Mostrando entradas con la etiqueta Falsificaciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Falsificaciones. Mostrar todas las entradas

miércoles, 26 de marzo de 2008

La trama Hofmann


El 15 de octubre de 1985, a las siete de la mañana, Steve Christensen, coleccionista de documentos antiguos, volaba por los aires al abrir un paquete con una bomba casera que acababa de llegar a su oficina, en Salt Lake City. Un par de horas después, Kathy Sheets, esposa del socio de Christensen, recibió un paquete bomba similar en su casa. También murió a causa de la explosión.


La empresa de Christensen y Sheets estaba en bancarrota y la policía manejó la hipótesis de que los asesinatos fueran obra de algún deudor vengativo. Pero al día siguiente, también en Salt Lake City, una tercera bomba estuvo a punto de acabar con la vida de Mark William Hofmann cuando arrancaba su coche. Hofmann, que acabó malherido, no era socio de Christensen y Sheets pero sí habían tenido una relación previa. Hofmann era un importante especialista en libros y documentos antiguos impresos en Norteamérica, y había vendido varios papeles de extraordinario valor a la Iglesia Mormona. La empresa financiera que dirigían Christensen y Sheets, CFS, había aconsejado a los lideres mormones la compra de los documentos descubiertos por Hofmann.


Sin embargo, Hofmann era conocido por asuntos mucho más importantes. Era el descubridor del documento, impreso por los colonos norteamericanos, más antiguo conocido: The Oath of a Freeman, un juramento de los primeros ciudadanos de Massachussets. Hasta entonces, el documento más antiguo que se conservaba impreso en las colonias norteamericanas era el Bay Psalm Book, que data de 1640. Se tenía constancia de que The Oath of a Freeman había existido y que se habían hecho cincuenta copias del documento en 1639; incluso se conocía su contenido, pero se creía que todas las copias se habían perdido. El laboratorio de la Universidad de California realizó las pruebas de datación por radiocarbono a la tinta del juramento y estableció una antigüedad aproximada similar a la del Bay Psalm Book. El papel también era el correcto por lo que todo parecía indicar que el documento era auténtico y había salido de la misma imprenta que el Bay Psalm Book, pero un año antes, en 1639. La Biblioteca del Congreso compró el documento a Hofmann por un millón de dolares.

Hofmann también era famoso por haber sacado a la luz, un par de años antes, la Carta Salamandra, un importante documento que atacaba directamente al fundador de la Iglesia Mormona acusándolo de ser practicante de magias oscuras. La Carta Salamandra tenía especial valor ya que databa de la época en que fue fundada la Iglesia y supuestamente estaba escrita por un mormón arrepentido.


¿Qué había detrás de todo esto? Dos ejecutivos, coleccionistas de libros antiguos, reciben un paquete bomba cada uno, aunque es la mujer de uno de ellos la victima de la segunda bomba. Al día siguiente otra bomba está a punto de acabar con un importante especialista en textos antiguos norteamericanos que recientemente había hecho un descubrimiento enormemente importante -The Oath of a Freeman- y que, además, estaba enemistado con la Iglesia Mormona. Iglesia con a la que él mismo había vendido anteriormente documentos por valor de decenas de miles de dolares en operaciones llevadas a cabo por los dos ejecutivos que habían recibido las bombas.


Extraños documentos centenarios, asesinatos, mormones, libros perdidos... La historia tiene los ingredientes adecuados para acabar hablando de conspiraciones, tramas ocultas y misteriosas, o conocimientos secretos que deben permanecer alejados de los ojos de los mortales. La cosas, en realidad, fueron muchísimo más mundanas.


Primeros pasos en el difícil arte del engaño


Hofmann nació en Salt Lake City en 1954. Su familia, mormona por supuesto, era extremadamente religiosa y Hofmann fue enviado de misionero a Bristol cuando tenía diecinueve años. En Inglaterra se aficionó a los libros antiguos, sobretodo aquellos que trataban sobre la religión mormona. Los compraba en los numerosos mercadillos de objetos antiguos que existían en Bristol, así como en librerías de viejo. Pronto acumuló una importante colección.


