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miércoles, 8 de abril de 2009

¿Dónde están los monstruos?



Más allá hay monstruos escribía el cartógrafo medieval cuando llegaba a la parte del pergamino en la que sus conocimientos flaqueaban. Si nadie había vuelto tras intentar cruzar este mar o aquel desierto por algo sería, pensaría el maese. Allí había monstruos, sin duda. Lo cierto es que el cartógrafo jamás había visto un monstruo ni había conocido a nadie que lo hubiera visto. A pesar de ilustrar con sierpes y dragones los mares más inhóspitos, nunca se había encontrado con estos seres. De barcos hundidos por tormentas y de caravanas devoradas por la arena sí que tenía constancia, pero optaba por los monstruos cuando tenía que representar en sus portulanos un lugar del que nadie, que él supiera, había regresado. Esta muestra de irracionalidad, podrán pensar algunos, se debe sin duda a la época en la que le tocó vivir. Si el cartógrafo era un palurdo supersticioso es porque el medievo fue un tiempo de palurdos supersticiosos. Nada que ver con nosotros, “los de ahora”, mucho más sabios y racionales...

Lo cierto es que el cuento de los mapas medievales poblados de monstruos no es más que eso, un cuento. Al igual que la idea de contemplarnos a nosotros mismos como unos seres completamente distintos a los que vivieron nuestro pasado, cuando no eran más que nosotros ayer.

Los dibujos de monstruos en mapas antiguos no son un mito, pero sí algo anecdótico. De los cientos de mapas y portulanos que se conservan, los que tienen figuras fantásticas se pueden contar con los dedos (aquí hay una lista de mapas con seres mitológicos). En cuanto a la frase “Más allá hay monstruos”, que todo el mundo parece identificar con los mapas medievales, no es más que un invento moderno. No se conoce el origen del mito pero lo que es seguro es que esa frase no aparece en ningún mapa antiguo. Lo más parecido que podemos encontrar es un texto, escrito en la costa este de Asia, en el Globo Lenox, el segundo orbe terrestre más antiguo que se conoce, que reza: “HC SVNT DRACONES” (Aquí hay dragones, en latín) Eso es todo. La práctica totalidad de portulanos medievales se ceñían a las necesidades de comerciantes y navegantes; y éstos no querían monstruos sino distancias, ciudades, puertos, rutas y accidentes geográficos. Para la mayor parte de la gente, los monstruos eran parte del folklore, como ahora. Lo que preocupaba al pastor o al campesino era el tiempo, las plagas o el precio del grano. Como mucho los lobos. Pero, desde luego, no los dragones. Del mismo modo que hoy, por más que uno quiera creer, se preocupará por los grizzlies y no por los big-foots cuando se adentré en los bosques de Norteamérica. Y, si viaja en barco, aun siendo un amante del misterio, nuestro hombre de hoy estará atento al parte meteorológico, pendiente de las tormentas y no de los krakens. Si no es así, estaríamos hablando de lo que se suele llamar un imbécil clásico y de esos también había en la Edad Media. De hecho, son intemporales.


La difusión de los cuentos sobre monstruos, o sobre otras cosas fantásticas, tenía su nicho de mercado en el medievo. Solo que, al no haberse inventado todavía las revistas baratas ni los programadores de televisión, se difundía en forma de libros. De este subgénero poblado de dragones y unicornios, tenemos en España uno de los mejores ejemplos: el Jardín de las Flores Curiosas, de Torquemada. Antonio de Torquemada (no confundir con Tomás, el cabroncete, con el que no tenía ninguna relación) fue un autor de bestsellers del siglo XVI especializado en novelas de caballería. No podemos considerarlo un escritor medieval propiamente dicho pero, como en España llegamos tarde y mal a todo y el Renacimiento no fue una excepción, para el caso nos vale. Torquemada escribió su Jardín en forma de diálogo entre tres amigos y dividido en tratados. En cada uno de estos tratados, los amigos discuten sobre un tema misterioso. Un capítulo trata de lugares míticos, otro de monstruos, otro habla de poderes sobrehumanos y así hasta seis tratados sobre temas más o menos extraños.


