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jueves, 10 de septiembre de 2009

Las bocas inútiles 3

Parte 3: las bocas inútiles

Dicen que el sufrimiento es el precio que pagamos por nuestros pecados. Si eso es cierto, decidme, ¿por qué son siempre los inocentes los que más sufren cuando vosotros, los grandes señores, jugáis a vuestro juego de tronos?

George R. R. Martin



Roger era un militar y, desde un punto de vista militar, dejar entrar a aquella gente era una locura. Las provisiones que podrían alimentar a sus hombres durante un año apenas durarían un mes o dos si entraban dos mil personas al castillo. Además, tantos civiles por en medio no harían más que entorpecer la defensa. Pero Roger ya no era únicamente un militar. También era el castellano de Château-Gaillard y como tal tenía unas obligaciones. La gente de Les Andelys eran sus vasallos. Los habitantes del pueblo pagaban impuestos, servían al castillo llevando a cabo todo tipo de trabajos y ofrecían parte de sus cosechas para alimentar a la guarnición. A cambio, el señor que gobernara el castillo solo tenía protegerlos. Ellos habían cumplido con su parte del contrato y allí, ante las puertas de Château-Gaillard, pidieron a Roger Infierno Lacy que cumpliera la suya.


Las puertas del castillo se abrieron para permitir pasar a los civiles.


Es posible que Roger de Lacy no esperase un asedio largo y éste fuera el motivo para dejar entrar a los civiles. Château-Gaillard era una plaza demasiado importante como para que Juan la dejase caer en manos de Felipe sin luchar por ella. Ricardo habría mandado a todos sus hombres, con él al frente, para proteger su querida fortaleza. Pero ya hemos dicho que Juan no era Ricardo y mientras Roger de Lacy esperaba refuerzos, lo que llegaron fueron malas noticias.


Juan no iba a mandar refuerzos. Ni siquiera tenía en mente hacerlo a largo plazo. Se excusaba alegando tener que tratar otros asuntos más importantes y no poder prescindir de ningún hombre. Château-Gaillard y todos los que en él se refugiaban eran abandonados a su suerte. Cuando Infierno Lacy recibió las negras noticias tenía a dos mil civiles en su castillo, un ejército de seis mil franceses a sus puertas, las despensas vacías y se acercaba el invierno.


Cualquier otro castellano probablemente hubiera tomado la opción más sensata: rendir el castillo a Felipe. Pero a Lacy no lo importaba que su rey lo hubiera abandonado ni que no tuviera esperanzas de resistir, le habían dado la orden de defender Château-Gaillard y él iba a defender Château-Gaillard.


Aproximadamente en octubre de 1203 Lacy expulsó al primer grupo de civiles. Con la comida a punto de agotarse y sin la esperanza de un pronto rescate, no había forma de mantener a toda la gente. Afortunadamente para ese grupo de exiliados, los franceses se apiadaron de ellos y les dejaron atravesar sus líneas. Días después, las puertas del castillo se abrieron de nuevo para que saliera otra parte de los habitantes de Les Andelyes y, otra vez, el ejército francés los dejó ir en paz.


El tercer y último grupo no tuvo tanta suerte. Cuando a Felipe II le llegó la noticia de que los civiles estaban abandonando el castillo y su ejército los estaba dejando pasar montó en cólera. Inmediatamente envió una orden a sus generales: nadie, bajo ningún concepto, fuera cual fuera su condición, debía abandonar la fortaleza asediada.


Los refugiados fueron recibidos con una nube de flechas cuando se acercaron a las posiciones de los soldados franceses. Asustados, corrieron de vuelta al castillo pero las puertas no se abrieron y desde las murallas les llovían piedras. “No os conocemos, ¡largaos de aquí!” fue la respuesta a sus súplicas que recibieron de los guardias de Château-Gaillard. Muchos de los hombres de la guarnición eran de Les Andelys y es seguro que tendrían amigos y familiares entre los cientos de personas que imploraban por volver a entrar; pero el invierno estaba al caer y no había comida en el castillo para alimentar tantas bocas. Ni siquiera había comida suficiente para la guarnición.


Felipe II había querido que los civiles acabaran con las existencias del castillo pero la nueva situación tampoco le desagradaba. La moral de los ingleses quedó destrozada cuando tuvieron que abandonar a su suerte a sus propias familias.


Más de medio millar de personas, entre las que había ancianos y niños se refugiaron en la tierra de nadie. A mitad de camino entre sitiados y sitiadores, se desperdigaron por las rocas sobre las que se alzaba el castillo. Sin comida ni refugio, las gente de Les Andelys vieron como los días pasaban, el invierno llegaba y el sitio no terminaba. Se escondían al abrigo de las peñas y se agrupaban para mantenerse en calor. El único sustento que tenían eran las pocas hierbas que crecían entre las rocas.

Los meses fueron pasando y Lacy no rendía la fortaleza ni los franceses hacían ningún movimiento. Los civiles morían de hambre y frío a los pies del castillo Gallardo. La única ayuda que recibieron fue una manada de perros que los ingleses echaron del castillo. Aunque eran animales escuálidos, fueron devorados. Guillermo el Bretón, cronista oficial de Felipe Augusto y testigo presencial del asedio, relata como una mujer embarazada parió a su bebe muerto y el resto de supervivientes, que a esas alturas ya no eran muchos, se lo comieron al instante.


Llegó la primavera y con ella Felipe II. Hasta la última villa, castillo, pueblo o granja de Normandía estaba ya en su poder. Solo resistía Château-Gaillard y al rey francés se le había terminado la paciencia. Lo primero que hizo al llegar a la zona fue permitir el paso a los civiles que habían sobrevivido al invierno en tierra de nadie, ya solo un centenar a esas alturas. Los alojó en su campamento y ordenó que se los alimentara de forma abundante. Los cronistas franceses ven en esta acción un ejemplo de la benevolencia de Felipe Augusto. La mayoría de los historiadores sostienen una versión menos romántica: Felipe se había cansado de esperar y tenía planes para tomar el castillo. Todas aquellas personas no harían más que entorpecer esos planes. Además, con el calor llegaban las plagas, que en la edad media eran el peor enemigo de un campamento militar, los exiliados del castillo eran un foco de peste seguro y el rey los quería lejos de sus hombres lo antes posible.

Aún aceptando la poco creíble versión francesa sobre los motivos de Felipe, su forma de obrar tuvo funestas consecuencias. Más de la mitad de los refugiados supervivientes murieron a causa de las úlceras pépticas y de las hemorragías gastrointestinales que la abundante comida repentina causó en sus estómagos.