Poco después de regresar a Estados Unidos, Hofmann mostró a un amigo un valioso ejemplar de la Biblia del Rey Jaime. En su interior había un sobre que que parecía muy antiguo y que Hofmann decía haber encontrado allí. Lo abrió frente a su amigo y descubrió en su interior una carta de Martin Harris fechada en 1828. La carta tenía enorme importancia para los practicantes de la fe mormona ya que Harris fue el primer discípulo de Joseph Smith, el fundador de la Iglesia Mormona. Además, si la fecha era correcta, la carta fue escrita dos años antes de la publicación del Libro del Mormón, de Smith, en 1830. Los mormones examinaron el documento y declararon que era auténtico; se lo compraron a Hofmann por 20.000 dólares y un ejemplar de la primera edición del Libro del Mormón. Está fue la primera de las numerosas falsificaciones que Hofmann vendió a la Iglesia Mormona. Eran imperfectas comparadas con sus trabajos posteriores pero los mormones pagaban miles de dólares por ellas y Hofmann pudo abrir un negocio de libros antiguos. Con el tiempo perfeccionó sus falsificaciones con lo que pudo vender documentos a mayor diversidad de compradores, no solo a la Iglesia Mormona.


En 1985 Hofmann aseguró a un conocido que había descubierto el documento más importante de la historia de los Estados Unidos.



La falsificación perfecta


Una vez decidido el documento a falsificar, Oath of a Freeman (Juramento de un hombre libre1), lo que más preocupaba a Hofmann era cubrirse las espaldas sobre su procedencia. Para ello usó un trozo de papel envejecido en el que imprimió un viejo poema. Encabezó el texto con el título The Oath of a Freeman y le puso una etiqueta de precio por 25 dólares, luego lo dejó en el cajón de las gangas de los almacenes Argosy Company. Dos días después volvió, cogió el papel así como otros cuatro documentos baratos del cajón y pidió a la cajera que le hiciera una factura detallada por la compra de los cinco artículos. En cuanto salió de la tienda se aseguró de destruir el papel con el poema sin valor. Ya tenía lo que quería: una factura probando que había encontrado The Oath of a Freeman en aquellos almacenes, entre papeles viejos, y había pagado por él.


Ahora venía la parte difícil. Falsificar el juramento. Primero se hizo con un facsímil del Bay Psalm Book, impreso en la misma imprenta en la que se habían hecho las cincuenta copias del juramento y lo fotocopió. Recortó todas las letras y las pegó en otro folio conformando el texto de The Oath of a Freeman y rodeándolas de una cenefa de flores. Volvió a fotocopiarlo todo y acudió a un grabador para que le fabricara una plancha de zinc con todas las letras y motivos para imprimir. Luego limó y desgastó los bordes de las letras metálicas de la plancha para simular el uso prolongado que probablemente presentaban los tipos originales.


Para hacer la tinta recurrió a una mezcla de linaza similar a las usadas en las primeras imprentas. Después redujo a minúsculos fragmentos parte del cuero que encuadernaba un libro del siglo XVII y mezcló los trocitos con la tinta. Este simple truco sirvió para que las pruebas realizadas por los laboratorios de la Universidad de California establecieran que la tinta tenía la antigüedad correcta. También le añadió goma arábiga para que se agrietara como en los textos antiguos. Por último, una pizca de sosa caustica le dio el tono marronaceo adecuado.


Ya tenía la tinta y la plancha de zinc que simularía una imprenta del siglo XVII. Solo faltaba el papel. Hofmann dejó que la hoja se enmoheciera antes de imprimirlo. Después, ya con el texto, la introdujo en una cámara de ozono para oxidarla y atenuar la tinta.

Hofmann engañó a todos los expertos que se lanzaron a examinar el documento y consiguió venderlo a la Biblioteca del Congreso por un millón de dólares.


Cortina de humo

A pesar de que la falsificación del Hofmann había superado todos los análisis y pruebas que habían realizado los expertos, las sospechas sobre el mormón estafador llegaron del lugar más inesperado. Theodore Cannon, abogado del condado, tenía diecisiete años de experiencia como técnico de prensas de copiado. En cuanto vio el “Juramento...” se dio cuenta de que había algo que olía mal en aquel documento y levantó la voz de alarma.


