenzaron los problemas. Las galeras comenzaron a hacer agua y gran parte de sus hombres estaban empleados a tiempo completo achicando agua. La Lyon tuvo que regresar ya que estaba a punto de hundirse.


Las deficiencias de la labor de aprovisionamiento se hicieron notar a los pocos días. La comida era escasa y estaba en mal estado. Cecil se vio obligado a imponer racionamiento de provisiones nada más comenzar el viaje.

El tiempo tampoco ayudó demasiado. Las tormentas los acompañaron durante todo el recorrido. La Long Robert se hundió con todos sus hombres y el resto de barcos sufrieron importantes daños. Se perdieron la mayoría de las lanchas en las que iban a ser desembarcados los hombres. La comida, ya de por si asquerosa, se humedeció y comenzó a pudrirse. La pólvora estaba mojada y las vías de agua en las naves se multiplicaban.


Pese a todo lo dicho, la flota inglesa llegó finalmente a Cádiz.


En Cádiz

La primera sorpresa desagradable que se llevó Wimbledon cuando llegó a su destino procedía de sus propias bodegas. Cuando se abrieron las cajas donde iban las armas se descubrió que más de la mitad de los mosquetes carecían de un detalle importante, no tenían boca. La mayor parte de la munición era del calibre equivocado y muchos de los moldes para fabricar más se habían deformado durante las tormentas.


Pero Cecil había tenido tiempo de acostumbrarse a los desastres durante el viaje y no se dejó vencer por la adversidad. Ordenó a Essex que dirigiera su escuadra hacia el Puerto de Santa María y fondeara allí para establecer una cabeza de puente y que el resto de naves pudieran desembarcar a los hombres. Essex, sin embargo, tenía otras ideas en mente. Su padre había sido un héroe del famoso asalto a Cádiz de 1596 y Essex estaba decidido a repetir las hazañas familiares. A toda velocidad encaminó sus naves, con el Swiftsure, su buque insignia a la cabeza, en dirección a los galeones españoles fondeados en la bahía. Wimbledon observó impotente desde su galera como Essex, desobedeciendo sus órdenes, se lanzaba en solitario al ataque y era frenado por las baterías de artillería de Cádiz el tiempo suficiente para que todos los barcos españoles escaparan. Los ingleses perdían así cualquier oportunidad de capturar los galeones españoles.

Los más de cien buques se quedaron entonces fondeados en plena bahía de Cádiz sin que su comandante tuviera muy claro que hacer a continuación. La oportunidad se presentó por sorpresa. Los ingleses tenían una quintacolumna inesperada en Cádiz. Jenkinson era un comerciante inglés que en ese momento hacia negocios en la ciudad española. Cuando divisó a la flota inglesa se apresuró en remar a través de la bahía hasta el buque insignia para informar a Wimbledon de que Cádiz estaba completamente desprotegida. Apenas unas decenas de hombres formaban la guarnición de la ciudad y si los ingleses atacaban ahora podrían obtener fácilmente una importante plaza en la península. La oportunidad era única y cualquier comandante decidido probablemente la habría aprovechado sin dudarlo pero Wimbledon peco de prudencia. Pensó que antes de atacar Cádiz debía cortar las vías de llegada de refuerzos. Wimbledon consideraba imprescindible tomar El Puntal antes de intentarlo con Cádiz para guardarse las espaldas. Ordenó a los barcos holandeses y a los carboneros que atacaran el fuerte con toda su artillería. Los carboneros desobedecieron las ordenes y se quedaron atrás deliberadamente. Los holandeses se quejaron de que estaban enfrentándose ellos solos a todo El Puntal (en realidad era una pequeña guarnición) y los carboneros fueron obligados por Wimbledon en persona a participar en el ataque. Poco después los holandeses se volvían a quejar, esta vez para pedir que los carboneros se largaran lo más lejos posible. Al parecer, tenían tan mala puntería que los proyectiles pasaban más cerca de los propios holandeses que del fuerte.


Cuando, tras el intensivo bombardeo, se decidió el desembarco las cosas no fueron mucho mejor. Sir John Burroughs, desobedeciendo las órdenes de Wimbledon, desembarcó justo debajo del fuerte y él y sus hombres fueron rápidamente barridos por la artillería del Puntal.