Felipe dio una última oportunidad de rendición a Lacy y éste contesto que solo lo sacarían del castillo arrastrándolo por los pies. El rey se puso a ello.


Felipe ordenó a sus ingenieros que acelerasen las labores de zapa y les proporcionó más trabajadores para la tarea. Al poco, los túneles franceses llegaron bajo la muralla del primer baluarte y socavaron sus cimientos de tal modo que una de las torres se vino abajo. Mientras los franceses entraban, Infierno Lacy ordenó a sus hombres que se replegaran al segundo recinto y prendió fuego al primero.


Las llamas acabaron con las construcciones inglesas de madera pero la piedra permaneció en pie, por lo que los franceses pudieron usar el baluarte recién conquistado como nuevo asentamiento. Desde allí, en mejor posición, las catapultas y los trabuquetes franceses bombardearon sin descanso las murallas del castillo hasta conseguir abrir brecha. Una vez los ingenieros llenaron el foso, los franceses asaltaron el segundo recinto de la fortaleza.


Roger de Lacy y sus hombres, incapaces de frenar la marea de soldados franceses que se colaban por la grieta (aunque les causaron importantes bajas) se replegaron al último recinto: la torre del homenaje y la espléndida muralla que la rodeaba, el corazón de Château-Gaillard.

Torreón principal


Lacy y sus hombres podrían haber resistido bastante en aquella robusta minifortaleza, pero la ineptitud de Juan Sin Tierra fue su perdición. Mientras que Ricardo había puesto el máximo cuidado en mantener operativa su fortaleza -su hija, la llamaba él-, Juan no tenía ni idea de batallas ni asedios y había descuidado importantes detalles. Cuando visitó el castillo, años atrás, hizo que se construyera un edificio de dos plantas descansando junto a la última muralla, quizá pensando que ningún enemigo llegaría tan lejos. La construcción, que constaba de una capilla en su planta inferior y unas letrinas en la superior (Guillermo el Bretón, en su crónica dedica unas líneas a recriminar a los ingleses su mal gusto, al construir unas letrinas sobre una capilla), sirvió a los franceses para encaramarse a los muros y reducir a los últimos ingleses que resistían.


La fortaleza inconquistable había sido conquistada.


EPILÓGO


El castillo Gallardo siguió sirviendo de fortaleza durante muchos siglos y muchas guerras. Paso de manos inglesas a francesas y al contrario en multitud de ocasiones. Fue asediado por nuevos ejércitos y defendido por nuevos castellanos, pero ningún sitio fue tan terrible como el primero. En el siglo XVII, Enrique IV ordenó su destrucción. Hoy, junto al pueblo de Les Andelys solo quedan las ruinas.


Felipe Augusto vapuleó a Juan Sin Tierra en todos los frentes y le arrebató todas sus posesiones en el continente. Consolidó el poder de la monarquía francesa, unificó a sus vasallos y, tras años de guerra, consiguió una época de paz y prosperidad como no se veía en mucho tiempo, con un superávit de cientos de miles de libras. Murió durante un viaje en 1223. Tenía 58 años. Fue enterrado en París y a sus funerales acudieron casi todos los nobles del reino.


Juan Sin Tierra continuó siendo un incompetente el resto de su vida. El Papa lo excomulgó por imponer como Arzobispo de Canterbury a uno de sus hombres de confianza. Los franceses le vencieron en todas las batallas. Sus señores se sublevaron y apoyaron la subida al trono de Luis VIII, un títere de Felipe II con dudosos derechos a la corona. Contrajo disentería mientras escapaba de los franceses y murió en 1216, a los 50 años, escondido en el castillo de Newark. Algunos sostienen que fue envenenado. Su cuerpo descansa en la catedral de Worcester.


Roger Infierno Lacy luchó en Château-Gaillard hasta el último aliento. Como había prometido solo consiguieron sacarlo de allí a rastras y encadenado. Él y sus hombres se habían comido los caballos hace tiempo y llevaban días alimentándose del cuero de sus zapatos y armaduras. Su familia pagó el rescate que pedía el rey francés y Roger volvió a las islas donde fue nombrado sheriff de Lancashire. Murió a los 31 años y fue enterrado en la abadía de Stanlow.


Guillermo Marshal nunca traicionó a la corona inglesa, aquella que lo había nombrado caballero. Siguió luchando toda su vida, primero al lado de Juan Sin Tierra y luego de su hijo Enrique III. Fue nombrado miembro del consejo real y durante la niñez de Enrique fue regente del reino. Pero ni sus cargos ni su edad lo apartaron del campo de batalla y plantó cara a Felipe II hasta sus últimos días. Con 71 años llevó a los ingleses a la victoria en la batalla de Lincoln, donde encabezó una carga de caballería y luchó al lado de sus hombres. Murió en la cama a a los 73 años de edad. En su lecho de muerte pidió ser nombrado caballero templario en virtud a sus victorias en las cruzadas. El deseo le fue concedido y su cuerpo enterrado en la Iglesia del Temple de Londres.


De los refugiados de Château-Gaillard nada más se supo. No se conocen sus nombres ni donde fueron enterrados. El único homenaje que recibieron fue el cuadro que Francis Tattegrain realizó en 1895. La obra, actualmente en un museo, decoró durante décadas las paredes del ayuntamiento de Les Andelys. Se titula Las bocas inútiles.

Las bocas inútiles


Fuentes y más información:

Sobre el castillo Gallardo y su asedio:

McGlynn, Sean, A HIERRO Y FUEGO, 2008

The Stronghold of Richard the Lionheart

Château Gaillard

HOW TO CAPTURE A CASTLE


Sobre reyes, caballeros y la guerra medieval:

Asimov, Isaac, LA FORMACIÓN DE INGLATERRA, 1969

Duby, Georges, GUILLERMO EL MARISCAL, 1984

Flori, Jean, LA CABALERIA, 1998

Kenn, Maurice (ed), HISTORIA DE LA GUERRA EN LA EDAD MEDIA, 1999

Painter, Sidney, WILLIAM MARSHAL,KNIGHT­ERRANT, BARON AND REGENT OF ENGLAND, 1982

Strickland, Matthew, WAR AND CHIVALRY: THE CONDUCT AND PERCEPTION OF WAR IN ENGLAND AND NORMANDY, 1996

Tyerman, Christopher, LAS GUERRAS DE DIOS, 2006



Las fotos están sacadas en su mayoría de Wikipedia, excepto la reproducción del castillo en 3d que es obra de Jacques Martel y está sacada de aquí.