Hofmann, ahogado por las deudas, veía como los compradores de sus últimas ventas, incluyendo Oath of a Freeman, se negaban a pagarle hasta que el asunto se esclareciera. En ese momento, Hofmann, que hasta entonces se había comportado de forma sumamente inteligente, tomó su decisión más estúpida: crear una cortina de humo con unas serie de atentados al mismo tiempo que quitaba de en medio a posibles testigos en su contra. Él mismo fabricó las bombas con las que pensaba llevar a cabo su plan. Eliminó a Christensen y, por error, asesino también a la mujer de Sheets con una bomba destinada a su marido. La tercera bomba sigue planteando problemas hoy en día ya que Hofmann, que actualmente cumple cadena perpetua, siempre se ha negado a decir nada sobre ese tema pese a que confesó voluntariamente los otros asesinatos y las falsificaciones. Pudiera ser que estuviera destinada a Brent Ashworth, otro coleccionista de textos antiguos que había hecho negocios con Hofmann. Otra hipótesis es que la tercera explosión fuera un intento de suicidio. Pero la teoría más probable, tanto para la policía como para los medios, es que Hofmann intentara usar esa bomba para simular un intento de asesinato en el que él era la víctima. La coartada podría haberle costado la vida y, de hecho, le causó gravísimas heridas. Puede que la vergüenza que conllevaría confesar una idea tan estúpida haya mantenido cerrada la boca de Hofmann durante años.

Días después de los asesinatos, cuando la policía ya tenía claro quien era el culpable, Theodore Cannon, el abogado impresor, descubrió finalmente el error de Hofmann. Tal como había sospechado, la clave estaba en las distancias entre las líneas. En una imprenta, los tipos móviles se enganchan en unos soportes para formar la plancha final. Estos soportes hacen que la distancia entre cada línea tenga que ser igual o mayor a la altura del mayor carácter usado. Así mismo, los motivos decorativos como el usado por Hofmann tambíen debían estar a una distancia mínima del texto debido a los soportes adicionales que había que añadir a la plancha. Midiendo las distancias que había usado Hofmann, Cannon dedujo fácilmente que aquel texto no había salido de ninguna imprenta. Al poco tiempo, Hofmann confesó los asesinatos así como las falsificaciones vendidas a los mormones y el fraude de Oath of a Freeman. Fue condenado a pena de muerte pero finalmente fue conmutada por cadena perpetua. Hasta hoy, Hofmann ha intentado suicidarse tres veces en la carcel.

EPÍLOGO

Hofmann no admitió haber realizado más falsificaciones que las antes citadas a pesar de que sí que llevó a cabo bastantes más. En 1997 la casa de subastas Sotheby´s vendió a la Biblioteca Jones un poema original manuscrito de Emily Dickinson. Tiempo después se descubrió que era una falsificación de Hofmann. Nadie sabe cuantos "antiguos documentos" creados por Hofmann siguen en circulación.



Más

BRIAN INNES, Fakes & Forgeries, 2006

http://www.media.utah.edu/UHE/h/HOFMAN,MARK.html
http://findarticles.com/p/articles/mi_m1511/is_v7/ai_4081543
http://www.utlm.org/onlinebooks/trackingcontents.htm



1La traducción de freeman por hombre libre es bastante discutible pero desconozco un término en castellano para esta palabra. Un freeman era un ciudadano libre de deudas y obligaciones legales. El texto lo tenían que jurar los primeros colonos de Massachussets.





Leer atículo completo

lunes, 11 de febrero de 2008

El niño medieval

Fray Thomas Rowley fue un monje poeta del siglo XV en Bristol. La ciudad, durante los años en que sir William Canynge fue alcalde y mecenas de multitud de artistas, fue un importante centro cultural donde florecían las letras y las artes. Allí, Rowley escribió un gran número de obras de diversa importancia, la mayoría de las cuales fueron encontradas en la iglesia de St. Mary Redcliffe durante el siglo XVIII. Diálogo de Elionora y Juga, un misterio medieval, fue la primera en salir a la luz pero fray Thomas fue un escritor prolífico; se han encontrado poemas románticos, églogas, operetas, poesía épica y religiosa. Según el escritor Dennis Mercury “Entre las más destacadas figuran, a juicio de los críticos actuales, Balada de Caridad, escrita en un perfecto lenguaje arcaico; las Canciones de Aella, de una belleza que supera las otras producciones de esa clase;la Oda a la Libertad, vibrante expresión de poesía épica; y la Tragedia de Goddwyn, de la que sólo se conserva un fragmento