Finalmente, tras veinticuatro horas desde la decisión de tomar el fuerte, éste estaba en manos de los ingleses. Pero lo cierto es que ya daba igual. Mientras un pequeño grupo de hombres defendía el fuerte frente a los ingleses, el gobernador de Cádiz había mandado un mensaje pidiendo ayuda al duque de Medina Sidonia. Éste había mandado su ejercito a la ciudad mientras los ingleses luchaban por El Puntal y ahora Cádiz era inexpugnable.


Antes, Wimbledon se encontraba en mitad de la bahía de Cádiz, al mando de cien naves y sin saber que hacer. Ahora estaba al mando de diez mil hombres, en tierra enemiga y seguía sin tener la más mínima idea de que hacer a continuación. Llegaron rumores de que se habían divisado barcos españoles en el puente de Zuazo así que decidió acudir con su ejército a intentar asaltarlos. Cuando se descubrió que era una falsa alarma, Wimbledon tomó una decisión realmente extraña. Decidió seguir avanzando sin un propósito definido. Y no es una especulación de los historiadores sobre lo que había en la cabeza de Cecil sino que él describe así sus pensamientos en un relato posterior de la expedición:


Parece que se trataba de una falsa alarma. Pero puesto que ya hemos avanzado tanto, si os parece podríamos continuar haciéndolo. Quizá sepamos algo o veamos algún enemigo. De no ser así, por lo menos sabremos cómo es ese puente del que tanto hablan.


Cuando el ejercito estaba atravesando las salinas de la zona se llevaron una nueva y desagradable sorpresa. Nadie había desembarcado provisiones ni agua. Wimbledon mandó un grupo de hombres de vuelta a los barcos a por ellas y nunca más volvió a saber de ellos. Así estaban, sin agua en mitad de unas salinas, en territorio enemigo y avanzando a ciegas. Cuando los hombres estaban al borde de la rebelión, llegaron a unos edificios propiedad de Medina Sidonia. Al inspeccionarlos descubrieron que sus habitantes habían huido y decidieron acampar a pasar la noche. Los sedientos soldaron vieron el cielo cuando descubrieron lo que se escondía en las bodegas de los caserones. Vino. Barriles y más barriles de Jerez que se apresuraron a saquear. Este incidente es el origen de una teoría (leyenda más bien) que afirma que el objetivo real de los ingleses era hacerse con el preciado vino que ellos llamaban sherry. No pongo en duda la calidad de este vino pero parece poco probable el envió de toda la flota inglesa para robar unos barriles de Jerez.


Wimbledom se encontró entonces rodeado de una turba de hombres hambrientos, al borde de la rebelión y, además, borrachos. Intentó impedir que se distribuyera el alcohol pero fue peor aún. Cuando los oficiales intentaron llevarse el vino los soldados dispararon contra ellos y el mismo Wimbledon hubo de ser protegido por su guardia personal.


El espectáculo al día siguiente era desolador. Diez mil hombres desperdigados, débiles y resacosos estaban tirados por lo suelos. Wimbledon comprendió por fin que aquello no tenía sentido alguno y emprendió el regreso a los barcos con los hombres que pudieron seguirle. De los que se quedaron atrás dieron cuenta los hombres de Medina Sidonia.


Una vez embarcado, Wimbledon aún intentó un par de asaltos a barcos españoles que venían de América perdiendo los ingleses unos cuantos buques. Finalmente, sin haber podido conseguir ninguno de los objetivos de la expedición Wimbledon puso rumbo a las islas británicas.


La vuelta al Reino Unido fue mucho peor que la ida. No se había conseguido aprovisionar las naves y los hombres estaban enfermos. Las vías de agua eran peores y muchos barcos se hundieron. Otros, con toda su tripulación enferma o muerta de hambre acababan perdidos a la deriva. Meses después continuaban llegando a las islas barcos que habían formado parte de la expedición a Cádiz. Algunos encallaban en las playas y otros llegaban con menos de una docena de hombres a bordo. Las ciudades costeras se llenaron de mendigos, hombres de la expedición que volvían a casa sin nada más que una salud destrozada y ni una miga de pan en el bolsillo.


Así acabó la expedición a Cádiz de 1626 ideada por el duque de Buckimgham. No aprendió nada de la experiencia pues años después planeó de igual modo un asalto a la isla de Ré con idénticos resultados.