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Las bocas inútiles 2

Parte 2: los señores



Un muro vale tanto como los hombres que lo defienden
George R. R. Martin


Roger de Lacy no era un gran señor, eso lo tenía asumido. Su título de barón era más simbólico que otra cosa, ya que su baronía se reducía a un pueblucho perdido y minúsculo al norte de Cheshire. Roger nunca se consideró a si mismo más que un soldado y durante toda su vida sirvió fielmente a la corona inglesa. Cuando recibió la orden de convertirse en castellano de Château-Gaillard, Roger, pese a sus escasos veinte años, ya era un veterano que había demostrado con creces su eficacia y su lealtad. Entre otras muchas batallas, Roger había luchado en Acon al lado de Ricardo y, allí, sus hombres le otorgaron el apodo de Infierno Lacy.


El 10 de agosto de 1203, Infierno Lacy y los 180 hombres que formaban la guarnición del castillo se despertaron rodeados por un ejército francés de más de seis mil soldados. Aunque la diferencia de fuerzas era grande, Lacy no pensó en ningún momento en rendir la plaza. Un hombre sobre una muralla, vale por muchos bajo ella y aquel formidable castillo era muy fácil de defender con pocas tropas. Si los franceses se decidían por un asalto frontal, tendrían que avanzar bajo las murallas por una estrecha franja de tierra hasta llegar a la puerta, y durante todo el camino una lluvia de flechas, piedras y fuego caería sobre sus cabezas. La única opción era sitiar el castillo.


Felipe ordenó montar un campamento fortificado a los pies de la fortaleza. Se construyeron zanjas defensivas y empalizadas alrededor del mar de tiendas y estandartes que era el ejército francés, de los bosques cercanos se empezó a traer madera para la construcción de armas de asedio y ambos ejércitos, el de doscientos hombres y el de seis mil, se prepararon para el sitio, uno de los más largos y crueles que se verían en toda la Edad Media.


Roger de Lacy no temía al ejército de Felipe. Los sótanos del castillo contenían provisiones suficientes para que él y sus hombres aguantaran el asedio durante más de un año. Tiempo más que suficiente para que el rey Juan enviara refuerzos. Roger confiaba en su rey, no le quedaba otra opción. No tenía tierras en el continente, ni sabía nada de aquella región que todos deseaban y que él debía proteger. Él solo era un soldado inglés, cuyas posesiones en las islas (aunque fueran unas tierras casi sin valor) y las de toda su familia dependían de su lealtad al trono, se sentará en él quien se sentara. Le habían encomendado mantener aquel castillo y, ya podía tener al mismo Felipe Augusto con miles de hombres a sus puertas, que Infierno Lascy iba a defender Château-Gaillard con uñas y dientes.


La ayuda llegó, un par de meses después de que comenzara el asedio, y fue una grata sorpresa para los defensores descubrir a quien había enviado el rey en su ayuda: el mismísimo Guillermo Marshal, según algunos “el más grande caballero que jamás ha existido”


Guillermo Marshal, como hijo menor en una familia de nobles menores, no tenía muchas expectativas. Cuando no era más que un niño, el rey escoces Stephen lo tomó como rehén para rendir el castillo de su padre. Frente a las murallas, puso un cuchillo en el cuello del joven Guillermo y amenazó con cortarle la garganta si las puertas del castillo no se abrían. El padre de Guillermo gritó su respuesta desde lo alto del muro: “Todavía tengo el martillo y el yunque con los que forjar más y mejores hijos que ese” Por fortuna para Guillermo, Stephen no cumplió su amenaza, pero el niño descubrió que para su familia no era nadie y tendría que buscarse la vida por sus propios medios.



Guillermo carecía de títulos, tierras, dinero... lo único que tenía era su talento. Un talento para luchar, según algunos sobrehumano, al que consagró toda su vida. Sirvió como soldado en multitud de batallas hasta que, a los veinte años, fue hecho prisionero por Leonor de Aquitanía, madre de Ricardo y Juan. La reina, impresionada por las palabras que escuchó sobre el valor y la destreza de aquel joven, no solo le perdonó la vida sino que lo nombró caballero. Desde entonces, poniendo su espada al servicio de unos y otros, pero nunca contra la familia que lo había armado, Guillermo se ganó la vida como caballero errante. En pocos años amasó una fortuna gracias a los rescates que obtenía de los parientes de sus prisioneros en batalla y a los premios en los torneos. En el siglo XII los torneos todavía no eran la pantomima en la que se convertirían siglos después, eran enfrentamientos brutales en los que no era raro acabar tullido o muerto. Los participantes, además del premio que obtenían si ganaban, tenían derecho a quedarse con las armas y monturas de los adversarios vencidos. De Guillermo se decía que participó en más de quinientas justas y no perdió jamás. Puede que no fueran tantas, pero lo que sí que es cierto es que Guillermo fue de los pocos caballeros que se hicieron ricos en los torneos, llegando a igualar a Ricardo Corazón de León como protagonista de leyendas y canciones.



Al comienzo de la guerra entre Juan y Felipe, Guillermo se puso de parte de Juan Sin Tierra. Hay quien dice que si Juan no hubiera contado con el prestigio y la fama de la Flor de la Caballería, como llamaban a Guillermo, nunca habría conseguido hacer triunfar su causa. En 1203, Juan lo puso al mando del ejército encargado de romper el sitio de Château-Gaillard.


Gullermo Marshal hizo lo que pudo pero el espectáculo que ofreció a Infierno Lacy y a sus hombres, que lo observaron todo desde las murallas, no fue el que éstos esperaban. Atacó a los franceses por el río y los atacó por tierra; y en ambos frentes fracasó.


La flota no tuvo en cuenta el macareo del Sena (le mascaret), una especie de marea fluvial en forma de ola que solo se da en unos pocos ríos. Cualquier capitán de la zona hubiera sabido de este fenómeno, pero el hombre que puso Juan al mando de sus barcos no reaccionó a tiempo ante la gran ola que venía corriente arriba y las barcazas inglesas acabaron desperdigadas. La mayoría terminó en manos francesas aunque unas pocas pudieron huir.


En tierra no le fueron mejor las cosas al ejercito de caballeros comandados por Guillermo. Felipe II había dirigido la construcción del campamento de asedio francés (aunque luego abandonó la zona para dedicarse a otros asuntos) y se aseguró de que su ejército tuviera las mejores defensas. Las tropas de Guillermo cargaron varias veces, siempre con el mismo resultado. La caballería inglesa se estrellaba una y otra vez contra el muro que formaba la infantería francesa, o caían en las zanjas defensivas, o sus caballos se empalaban en las estacas que rodeaban el campamento. Finalmente Guillermo y sus hombres huyeron de la zona sin haber cumplido con su misión. El asedio continuaba y los franceses prácticamente no habían tenido bajas.