A pesar de algunas obras notables, Rowley no habría dejado de ser un secundario en las páginas de las historias de poesía medieval si no fuera por su característica más notable. Y es que fray Thomas Rowley nunca existió.



Bristol 1752-1770

Durante varias generaciones, los Chatterton se habían encargado de la sacristía de la iglesia de St. Mary Radcliffe. En 1752, estando su mujer embarazada de cinco meses, moría Thomas Chattertonn. Su hijo, llamado también Thomas, nació pues huérfano de padre y fue cuidado, en la iglesia gótica en la que vivía su familia, por su madre, por su hermana cuatro años mayor que él y por su tío, Richard Phillips, vicario de la iglesia.




Al los siete años, el pequeño Thomas fue enviado a la escuela de caridad de Colston´s Charity, una institución para niños de familias modestas. Sin embargo, poco tiempo después, el niño regresó a su casa. Según los profesores de Colston´s Charity era retrasado mental y no había posibilidad de meter conocimiento alguno en su cabeza.




El niño, analfabeto, se encontró de nuevo en el siniestro escenario en el que habían vivido siempre los Chatterton, la iglesia de St. Mary Redcliffe y el cementerio que la rodeaba. La iglesia medieval era un auténtico hogar para su familia; durante siglos habían sido sus guardianes y la consideraban casi como una herencia familiar. Thomas creció entre tumbas, catacumbas y gárgolas. Sus lugares de juego eran las estancias de la alta aguja de la iglesia, los sótanos y el cementerio.


El niño buscó en su casa la educación que le habían negado en la escuela. Aprendió a leer leyendo las inscripciones que había en las lápidas medievales y acompañando a su madre en sus lecturas de la biblia. A escribir aprendió con unos fragmentos que encontró en los sótanos y que resultaron pertenecer a una crónica perdida de la Guerra de las Dos Rosas. Chatterton copiaba una y otra vez las letras capitales y las miniaturas que las acompañaban aprendiendo la caligrafía de los copistas medievales mientras el resto de niños seguía con su educación típica en la escuela.

Nunca llegó a ser niño sano y a medida que crecía era más enfermizo y se distanciaba más de la realidad. El pequeño Thomas vivía en un mundo habitado por estatuas de obispos y santos y aprendía leyendo las crónicas de antiguas guerras. Se acondicionó el desván de la iglesia como si fuera la celda de un monje. Allí se encerraba con sus libros y pergaminos, con su tintero y con sus rollos de papel, durante horas y horas. No tenía ningún amigo y sus únicas actividades eran leer y escribir. Apenas dedicaba tiempo siquiera a comer o dormir.

No es extraño que el joven enfermara y fuera ingresado a los doce años en el Hospital de Colston aquejado de desnutrición física y desequilibrio mental. En aquel hospital nació fray Thomas Rowley: Chatterton le enseñó al conserje del hospital un manuscrito que, según él, su tío había encontrado en la iglesia de St. Mary. Era Diálogo de Eleonora y Juga, la primera obra de Rowley que veía la luz y que sería vendida a buen precio a un librero local.


Desde ese día y hasta la muerte de Thomas, no dejaron de aparecer obras del monje poeta de Bristol. A las ya citadas anteriormente hay que sumar numerosas otras no tan bien consideradas por la crítica. Sin embargo, el dinero que el joven se ganaba vendiendo los manuscritos medievales de Rowley era escaso y éste también escribía artículos para el Bristol Journal. Haciendo alarde de una dignidad caballeresca, propia de algún personaje de los escritos de Rowley, cuando el periódico le devolvió sin publicar su Balada de Caridad, Thomas cesó su colaboración.