Cervantes, en el Quijote, puso en boca del Cura una mordaz crítica al Olivante, otro libro de Torquemada, y de paso al Jardín de las Flores Curiosas:


“El autor de este libro -dijo el Cura- fue el mismo que compuso a Jardín de Flores; y en verdad que no sepa determinar cuál de los dos libros es más verdadero, o, por mejor decir, menos mentiroso; sólo sé que éste irá al corral por disparatado y arrogante”


Hay que decir que el mundillo del misterio no ha evolucionado mucho: los argumentos que usaban los protagonistas del Jardín... para defender la existencia de los monstruos son exactamente los mismos a los usados hoy en día:


“Yo no sé qué juzgar, porque tantos autores lo escriben y hacen mención de tantas monstruosidades, siendo tan graves y de tanta autoridad, que nos obligan a creer que los hay; y por otra parte, apenas se verá ahora ni se oirá de ninguno que haya en el mundo, ni que diga que lo ha visto, aunque nunca tanta parte de tierra se ha descubierto en el mundo, y no vemos que ni en la India Mayor, que los de la nación portuguesa han conquistado, ni en las indias occidentales se hayan hallado monstruos ningunos; pero en fin se entiende que es verdad lo que está escrito; y así, dicen que se han recogido a las montañas y partes que no son habitadas de gentes.”


A Torquemada ya le olía mal que los europeos no dejaran de llegar a tierras desconocidas y los dichosos monstruos no apareciesen por ningún lado. En la actualidad, a los monstruos la casa se les ha quedado mucho mas pequeña. Las montañas a las que se recogieron en el siglo XVI ahora tienen estaciones de esquí con tienda de regalos y las partes que no son habitadas de gentes seguro que son cruzadas por varios rallyes al año. Y los monstruos siguen sin aparecer. Google Earth no deja ni un pequeño espacio en blanco en el que escribir: Más allá hay monstruos, y en ninguna de sus fotos aparecen dragones.


Pero nada de esto importa. Hoy, como en la Edad Media, como siempre, sigue habiendo gente que, pasada la niñez, sigue creyendo en monstruos. Se llaman a si mismos criptozoólogos y a los monstruos los denominan críptidos; porque una cosa es creer en los monstruos y otra no sentir vergüenza al admitirlo. Usando estos términos la cosa queda entre académica y misteriosa, y los criptozoólogos pueden hablar en público de sus cosas de monstruos sin ruborizarse.


A los distintos tipos de monstruos también les han cambiado el nombre; se conoce que no quedaba serio ser investigador, con chaleco con bolsillos y todo, y que tu objeto de estudio sean los protagonistas de los libros de cuentos que leen tus hijos. Los dragones ahora suelen llamarse plesiosaurios (porque, sin duda, un inmenso reptil extinto hace millones de años es mucho mas creíble), viven en los lagos en lugar de en cuevas y, al contrario que sus tocayos prehistóricos, no necesitan emerger a respirar y solo suben a la superficie cuando su instinto les dice que se aproxima un turista con una cámara desenfocada. Al ser pocos y estar todos fichados, cada dragón tiene nombre propio, como los de las sagas nórdicas. El más famoso de ellos se llama Nessie y vive en un frío lago escoces rodeado de castillos medievales, el ecosistema perfecto para que un dragón se críe de forma saludable.


Como uno no puede pasarse los años buscando monstruos sin presentar resultado alguno, los criptozoólogos hacen suyos los descubrimientos de nuevas especies por parte de los biólogos. Todos los manuales de criptozoología que he consultado comienzan con un listado de especies recientemente descubiertas, desde el celacanto hasta el okapi, incluyendo decenas de invertebrados y pequeñas aves, mamíferos o reptiles. Puesto que ninguna de esas especies ha sido descubierta por ningún criptozoólogo el argumento pierde un poco de fuerza: “Eh, si esos científicos de Oxford han descubierto quince especies de escarabajos peloteros, ¿por qué nadie cree en mi plesiosaurio de veinte metros?”