Para empeorar las cosas, días después, en una acción nocturna llevada a cabo por unos pocos hombres, las tropas de Felipe Augusto se hicieron con el control de la isla fortificada que dominaba el río. Desde allí comenzaron una ofensiva contra Les Andelys. Los habitantes del pueblo, asustados abandonaron sus casas y se dirigieron en masa al castillo a buscar protección. Con la isla y el pueblo en sus manos, los franceses recuperaban el control del Sena. Ahora Château-Gaillard había pasado a ser un objetivo secundario. Sin embargo, Felipe no estaba dispuesto a abandonar el castillo. Con la zona entera en sus manos podía limitarse a esperar a que la guarnición se rindiera o se muriera de hambre, pero el rey francés tenía un interés personal en aquella fortaleza. Era la joya de Ricardo, su castillo inexpugnable y Felipe II no iba a descansar hasta conquistarlo.


Planta del Castillo Gallardo


Por su parte, tras el contraataque francés, Roger de Lacy se encontraba ante el mayor dilema de su vida. Ante las puertas de su castillo tenía a dos mil civiles, los refugiados de Les Andelys, pidiendo que los dejasen entrar.

Fin del capítulo sengundo

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Las bocas inútiles

Dedicado a todos los seguidores de George R. R. Martin

De la historia de Europa beben los bardos de Poniente.







Parte 1: los reyes

En contra de la opinión general, la historia sí que consiste en reyes, fechas y batallas.
Terry Pratchett



Se decía que Château-Gaillard era un castillo imposible de conquistar, una fortaleza inexpugnable. Ciertamente los cronistas del medioevo eran muy dados a la exageración y el término “fortaleza inexpugnable” se usaba del mismo modo en que hoy en día se usan expresiones como “código irrompible” o “clave indescifrable”, pero aún así Châteu-Gaillard era un magnífico castillo. Lo había diseñado el mismísimo Ricardo Corazón de León por lo que, ya desde el momento de su construcción, el castillo estaba envuelto en un aura de leyenda caballeresca.



A finales del s.XII dos hombres se enfrentaron en Europa. Ricardo I de Inglaterra era uno de ellos y Felipe Augusto, rey de Francia, el otro. Felipe II era un gran estratega y un hábil político. Durante su reinado consiguió grandes victorias en el campo de batalla y su astucia le permitió reducir el poder de los señores feudales y sentar las bases para un estado francés. Si hubiera nacido en cualquier otro momento es probable que se hubiera convertido en una leyenda, pero Felipe II tuvo la desgracia de coincidir espacial y temporalmente con Ricardo Corazón de León, de cuya sombra no logró escapar nunca. Felipe ganaba las batallas dando las órdenes a sus generales desde la retaguardia (cosa normal, por otro lado) y Ricardo, en cambio, luchaba junto a sus hombres (rodeado siempre de un importante número de caballeros dispuestos a defenderlo y a sacarlo del campo de batalla si las cosas se ponían feas). Felipe era feo, tuerto, un poco enfermizo y bastante inútil con las armas; Ricardo era atractivo, alto y habilidoso con la espada. Felipe era serio y callado, gastaba poco dinero y su corte no destacaba por nada, como no fuera por su austeridad. Ricardo, al contrario, era amante de las fiestas, derrochó a manos llenas el tesoro de las arcas inglesas, le encantaban la música y los torneos, y dominaba a la perfección los medios de comunicación de la época: los trovadores, que veían en él una auténtica mina de inspiración para sus canciones. Él mismo cantaba y componía tonadas.

Ricardo Corazón de Leon


Por si todo esto fuera poco, Ricardo no había dudado en pisotear el honor de Felipe ante la vista de toda Europa. A pesar de estar prometido con la hermana del rey francés, Adela, Ricardo la rechazó aireando la relación entre ésta y su padre, Enrique II, fruto de la cual había nacido una bastarda. En Sicilia, camino de Tierra Santa, Ricardo conoció a Berenguela de Navarra y se casó con ella ignorando las amenazas de excomunión por romper su compromiso con Adela. Aunque lo cierto es que nunca le interesaron las mujeres, ni siquiera su propia esposa a la que apenas vio un par de veces en toda su vida.

Es de esperar que Felipe estuviera hasta las narices de aquel rey que se creía un héroe de leyenda. Ricardo era pendenciero y traicionero, estaba ahogando en impuestos a sus súbditos para pagar sus locuras y, si bien es cierto que era un gran general y ganaba más batallas que perdía, como estratega era nefasto: luchaba allí donde no obtendría beneficio alguno y evitaba batallas que podrían ser cruciales. Elegía el campo de batalla en función del honor y la gloria que pudiera obtener. Felipe mandaba a sus ejércitos allí donde era necesario, pero prefería usar la intriga y las maniobras políticas para conseguir sus fines, lo que implicaba un menor derramamiento de sangre. Sin embargo era a Ricardo a quien adoraba la gente, era Ricardo el que protagonizaba las canciones, el que era considerado el ideal personificado de la caballería. Las madres musulmanas asustaban a sus hijos con un ¡Qué viene Ricardo! como quien hoy dice ¡Que viene el coco!. Felipe también había luchado en Tierra Santa y también se había enfrentado a Saladino (el tercer gran héroe de la época), pero nadie asustaba a sus hijos diciendo ¡Qué viene Felipe Augusto!

Felipe Augusto


No es de extrañar que la noticia del cautiverio de Ricardo a manos de su enemigo, Enrique VI de Alemania, cuando regresaba de las cruzadas fuera un motivo de gran alegría para Felipe. El rey francés no tardó en aliarse con el hermano menor de Ricardo, Juan Sin Tierra, prometiéndole el trono de las islas a cambio de que entregara a Francia gran parte de las posesiones inglesas en el continente, entre ellas Normandía. Para alguien que se había enfrentado a Ricardo Corazón de León, lidiar con Juan Sin Tierra era como quitarle un caramelo a un niño. Pero la alegría de Felipe duró poco. Los numerosos partidarios de Ricardo reunieron la increíble suma de dinero que el rey alemán pedía por su rescate. El león volvía a casa y con él, los dolores de cabeza de Felipe.

Ricardo no tardó en poner en su sitio a su hermano Juan. Lo mandó a Irlanda y se volvió a proclamar rey de Inglaterra. Pronto recuperó las tierras perdidas por Juan, entre ellas la más importante: Normandía. Ricardo estaba empeñado en que Normandía permaneciera en manos inglesas y para ello decidió construir la mayor fortaleza que nadie hubiese contemplado jamás. No solo quería un castillo inexpugnable, Ricardo quería sobre todo un castillo sobre el que se escribieran canciones. Quería un castillo a la altura de su leyenda.