Su salud y su estado mental empeoraban y en 1770, tras anunciar su intención de suicidarse, viajó a Londres, financiado por su familia, con la esperanza de que el cambio de aires supusiera una mejoría en la enrarecida vida de Thomas.


Londres 1770

No le fueron mal las cosas durante el comienzo de su estancia en la capital inglesa. Vendía obras de Rawley, así como de otros autores medievales, también inventados, colaboraba con algunos periódicos e incluso tuvo éxito, por primera vez, con una obra propia, La Venganza. Sin embargo, mandaba todo el dinero que ganaba a su familia en forma de regalos y el vivía en una buhardilla en Holborn, un suburbio londinense. Al igual que hacía en Bristol, Thomas apenas salía de casa y se pasaba horas y horas leyendo manuscritos medievales o escribiéndolos, casi sin probar bocado.

El 24 de agosto de ese mismo año, Thomas, que aun no había cumplido los dieciocho, compró un frasco de arsénico en la farmacia del señor Cross, en su misma calle. Regresó a su buhardilla, quemó todos sus escritos, escribió una breve nota y se tomó el frasco completo. Fue encontrado por la casera a la mañana siguiente junto a la nota en la que expresaba su deseo de ser enterrado en una cripta medieval.

Thomas Rowley y Thomas Cahetterton acababan de suicidarse.


Hasta 1871, cien años después, se siguió considerando a Rowley un personaje real y así es citado en multitud de libros. En ese año, W. W. Skeat, en La obra poética de Thomas Chatterton, esclareció el asunto definitivamente. Desde entonces, la obra de Rowley es publicada como salida de la pluma de Thomas Chatterton.

Leer atículo completo

miércoles, 9 de enero de 2008

El caso del Hombre del Amanecer

El escenario del crimen

A comienzos de siglo XX la paleontología inglesa era poco más que inexistente. En la práctica totalidad de la Europa continental los restos humanos de épocas prehistóricas eran abundantes, repartidos por multitud de yacimientos. Del mismo modo, África y Asia contaban con importantes descubrimientos para la historia de la evolución humana, siendo los continentes favoritos a la hora de elegir el origen primigenio del hombre. En las Islas Británicas, por el contrario, los yacimientos eran escasos y dudosos y, sin duda, irrelevantes comparados con sus vecinos continentales. Sin embargo, la historia de los orígenes del hombre dio un giro completamente inesperado en diciembre de 1912. Arthur Smith Woodward, encargado del departamento de geología del Museo Británico de Historia Natural, anunció a la Sociedad Geológica de Londres el descubrimiento del “eslabón perdido”, nuestro ancestro primero. Y no habían sido hallados sus restos en la lejana África sino en la campiña inglesa. En una gravera cercana a Piltdown, Sussex, habían sido desenterrados los huesos del Eoanthropus dawsoni, literalmente “el hombre del amanecer de Dawson”, nada menos que el eslabón perdido entre el hombre y el mono.

Esta es la historia de uno de los mayores fraudes de la historia de la ciencia, superando tanto en fama como en consecuencias y duración, a cualquier otro de los relatados en este blog: el fraude del hombre de Piltdown.




El cuerpo

Woodward había recibido, meses atrás, unos huesos que el abogado y coleccionista de antigüedades Charles Dawson había encontrado en una cantera donde algunos obreros extraían grava para hacer una carretera. Al parecer, según contaba Dawson, el primer hueso fue encontrado por un obrero en 1908. Posteriormente, en varias visitas se llegó a encontrar un cráneo y una mandíbula, así como útiles de piedra y huesos de animales que permitían fechar el descubrimiento nada menos que hace medio millón de años.

El cráneo del hombre de Piltdown era claramente humano, aunque algo más grueso que el del hombre moderno. La mandíbula, sin embargo pertenecía sin duda a un simio. El hallazgo resolvía de un plumazo un gran número de cuestiones para las que los paleontólogos buscaban respuesta desde hace tiempo. Establecía claramente una conexión directa entre el ser humano y sus parientes simiescos y situaba geográficamente el inicio de la humanidad en las Islas Británicas, nuestro ancestro no era un salvaje de la remota selva africana sino un gentleman inglés... Por si esto fuera poco, el hombre de Piltdown resolvía las dudas sobre cuales habría sido el primer “rasgo humano” en evolucionar, ¿el bipedismo?, ¿la gran capacidad craneal?, ¿nuestra mandíbula?... El cráneo encontrado por Dawson dejaba claro que la capacidad craneal humana habría sido un rasgo temprano, presente ya junto a una mandíbula simiesca. Ésta era, oportunamente, la tesis defendida por Woodward.