BIBLIOGRAFIA

LAFUENTE, MODESTO, Historia General de España, 1862

REGAN, GEOFFREY, Historia de la incompetencia militar, 1987

TENENTI, ALBERTO, La Edad Moderna, 2000

VV. AA. Introducción a la Historia Moderna, 1994


http://en.wikisource.org/wiki/1911_Encyclop%C3%A6dia_Britannica/Buckingham%2C_George_Villiers%2C_1st_Duke_of





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jueves, 31 de enero de 2008

El viaje de Rozhdestvenski


Entre febrero de 1904 y septiembre de 1905 Rusia y Japón se enfrentaron por la supremacía en el Extremo Oriente.

El zar Nicolás II quería obtener una base naval que le permitiera acceso al Pacífico ya que Rusia solo contaba con la base del Báltico. La plaza que iba a permitir a Rusia su salida al este era Port Arthur, actual Lüshunkou.

Japón se había apoderado de Port Arthur -así como de Corea, Manchuria y Taiwan- a finales del siglo XIX en su guerra contra China. La presión de las potencias occidentales, entre ellas Rusia, obligó a Japón a devolver Manchuria y Port Arthur a los chinos tras la guerra. Los japoneses no se esperaban por tanto que cuatro años después los mismos rusos, incumpliendo sus promesas previas, se hicieron ellos mismos con el control de Port Arthur consiguiendo así su ansiada base en el este.


El emperador Mutsuhito no estaba dispuesto a consentir que Rusia se saliese con la suya tras aquella puñalada por la espalda. Inmediatamente, Japón firmó una alianza con Gran Bretaña, país al que tampoco convenía en absoluto la presencia Rusa en Oriente. Este pacto conllevó el plan llamado “Esperanza y determinación” mediante el cual se llevaría a cabo un rearme completo de la flota japonesa. El gobierno japones encargó a Inglaterra seis acorazados, seis cruceros, dieciséis destructores y seis torpederos; otros tantos buques fueron encargados a Francia, Alemania, EE UU e Italia. Todos ellos de última generación y con el armamento y blindaje más moderno. Además, el personal de la marina japonesa pasó de 15.000 a 40.000 hombres.

¿Qué tenía Rusia para enfrentarse a la flota más avanzada del mundo en aquel momento? Unos cuantos barcos completamente obsoletos y divididos además en dos flotas. La primera de ellas, con las mejores naves, defendía Port Arthur. El resto de naves, las mas viejas, se encontraban en el Báltico, al otro lado del mundo.

En cuanto comenzó la guerra entre las dos potencias, Japón demostró que no tendría ningún problema en imponer su control en el mar. El zar ordenó zarpar a la flota del Báltico para que se uniera a la de Port Arthur en su batalla contra Japón. La flota partió al mando del almirante Rozhdedestvenski y fue despedida con gran pompa por el propio Nicolás.

Rozhdedestvenski y sus hombres debían navegar 23.000 millas náuticas, bordeando África, atravesando aguas hostiles y sin puertos en los que abastecerse. Tenían que obtener el carbón en encuentros concertados con flotas de abastecimiento pertenecientes a compañías privadas. Era una maniobra suicida.

Al poco de partir Rozhdedestvenski, la flota de Port Arthur ya había sido neutralizada por los japoneses. Iba a tener que presentar batalla en solitario. La moral de la tropa ya estaba por los suelos y no ayudó nada el que sus mejores barcos, los destructores Suvoroff, fueran unas auténticas tartanas. Estaban tan mal diseñados que tendían a volcar en cuanto se los cargaba un poco de más, por ello se ordenó que fueran retirados hasta los banderines de los mástiles.

Así partió la flota de Rozhdedestvenski a enfrentarse a las naves mas modernas que habían navegado nunca por cualquier mar.

Desde el día de partida el ambiente en los buques rusos era de profunda paranoia. Los hombres creían que la flota japonesa saldría a su encuentro en cualquier momento y sabían que si eso sucedía no tendrían ninguna oportunidad. Los vigías veían al enemigo por todas partes y la travesía por el mar del Norte se convirtió en una auténtica pesadilla.