Para su emplazamiento eligió una meseta junto al Sena en Les Andelys, una población a 100 kilómetros de parís formada por dos aldeas fortificadas: Petit Andely y Grand Andely. Pese a que las obras duraron apenas un año, el castillo era realmente magnífico. No se parecía en nada a los pequeños castillos ingleses. Ricardo había invertido en aquella construcción más que en todos los castillos construidos en las islas durante todo su reinado. Como modelo, había usado los castillos de Tierra Santa y en su diseño se incluyeron las últimas innovaciones de la época. La gigantesca mole de piedra caliza dominaba la meseta sobre la que se alzaba, el valle a sus pies, el río Sena y toda Normandía, pues nadie controlaría jamás la región sin tomar aquella plaza. ¡Qué gallardo! se dice que exclamó Ricardo Corazón de León cuando vio acabado su castillo. Y así se llamó: Château-Gaillard, el castillo gallardo.



Château-Gaillard solo se podía atacar por el sur, ya que el resto de sus lados estaban protegidos por escarpados riscos. Los enemigos únicamente podían acceder por la suave pendiente de su cara sur pero allí se encontraba la primera fortificación: una construcción triangular con murallas de cuatro metros de grosor, tres inmensas torres y dos más pequeñas. Si se superaba esta parte se llegaba al segundo recinto, más grande y protegido por una muralla igual de imponente y cinco altas torres, todo ello rodeado por un profundo foso. Y dentro de este segundo recinto estaba el tercer obstáculo: una muralla con diecisiete torres, que protegía el torreón principal y las construcciones más importantes. Todos los muros eran festoneados con lo que se minimizaba el efecto de los proyectiles de catapulta. Bajo tierra había una red de túneles y almacenes dispuestos para guardar provisiones en caso de asedio.



Por si esto fuera poco, el cerro mismo donde se alzaba el castillo estaba protegido por una red de fosos y murallas. Además, bajo el castillo estaba Les Andelys y, junto a pueblo y castillo, había una isla fortificada que dominaba el cauce del Sena. Los tres asentamientos estaban unidos por una red de cadenas de hierro bajo el agua que, en caso de necesidad, se podían alzar y bloquear por completo el tráfico fluvial.

Ricardo quería un castillo digno de las historias de caballería y lo había conseguido.

Felipe II probablemente tardó un tiempo en creerse las noticias que llegaron a él en abril de 1199. Ricardo había acudido en persona a lidiar con un señor menor de Limoges que se había sublevado. El noble se había hecho fuerte en Chalus-Chabrol, un castillo insignificante y apenas protegido, pero Ricardo se empeñó en llevar aquel asunto en persona. Una vez en el lugar, se acercó él mismo a las murallas del castillo para inspeccionarlas y planear el asalto pero, antes de que pudiera darse cuenta, tenia una saeta clavada en el hombro y un ballestero daba saltos de alegría en la muralla enemiga. Ricardo se enfureció y ordenó el asalto inmediato al castillo. Se puso al frente de sus tropas sin detenerse siquiera a que el médico le extrajera el proyectil. La plaza cayó con facilidad pero cuando Ricardo acudió a que le curaran ya era demasiado tarde, la herida estaba infectada. La gangrena se llevó la vida de Ricardo Corazón de León pocos días después. Para Felipe aquello fue un regalo de Dios. Su archienemigo había muerto y no de una forma honorable y caballeresca, sino profundamente estúpida, en una batalla insignificante y sin gloria alguna.

El sucesor de Ricardo fue su hermano menor Juan Sin Tierra que pasó por encima del auténtico heredero al trono inglés: Arturo. Arturo era hijo de Godofredo, hermano de Juan y Ricardo. Godofredo, aunque muerto tiempo atrás, había nacido antes que Juan por lo que cualquier hijo que tuviera iba por delante de éste en la línea sucesoria. Pero el caso es que Arturo era pupilo (o rehén, según se mire) de Felipe II y, pese a ser el legítimo heredero, se le consideraba más francés que inglés. Además, las leyes de sucesión podían ser interpretadas tanto como férreas normas inquebrantables, como simples recomendaciones generales, según los intereses del aspirante en cuestión. La realidad es que Juan no tuvo problemas ni reparos en poner sobre su cabeza la corona de Inglaterra.

Felipe esperó. Juan no era Ricardo. No tenía su carisma, ni sus seguidores, ni su resolución en el campo de batalla. Como había supuesto el rey francés, muchos nobles retiraron su apoyo al nuevo monarca; más que por creyeran que era un usurpador, lo abandonaban por considerarlo débil e indigno. Tras un par de años, cuando Juan ya había demostrado su ineptitud y con gran parte de su pueblo en contra, Felipe sacó del armario a Arturo, revindicó los derechos del niño al trono, prestó apoyo a su causa y se lanzó a la guerra contra Inglaterra. Arturo duró muy poco. Juan consiguió capturarlo en la batalla de Mirebeu. Ordenó que le cortaran la polla y, con ella, cualquier aspiración que pudiera tener a la corona. El chico murió de la conmoción.

Pero a Felipe II le importaba poco Arturo y sus aspiraciones, que no eran más que una excusa para comenzar la guerra. Su objetivo era recuperar gran parte de las tierras inglesas en el continente. Sobre todo quería volver a tener en sus manos Normandía. Tras una campaña relámpago en la que arrebató a Juan todas las fortalezas menores de la zona, en 1203 se lanzó al asalto del castillo Gallardo.

Fin del capítulo primero

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jueves, 17 de julio de 2008

El más pequeño

De Jesucristo, Verbo de Dios encarnado, san Cirilo de Alejandría fue un incansable y firme testigo.

Joseph Razinger


En el año 370 de nuestra era nacieron en Alejandría dos personas destinadas a ocupar un lugar en los libros de historia.

Eran tiempos convulsos. Un nuevo culto había aparecido. Se llamaban a si mismos cristianos y no se andaban con chiquitas. En Alejandría se multiplicaban los enfrentamientos entre esta nueva secta y el resto. En este clima de conflictos y tensión nacieron las dos personas de las que quiero hablar.




El sabio Teón llamó a su hija Hipatia, que significa la más grande. Y, desde luego, la niña hizo honor a su nombre. No sabemos quien es la madre de Hipatia pero se tienen bastantes datos sobre su padre. Además de por sus trabajos sobre el Almagesto de Ptolomeo y sobre las obras de Euclides, Teón pasó a la historia por ser el último director de la Biblioteca de Alejandría. En los pasillos y salas de este monumental almacén de conocimientos se crió la pequeña Hipatia, rodeada de las obras de los más importantes sabios de todos los tiempos.