El jesuita francés Pierre Teilhard de Chardin, amigo de Dawson, acompañó a éste y a Woodward en futuras expediciones en busca de nuevos restos. Chardin encontró él mismo un canino de simio que sin embargo tenía un desgaste correspondiente a un ser humano. Esto confirmaba que la mandíbula y el cráneo pertenecían a un mismo individuo que poseía a la vez rasgos humanos y simiescos. Era un descubrimiento importante y, sobretodo, oportuno ya que a la mandíbula encontrada por Dawson le faltaban precisamente aquellas partes que habrían permitido unirla al cráneo...


El Eoanthropus dawsoni ocupó su lugar en los libros de paleontología como nuestro ancestro y se convirtió en la joya de la corona de los paleontólogos ingleses. En la prensa de la época se afirmaba que el hombre de Piltdown era un descubrimiento tan importante y necesario para comprender la historia humana que “si no existiera habría que inventarlo”...


Algunos científicos de primera línea como David Waterson, Gerrit Miller o Marcellin Boule se negaron a sumarse a la euforia general y afirmaban que los restos encontrados en la gravera no eran más que un cráneo humano y una mandíbula de orangután. Sin embargo, eran minoría, y el estatus del Eoanthropus dawsoni no fue puesto en duda de forma oficial ni siquiera cuando en el yacimiento se encontró un hueso de elefante tallado en forma de palo de cricket. Al parecer, más que cuestionar la veracidad de los restos esto fue usado como prueba de la antigüedad del noble deporte inglés...


La mayor parte de los involucrados en el asunto recibieron importantes recompensas por su labor científica. Woodward y Arthur Keith, autor de la reconstrucción del Eoantrhopus, fueron convertidos en barones. Dawson murió a causa de una septicemia en 1916; una estela conmemorativa fue levantada en Piltdown en su honor y convertida en monumento nacional en 1950.


La autopsia

También en 1950, pocos meses después de que fuera otorgado el grado de monumento a la estela de Dawson, Kenneth Oakley, un geólogo del Museo Británico, decidió volver a datar los restos utilizando un método ideado por el minerólogo Adolf Carnot y que él mismo se había encargado de perfeccionar. Los resultados fueron sorprendentes, el cráneo no solo no tenía quinientos mil años de antigüedad sino que difícilmente superaba los cincuenta mil.


Oakley publicó sus resultados pero apenas llamaron la atención. El geólogo sin embargo no podía olvidar las extrañas dataciones que había obtenido y sus implicaciones. ¿Qué hacia un cráneo humano de hace tan solo cincuenta mil años asociado a restos de animales del pleistoceno? Y, sobre todo, ¿por qué tenía ese cráneo una mandíbula de simio cuando en esas fechas debería tener una mandíbula claramente humana? Decidió resolver el problema y para ello solicitó ayuda a Joseph Weiner y al antropólogo Wilfred le Gros Clark. Juntos, solicitaron permiso para analizar todos los restos de Piltdown de forma exhaustiva. Publicaron sus resultados en 1953 con el título La solución al problema de Piltdown y cambiaron para siempre la paleontología conocida hasta el momento.

La mandíbula del Eoanthropus dawsoni no tenía más de mil años, pertenecía a una hembra de orangután y, por supuesto, no tenía absolutamente nada que ver con el cráneo. Los dientes no eran humanos y además estaban limados para simular el desgaste. Los restos de animales del pleistoceno encontrados en Piltdown pertenecían a yacimientos de Malta y Túnez y alguien los había llevado hasta Piltdown. Por último, los útiles de sílex eran típicos de Gafsa, también en Túnez.