Cuando los barcos cruzaban el banco de Dogger, frente a la costa este de Gran Bretaña, divisaron por fin al enemigo. Los vigías detectaron cuatro torpederos japoneses que se dirigían hacia ellos. Se informó al alto mando de un “ataque en toda regla de buques japoneses” y se procedió a atacar al enemigo. Los rusos consiguieron hundir un barco y dañar a los otros pero ellos mismos sufrieron graves daños al colisionar varios barcos entre si. Lo peor, sin embargo, estaba por llegar. La temible flota japonesa que habían estado atacando con toda su artillería era una flotilla de arrastreros británicos que estaban pescando tranquilamente cuando vieron, con bastante sorpresa, como una flota completa abría fuego sobre ellos. Probablemente con más sorpresa aun, también observaron como aquellos barcos fallaban la mayoría de disparos y comenzaban a chocar entre ellos. La “batalla” sería conocida como el Incidente de Dogger Bank y estaría a punto de costarle a Rusia ver como Inglaterra le declaraba una guerra abierta. Los periódicos mundiales hicieron mofa de lo sucedido y Rozhdedestvenski comenzó a ser protagonista de numerosos chistes.


Antes de partir Rozhdedestvenski había seleccionado a los mejores barcos de entre los destartalados efectivos del Báltico para formar su flota. En puerto se habían quedado aquellos que apenas se mantenían a flote, listos para convertirse en chatarra. El almirantazgo ruso, sin embargo, consideró que aquellos barcos debían ser equipados y enviados a reunirse con Rozhdedestvenski. Cuando éste se enteró de que aquellas bañeras venían tras él, aumentó la depresión que padecía desde Dogger Bank. Ordenó a sus barcos navegar a toda máquina y evitar el encuentro con la flotilla. Los periódicos no pudieron dejar pasar la historia de aquel almirante huyendo de sus propios barcos con una flota caótica y destartalada. Hubo nuevas mofas.

A su paso por el norte de África, uno de los barcos se enredó en un cable submarino y su capitán ordenó cortarlo. Resultó ser el cable que unía Tanger con Europa y las comunicaciones con África quedaron interrumpidas durante cuatro días. El pitorreo en la prensa era continuo.

Poco después, el buque taller de la flota participó en otra singular batalla naval. Disparó mas de 300 obuses a lo que su tripulación pensaba que eran tres torpederos japoneses. Por supuesto, en realidad eran un pesquero alemán, una goleta francesa y un mercante sueco.

Rozhdedestvenski se encontraba sumido en una profunda crisis nerviosa. Estaban quedando como una auténtica caravana de payasos delante de todo el mundo. Comenzó a sufrir ataques de neuralgia y cada vez salía menos de su camarote.

En un último intento de adecentar su flota y prepararla para el enfrentamiento organizó unas prácticas de artillería. Una serie de barcos remolcaban los blancos sobre los que los destructores abrieron fuego con todo su armamento. Solo se contabilizó un acierto... yel proyectil no acertó en un blanco sino en uno de los barcos remolcadores. Se ordenó luego a un grupo de destructores que adoptaran una determinada formación pero confundieron las señales ya que no les habían dado libros de códigos y los barcos salieron cada uno por su lado dispersando la flota. A los torpederos no les fue mucho mejor, así describe Richard Hough su actuación:

De los siete torpedos que abandonaron sus tubos, uno se atascó, dos viraron noventa grados en dirección al puerto, uno noventa hacia estribor, dos mantuvieron un rumbo estable pero no dieron en el blanco, y el último describió círculos y más círculos “sumergiéndose y emergiendo como una marsopa” y aterrorizando a toda la flota.

Finalmente, la flota rusa llegó a la zona de destino. Port Arthur estaba ya en manos japonesas por lo que recibieron orden de dirigirse hacia Vladivostok. Rozhdedestvenski podía elegir entre tres posibles rutas: atravesar el estrecho de Le Perouse, el de Tsugaru o el de Tsushima. Ya que no sabía donde se encontraba emboscada la flota japonesa, el almirante ruso eligió el camino más directo: el estrecho de Tsushima... Precisamente ese era el punto que el almirante japones Togo había supuesto que usaría y donde estaba toda la flota japonesa.

La flota rusa fue completamente destruida en esa batalla y Japón consiguió un control marítimo completo del Pacífico que no perdería hasta la batalla de Midway.



FUENTES

REGAN, GEOFFREY, Historia de la incompetencia militar, 1987



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