Con los años, Hipatia se convirtió en una experta en astronomía, historia, filosofía, matemáticas, etc. Estudió desde muy pequeña a Platón, a Aristóteles, a Demócrito y a muchos otros sabios y pensadores. Era una privilegiada pues la mayor parte de las obras que Hipatia devoraba únicamente se encontraban en Alejandría. La Biblioteca se había convertido en una especie de Arca de Noé del conocimiento humano que preservaba los últimos rollos existentes de un gran número de obras maestras de la literatura y de avanzados tratados científicos (como por ejemplo, las obras completas de Demócrito) Y todos estaban a disposición de Hipatia.


La magnífica Biblioteca hizo que los sabios de todo el mundo se viesen atraídos hacia Alejandría. Filósofos de todas las ramas llegaban a la ciudad a estudiar obras que no encontrarían en ningún otro sitio o a intercambiar opiniones con otros sabios. Se fundaban escuelas en las que se enseñaban todas las materias en las que se dividía el conocimiento humano. En los foros públicos y en las tabernas se iniciaban encendidos debates matemáticos o filosóficos.


Pronto Hipatia se convirtió en una experta en multitud de campos, superando en conocimientos a su padre. En su propia casa fundó una escuela donde enseñaba la filosofía de Platón y Aristoteles. Precisamente a través de las cartas de uno de sus discípulos, Sinesio, es como ha llegado hasta nuestros días la mayor parte de lo que sabemos sobre Hipatia. Al parecer sus alumnos la adoraban; se formaban auténticas multitudes cuando salía de su casa y la gente la seguía por la calle mientras le formulaban preguntas o le planteaban nuevos temas de discusión. De ella se decía que su belleza y su encanto eran comparables a su inteligencia. Tenía infinidad de pretendientes pero nunca se casó ni mantuvo relaciones duraderas; prefirió dedicar su tiempo por entero a la enseñanza y el estudio. Haber sido alumno de Hipatia era el equivalente a tener un título en Oxford o Stanford hoy en día.


Hipatia hizo honor al nombre que su padre decidió ponerle. La más grande era, sin duda, una forma perfecta de definir a la filósofa alejandrina. Para desgracia de Hipatia en Alejandría vivían también personas muy, muy pequeñas. Una de estas personas fue Teófilo.

En el 380, cuando la filósofa tenía diez años, ese nuevo culto que tanto revuelo armaba fue convertido en religión oficial del Imperio. Desde ese momento los ataques contra herejes y paganos se multiplicaron. Ahora que eran una Religión de Estado los cristianos se vieron con las manos libres para hacer lo que les viniera en gana. Teófilo era el Patriarca de Alejandría y como tal disponía de un poder casi tan grande como el Patriarca de Roma. El volumen de comercio que pasaba a través de la ciudad era inmenso y Teófilo así como otros peces gordos del Patriarcado se llevaban una suculenta tajada del pastel. Pronto, los templos y estatuas cristianos, a cada cual más impresionante y caro, comenzaron a llenar Alejandría. Pero a Teófilo no le bastaba con construir, lo que de verdad le interesaba era destruir. Todos los templos que no fueran cristianos debían ser derribados o quemados para ser sustituidos por monumentos propios de la nueva religión. Y esto incluía la Biblioteca. En el 390, cuando Hipatia tenía veinte años, Teófilo ordenó que la Biblioteca fuera demolida hasta los cimientos, incluido el Serapeum (un anexo donde se guardaban gran parte de los volúmenes) y en su lugar se alzó un templo dedicado a San Juan Bautista. (Una pequeña parte del contenido pudo ser puesto a salvo, pero poco importó. Lo que unos fundamentalistas iniciaron, otros se encargaron de terminar. Los árabes redujeron a cenizas siglos después cualquier volumen que hubiera podido escapar a Teófilo)


No hay documento alguno que nos hable de la reacción de Hipatia ante este hecho. Pero no cuesta mucho imaginar lo que significó para ella. Hipatia, literalmente, había crecido entre aquellos muros, rodeada de pergaminos. Ella, más que nadie, era consciente de todo el saber acumulado en las innumerables estanterías. Y, sobretodo, sabía que de la mayoría de los textos más importantes no se conservaban otras copias. Obras de teatro de los clásicos griegos, tratados filosóficos, estudios sobre astronomía o matemáticas... Había libros de Euclides, Aristarco de Samos, Sófocles (¡mas de 100 obras de Sófocles destruidas!), Esquilo, Eurípides... Todo se perdió para siempre.


He dicho que iba a hablar de dos personas que nacieron el mismo año y hasta ahora solo lo he hecho de Hipatia. En el 370 también nació Cirilo y, como Hipatia, también tenía un familiar ilustre: su tío. Pero Cirilo no significa el más grande. De hecho, este Cirilo es otro de esos hombres pequeños. Bien podría haberse llamado el más pequeño. Su tío no era otro que Teófilo, el que se encargó de destruir siglos de nuestro pasado cultural en una tarde.


El comportamiento estúpido y el odio al conocimiento debían ser algún tipo de tradición familiar ya que Cirilo pronto hizo méritos para ponerse a la altura de su tío. Mientras Hipatia se empapaba del saber humano en la Biblioteca, Cirilo prefería otras formas de cultivarse. Se retiró a un monasterio en el desierto para meditar y dedicarse a la vida contemplativa en compañía de unos monjes. (Nota: Meditación y vida contemplativa es el termino religioso para lo que en lenguaje laico se denomina tocarse los huevos o no dar palo al agua) Aunque sería injusto afirmar que Cirilo descuidó su formación. También dedicó parte de su tiempo al estudio de los libros. Bueno, realmente prefirió especializarse al máximo y se concentró en el estudio de un solo libro.


Mientras Hipatia escribía sus comentarios a la Aritmética de Diofanto o elaboraba su Canon astronómico, Cirilo no permanecía ocioso. Escribió sesudos tratados sobre la divinidad o no divinidad de Cristo, estudió durante años los entresijos de la Trinidad y fue una auténtica autoridad en el tema de la virginidad de la Virgen, valga la blasfema redundancia. Cuestiones, todas estas, de vital importancia para el avance humano y que, sin duda, mantenían en vilo a todo el mundo.


Hipatia se ganó todo lo que tenía. Tanto su intelecto como su humanidad atraían a gente de todos los lugares. Su Academia era la más respetada y sus alumnos los mejor formados. Cirilo también se ganó el puesto de Patriarca de Alejandría pero lo hizo de una forma digna de Tony Soprano. En el Concilio de Éfeso se quitó de encima a su rival, Nestorio, abriendo la sesión antes de que los obispos rivales se presentasen por lo que tan solo participaron los de su bando.