Pero lo que más sorprendió a los tres científicos fue cómo una falsificación tan burda (recordemos el palo de cricket tallado en hueso) había engañado a los mejores paleontólogos de su época y continuaba haciéndolo cuarenta años después.


La noticia del fraude fue publicada en el Times el 21 de noviembre de 1953.



Los sospechosos






Charles Dawson

Indicios:

  1. Parece el candidato idóneo ya que fue él quien llevó los restos ante Woodward.

  1. Weiner, uno de los que desvelaron el fraude, lo acusa directamente.

  2. Existe una denuncia previa: un arqueólogo aficionado llamado Harry Morris poseía restos similares a los encontrados por Dawson, en uno de ellos había una nota adherida que ponía: “coloreado con productos químicos por C. Dawson con el fin de engañar”

  3. Tenía antecedentes como estafador: había plagiado un libro y, posteriormente, un artículo.

Móvil:

¿Fama?







Arthur Smith Woodward

Indicios:

No existen más allá de su papel presentando los hallazgos de Dawson.

Móvil:

Los restos de Piltdown confirmaban sus teorías científicas.







Teilhard de Chardin

Indicios:

  1. En entrevistas posteriores al descubrimiento del fraude entró en múltiples contradicciones e hizo afirmaciones dudosas.

  2. Negó haber tenido acceso a restos de animales como los que fueron dejados en Piltdown; sin embargo, sabemos que viajó frecuentemente a Túnez y a Malta.

Móvil:

Desconocido







Arthur Keith

Indicios:

  1. Tenía los conocimientos necesarios para falsificar el cráneo y la mandíbula.

  2. En su autobiografía comete algunas contradicciones. Afirma conocer detalles anteriores a la salida a la luz de los restos que probarían una relación anterior con Dawson.

Móvil:

¿Prestigio?







Arthur Conan Doyle

Indicios:

  1. Sí, el padre de Sherlock Holmes aparece de nuevo ligado a un fraude. Doyle era amigo de Dawson y vivía en la zona donde fueron encontrados los restos.

  2. También había estado en Malta y en Túnez, además sus viajes le habían llevado hasta Borneo donde le habría sido fácil conseguir la mandíbula de orangután.

  3. Era un gran aficionado al cricket

Móvil:

¿Diversión?




Hay muchos más sospechosos que incluyen hasta a los obreros que trabajaban en la gravera pero nadie sabe quien o quienes fueron los autores del fraude de Piltdown.

Leer atículo completo

sábado, 1 de diciembre de 2007

Rotuladores y Scotchbrite


En abril de 1990, Serafín Ruiz, un estudiante de Historia aficionado a la espeleología, se encontró en las inmediaciones del monte Gorbea, en Álava, con la entrada de una cueva que había permanecido oculta hasta entonces. Serafín se internó por el corredor y llegó hasta una cámara donde le esperaba una maravillosa sorpresa. Allí, a su alrededor, se desplegaba el más asombroso ejemplo de arte rupestre que uno pueda imaginar: un mamut, rinocerontes lanudos, símbolos, manos, cabras, bisontes, bóvidos... Los dibujos estaban conservados en perfecto estado y constituían un conjunto que estaba a la altura de Altamira o Lascaux. Fue llamada la Cueva de Zubialde, por el cercano rio.


Serafín presentó en noviembre de ese mismo año un estudio fotográfico de su hallazgo, compuesto de multitud de diapositivas, a las autoridades de Álava, que se frotaron las manos ante el impulso que un descubrimiento de semejante categoría otorgaría a su provincia y ante el beneficio electoral que podría suponer pues estaban a dos meses de las elecciones. El diputado el PNV Alberto Ansola dio una rueda de prensa conjunta con Serafín en la que calificó el descubrimiento de “santuario rupestre” y otorgó al descubridor una recompensa foral de 12,5 millones de pesetas. Los eminentes antropólogos vascos Jesús Altuna, Juan Apellániz e Ignacio Barandiarán realizaron un estudio en la cueva descubierta por Serafín y llegaron a la conclusión de que las pinturas eran auténticas y tenían 13.000 años de antigüedad. Barandiarán afirmo que las pinturas y las técnicas eran demasiado variadas como para ser una estafa. El diputado foral de Cultura declaró: “con la noticia de este descubrimiento el nombre de Álava dará la vuelta al mundo” Y así fue, las pinturas de Zubialde, como se conocieron, aparecieron en todos los medios nacionales y saltaron pronto a la prensa internacional. Sin duda, las pinturas eran impresionantes y conformaban un yacimiento de una importancia y calidad asombrosas...


¿O no?


Dos científicos ingleses, en su casa y tan solo mirando las fotos que publicaban los periódicos llegaron a conclusiones bien distintas a las de los tres antropólogos vascos, a los que les pareció poco serio el pronunciamiento de los ingleses en base a unas simples fotografías de prensa. ¿Qué argumentos esgrimían los ingleses para contradecir a los antropólogos vascos desde sus casas en Londrés simplemente observando unas fotografías?


El profesor Peter Ucko, arqueólogo de la Universidad de Southampton, y Jill Cook, del departamento de Prehistoria del Museo Británico, se basaban, por ejemplo, en que varios de los dibujos no se habían visto jamás en ningún otro periodo. Cook manifestó: “Este descubrimiento es sorprendente sobretodo por sus anomalías. Sería como encontrar pinturas análogas a las de la Capilla Sixtina en una pequeña iglesia de campo, y que estas pinturas se distinguieran de las de Miguel Ángel sólo por algunas características peculiares”


También había detalles por completo fuera de lugar como dibujos en perspectiva, algo completamente inaudito en la época. Y, lo más sospechoso, algunos de los animales representados en Zubialde hacía tiempo que se habían extinguido en la zona en la época en que se supone que se pintaron.


Como hemos dicho, los científicos españoles acusaron a los ingleses de actuar con frivolidad sacando sus conclusiones tan sólo de unas fotografías. Sin embargo, los argumentos de Ucko y Cook no necesitaban mucho más que eso. Si eran correctos no se necesitaba más que ver las fotos y aplicar el sentido común para descubrir las inconsistencias.


¿Quién tenía razón? ¿Los que habían inspeccionado la cueva in situ, realizando un estudio serio, y afirmaban que las pinturas eran autenticas o los que manifestaban, desde el sillón de su casa, que eran un fraude?


Diecisiete meses después y con mas de treinta millones de pesetas gastados en investigaciones y estudios, los científicos españoles llegaron a la misma conclusión, tal vez ayudados por la investigación de la Ertzaintza. La policía vasca estudió las fotografías de Serafín y descubrió que habían sido retocadas, pero no con ingeniosas técnicas digitales, si no con un simple rotulador. Por si esto fuera poco, en los análisis de las pinturas se descubrieron restos de estropajos, en concreto de Scotchbrite y Vileda. Parece poco probable la existencia de estas marcas hace 13.000 años.


En una sentencia de 1995 se condenó a Serafín a devolver los 12,5 millones del premio así como a hacerse cargo de los costes del juicio. La sentencia también manifestaba que la diputación se había “precipitado al conceder el premio”. Aun así el presidente de la Asociación Internacional de Arte Rupestre Jean Clottes, que había elevado a la categoría de monumento la cueva, dijo, tras conocer la sentencia, que “aunque sean falsas, son un monumento digno de ser conservado”. Quien no se consuela es porque no quiere...


EPÍLOGO

Una noticia aparecida en el Diario Vasco en 2005 puso de manifiesto que el buen Serafín no había descuidado sus artes. Según la juez instructora de Vitoria, el pintor rupestre, «defraudó un mínimo de 174.755, 57 euros a Basconia, la empresa en la que trabajó hasta 2005 como encargado de la mecanización de la contabilidad. La juez señala textualmente que Ruiz «distraía cheques» que clientes de Basconia remitían por correo en pago de sus deudas y los cobraba después «en cuentas abiertas a su nombre». Y, para evitar que le descubieran, agrega, «asentaba partidas inexistentes en los libros de contabilidad, simulando pagos a proveedores que no se correspondían con la realidad».





FUENTES

TROCCHIO, FEDERICO DI, Las mentiras de la ciencia, 1993, pp. 403-405

Hemerotecas: El País, El Mundo, ABC, El diario Vasco


Leer atículo completo