Como Hipatia, Cirilo también iba siempre rodeado de gente. En concreto de 500 monjes que se había traído del desierto y que, más que por su piedad, destacaban por sus habilidades en el combate. Era una especie de guardia personal de élite. Uno de los capitanes de este grupo era Pedro el lector (lector de un sólo libro, no podía ser de otro modo) Los 500 de Cirilo pronto empezaron a limpiar la ciudad de todo lo que oliera a pagano o judío. La mayoría de no cristianos acabaron abandonando la ciudad o convirtiéndose ya que no hacerlo suponía arriesgarse a pedradas, linchamientos, destrucción de negocios o, simplemente, desaparecer en plena noche. Hipatia, ignorando el consejo de sus amigos, nunca abrazó el cristianismo.


El prefecto imperial solicitó a Roma que Cirilo fuera desterrado por sus crímenes pero sus quejas fueron ignoradas. De hecho, lo único que consiguió fue que la espiral de violencia aumentara. Uno de los monjes de Cirilo descalabró al prefecto de una pedrada y éste lo mandó ejecutar. En respuesta, Cirilo otorgó honores de mártir al monje ejecutado y le dio sepultura en una iglesia. Era toda una declaración de guerra.

Cirilo había dejado bien claro quien mandaba y cuales eran sus métodos pero nadie esperaba el siguiente golpe. Un día, en el año 415, un grupo de monjes de Cirilo al mando de Pedro el lector asaltó el carro de Hipatia y la sacaron a rastras. La desnudaron y, tras atarla a la parte trasera del carro, la arrastraron hasta la catedral. Allí le arrancaron la piel usando conchas y la dejaron morir desangrada sobre el suelo del templo. Una vez muerta quemaron su cadáver y diseminaron sus restos.


Hipatia y su historia fueron olvidados casi por completo. Durante mas de mil años apenas es nombrada en un par de volúmenes. Hasta que su figura no fue rescatada y revindicada durante la Ilustración Hipatia no fue más que una nota a pie de página.


Cirilo fue santificado. Actualmente se le considera doctor de la Iglesia y es venerado tanto por católicos como por ortodoxos y anglicanos. Todas sus obras son consideradas de suma importancia. Por si a alguien le interesa, su fiesta es el 27 de junio.



Más:

CASADO, MARÍA JOSÉ; Las damas del laboratorio

SAGAN, CARL; Cosmos

http://en.wikipedia.org/wiki/Cyril_of_Alexandria

http://www.bib.uc3m.es/~nogales/csagan.html#bale

http://www.luventicus.org/articulos/02Tr001/index.html

http://homepage.mac.com/eeskenazi/hipatia.html

http://www.fuenterrebollo.com/Matematicos/hipatia.html



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jueves, 8 de mayo de 2008

La noche en que murió Tulsa

A comienzos del siglo XX, Tulsa era un pequeño pueblo de Oklahoma de poco más de 10.000 habitantes. Dos décadas después era una prospera ciudad en la que vivían 100.000 almas. Se había encontrado petroleo en Tulsa y eso bastó para convertirla en una de las ciudades con la renta per cápita más alta de los Estados Unidos. Las pequeñas casuchas se convirtieron en altos edificios comerciales y los coches a motor empezaron a llenar las calles. Fue tan impresionante y, sobretodo, tan rápido el enriquecimiento de los habitantes de Tulsa que sucedió algo inaudito: los negros también se hicieron ricos. Uno de los barrios más importante de la ciudad se llamaba Greenwood; pero, debido a que en él vivían unos 15.000 negros, todos ellos prósperos comerciantes, la zona era conocida como el Wall Street Negro.

Pocos países se han autoproclamado defensores de la libertad, la igualdad y la democracia con mayor frecuencia que los Estados Unidos. Pero mientras los americanos exportaban al mundo entero sus curiosas ideas sobre los significados de estas palabras, en casa las cosas eran bastante dificiles para mucha gente. Sobre todo si esa gente tenía la piel de distinto color. Que existiera un pequeño grupo de negros ricos en Tulsa no significaba que la ciudad fuera más abierta o tolerante que el resto del país. Lo que sucedió es que la explosión de riqueza fue tal que incluso salpicó a algunos afortunados negros. Pero no fue gracias a los blancos sino a pesar de ellos.


Los habitantes blancos de Tulsa seguían despreciando a aquellos que tenían un color de piel diferente. Los negros ricos eran acusados de poseer unos bienes que no merecían y que deberían estar en manos blancas. Cuando se paseaban en sus coches lujosos por Greenwood eran considerados unos engreídos que restregaban su éxito por la cara a los blancos tan solo para provocar. El odio crecía día a día y los crímenes raciales eran habituales y consentidos. Entre 1907 y 1920 más de veinte negros fueron cazados y linchados por turbas enfurecidas.


Un día, en 1921, un muchacho negro de tan solo 19 años pisó sin querer el pie a una chica blanca. Y el odio estalló.



La chica del ascensor


Sarah Page era una chica de diecisiete años que trabajaba como ascensorista en el edificio Drexel de Tulsa. Sarah Page era blanca. Dick Rowland, de diecinueve años, se ganaba la vida lustrando zapatos en la misma calle y aquella mañana, 30 de mayo de 1921, tenía un problema. Mejor dicho, tenía dos problemas: Dick Rowland era negro y se estaba meando. Los únicos baños para negros en manzanas a la redonda se encontraban en la última planta del edificio Drexler.


Que un negro usara los mismos servicios que un blanco era algo impensable. De igual modo que hacían distintas colas y usaban diferente transporte público, los negros de Tulsa, como los negros de la mayor parte de los Estados Unidos, usaban servicios especiales. Mientras que cualquier blanco de la zona podía entrar en la cafetería más cercana, o en cualquier otro comercio, para los negros la única posibilidad era el baño de la última planta del edificio más alto.


Rowland entró en el ascensor del edificio Drexler con intención de llegar hasta el último piso. Segundos después, según varios testigos, se escucharon unos gritos femeninos y Rowland salió corriendo del edificio. En el ascensor encontraron a Sarah Page llorando y gritando de forma histérica. Cuando le preguntaron que había sucedido, Sarah no dudó ni un instante. ¡Me ha asaltado un negro!, gritaba. Inmediatamente comenzó la caza del hombre.


Sarah Page fue conducida a la comisaria e interrogada por la policía de Tulsa. Cambió su versión varias veces, ofreciendo versiones cada vez más alejadas del asalto que había descrito al comienzo. Admitió que Rowland tan solo se había tropezado al entrar al ascensor y la sujetó del brazo para evitar caerse aunque, posteriormente, volvió a cambiar su versión de lo sucedido contando que Rowland le había pisado un dedo del pie en el que tenía un uñero y que ese era el motivo de los gritos. Puede que los policías no supieran exactamente cual era la versión verdadera pero lo que si tenían claro era que no había existido ningún asalto. No se admitió ninguna denuncia contra Rowland pero se ordenó a todos los agentes que se centraran en la búsqueda del sospechoso. El objetivo no era encarcelarlo sino protegerlo.

La prensa sensacionalista tardó poco en hincarle el diente al caso Rowland y el Tulsa Tribune del día siguiente, en una edición especial, incluía un editorial que llevaba por nombre Linchemos un negro esta noche, mientras que en primera plana destacaba el titular ¡¡Negro ataca chica blanca en un ascensor!!



Holocausto en Oklahoma

A Rowland lo detuvo la policía el día 31 en una calle de Greenwood. Tuvo suerte, los agentes no eran los únicos que buscaban al chico. Lo encerraron en la última planta del la Corte de Justicia de Tulsa y el jefe de policía ordenó a sus hombres montar guardia alrededor del edificio. En cuanto corrió la voz de que habían detenido al peligroso negro violador una multitud de blancos se comenzó a formar frente a la Corte de Justicia. Varios de ellos estaban armados y no escaseaban las caperuzas blancas y las antorchas entre la multitud. No se puede decir que en Tulsa no tuvieran experiencia en linchamientos, el asesinato de seres humanos a manos de una turba enfurecida era casi una tradición en Norteamérica. Sin ir más lejos, el año anterior un joven judío había sido sacado a rastras del mismo edificio en el que ahora estaba Rowland por una turba que lo mató en plena calle.

A medida que iba pasando el tiempo más blancos iban uniéndose a la masa. Algunos negros armados, unos veinticinco, acudieron para apoyar a los hombres del sheriff, situándose frente a los blancos. La tensión aumentaba cada minuto que pasaba, por más que jueces y predicadores acudieran al lugar a intentar calmar los ánimos. A las once de la noche, sin que se sepa aun de que lado llegó el primer disparo, comenzó la masacre. A esas alturas de la noche la turba estaba compuesta por más de dos mil personas que cargaron a tiros contra el edificio. Los negros huyeron hacia Greenwood mientras que la policía se encerró en la Corte de Justicia intentando impedir el acceso a los asaltantes. La muchedumbre enfurecida optó por dejar de lado a Rowland y perseguir a los negros hasta su barrio.


En Greenwood los rumores de lo que se avecinaba llegaron antes que la turba misma por lo que algunos tuvieron tiempo de armarse para defender sus casas mientras que otros prefirieron abandonar la ciudad a toda prisa. Los atacantes comenzaron a disparar apenas llegaron al barrio negro, aniquilando por igual a aquellos que se les enfrentaban y a los que huían.




A lo largo de aquella noche la Corte de Justicia fue asaltada en varias ocasiones por pequeños grupos pero el grueso de la turba se centró en destruir por completo el Wall Street Negro y a sus habitantes. Los incendios comenzaron alrededor de la una de la mañana y pronto se extendieron por toda la zona. Los negros eran sacados de sus casas y apaleados o tiroteados en mitad de la calle. A los que se negaban a salir, simplemente, los quemaban vivos en sus viviendas. Las jóvenes negras eran violadas en las calles de Greenwood por grupos de blancos.


Geoffrey Regan hace una escalofriante descripción de los sucesos de aquella noche:


La ley y el orden quedaron hechos pedazos, sin valor ninguno: 35 edificios de Greenwood fueron reducidos a cenizas y saqueados. Vehículos de todo tipo, conducidos por blancos, rugían por las calles arrastrando cadáveres de negros atados a los parachoques traseros. Un negro anciano y tullido fue arrastrado vivo detrás de un coche.


Conforme las hordas blancas pasaban por las zonas negras, las mujeres blancas les seguían con bolsas que llenaban con las joyas, la plata y las cortinas saqueadas de las propiedades negras. El mobiliario pesado y muchos pianos fueron destrozados, mientras que los coches se despiezaban o se les robaban los neumáticos. A la mañana siguiente casi todo Greenwood estaba en ruinas, con 1.115 casas quemadas y arrasadas, cinco hoteles, 31 restaurantes, un colegio, un hospital, una biblioteca y doce iglesias.

[...]

Un hombre del KKK fue entrevistado en su vejez, y afirmó que volvería a hacerlo.


La violencia y el ensañamiento llegaron a tal punto que seis biplanos de la Primera Guerra Mundial que había en un aeródromo cercano fueron robados y usados para bombardear la zona. Desde el aire, tiroteaban a los negros y arrojaban bombas caseras de queroseno.


Cuando, a las nueve de la mañana del día siguiente, la Guardia Nacional llegó al lugar ya no quedaba nada de Greenwood ni de sus habitantes. Los negros que no habían huido estaban muertos o encerrados en campos de detención improvisados. En una sola noche, el único barrio negro próspero de los Estados Unidos quedó reducido a cenizas. Viviendas, fábricas y comercios desaparecieron y fueron saqueados. Las estimaciones más aceptadas actualmente estiman que unos 20 blancos y más de 300 negros murieron aquella noche. Además del cerca de un millar de heridos de gravedad, casi todos ellos negros.

El genocidio de Tulsa se mantuvo oculto y se eliminó cualquier mención al mismo de los libros de historia estadounidenses. Hasta la década de los 80 el incidente no fue admitido de forma oficial. No se investigó lo sucedido hasta 1997. En 2003 se inició una causa contra el estado de Oklahoma en la que se exigía una compensación para la comunidad negra de Tulsa en forma de ayudas e infraestructuras para Greenwood. La causa fue desestimada.


Nadie fue detenido por lo sucedido en Tulsa aquella noche y, pese a las numerosas peticiones, nunca se ha autorizado la busqueda de las fosas comunes donde fueron arrojados los cientos de cadáveres.

http://en.wikipedia.org/wiki/Tulsa_Race_Riot

REGAN, GEOFFREY, Guerras, políticos y mentiras, 2004

http://www.thenation.com/doc/20010820/1921tulsa

http://www.cnn.com/US/9806/02/briefs/forefathers.sins/index.html

http://www.cnn.com/US/9908/03/tulsa.riots.probe/index.html

http://www.ok-history.mus.ok.us/trrc/freport.pdf


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