Pero el principal motivo por el que no hay que tomarse en serio este argumento es que ni los mismos criptozoólogos lo hacen. En realidad, los escarabajos peloteros, las ratas o los ciervos enanos que descubran los biólogos les importan un bledo a los criptozoólogos. Los meten en la introducción de sus libros para que parezcan serios, pero en el resto de capítulos no se vuelve a hablar de invertebrados ni de pequeños mamíferos por ningún lado. ¿A quien le importan los escarabajos teniendo monstruos? Perdón, críptidos. Se habla en esos libros de gigantes peludos de tres metros de altura que viven en el Himalaya, aunque no se sepa muy bien de que viven. También suele tener su capítulo especial el, atención, hombre-polilla, bicho que goza de especial fama por ser un dos por uno de lo paranormal, mitad críptido mitad extraterrestre. Y no puede faltar el chupacabras, monstruo sobre el que solo se sabe seguro el nombre. No he conseguido encontrar dos descripciones iguales de este ser, ni siquiera parecidas; desde un perro mutante hasta un vampiro del espacio, pasando por un canguro infernal (lo juro), el chupacabras puede tener cualquier aspecto. Aunque mi favorito es el hombre rana de Loveland, una criatura que vive en los lagos de Ohio y que es clavadito al triste hombre pez de “La mujer y el monstruo”


Así que, la próxima vez que pensemos en el medievo como ese oscuro periodo de la historia poblado de ignorantes supersticiosos que creían en los monstruos será mejor que nos paremos a pensar en el programa que echan por la noche en la tele, en los suplementos que regalan con los periódicos o en esos tipos serios que, con cuarenta años, todavía se dedican a perseguir monstruos y lo admiten sin rubor.


Puede que más allá haya monstruos, el problema es que cada vez hay menos más allá.


Angulo, Eduardo; Monstruos, 2007

Torquemada, Antonio; El jardín de las flores curiosas, 1570 (Descubrí este libro gracias a Exapamicron, un blog muy interesante repleto de rarezas y curiosidades. Os lo recomiendo.)

González/Heylen; Al límite criptozoología, 2002

González/Heylen/Sánchez; El gran libro de la criptozoología, 2008

Criptozoología


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domingo, 30 de noviembre de 2008

El mono número cien

Esta historia trata de monos. De monos y de conciencia colectiva pero, sobre todo, de monos. Comenzó hace medio siglo en una pequeña isla del sur de Japón. Allí, ante los ojos de un grupo de científicos, tuvo lugar un suceso extraordinario.

El macaco de cara roja, o mono de las nieves, es el único primate autóctono de Japón. Su frondoso pelaje le aísla del frío y le permite vivir en hábitats de montaña situados a gran altitud. Esto, unido a su afición a nadar por mar abierto, ha permitido al macaco japonés colonizar un gran número de islas del archipiélago y ocupar una variedad inusual de nichos ecológicos, desde la frondosa selva hasta las nevadas cimas de las montañas. Forman grupos de hasta medio millar de individuos y son conocidos, sobre todo, por su costumbre de darse relajantes baños en las fuentes de aguas termales. La imagen de un puñado de macacos metidos en una humeante charca en medio de la nieve es un clásico de los documentales de naturaleza.



Otra de las características a destacar de estos monos es su gran inteligencia. Están entre los primates más inteligentes. Este hecho es clave para entender la historia de los cien monos.

En la década de los cincuenta un equipo de científicos japoneses estudiaba una comunidad de macacos de cara roja en la isla de Koshima, en el sur del archipiélago japonés. Los investigadores, de vez en cuando, ofrecían fruta y otros alimentos a los monos. Un día, uno de los científicos dio una patata llena de tierra a uno de los macacos. No se sabe si por accidente o de forma intencionada la patata acabó en un charco de agua de mar. Al recuperar su regalo el macaco descubrió que el agua no solo había limpiado toda la tierra que recubría el tubérculo sino que también le había otorgado un sabor salado que lo hacía mucho más apetitoso. Desde ese día, cada vez que los científicos daban una patata a ese mono ocurría lo mismo. El animal corría hasta la orilla del mar y la lavaba a conciencia hasta que no tenía ni rastro de tierra. Luego, orgulloso de su descubrimiento, se zampaba la salada patata.


Pero fue al cabo de unos días cuando los científicos descubrieron algo mucho más asombroso. Al recibir sus regalos, eran varios los monos que cogían las patatas y se iban al mar a lavarlas. Al parecer, el descubridor de tan novedosa receta culinaria en el mundo de los monos había enseñado su técnica a algunos vecinos. Estos, a su vez, se la enseñaron a otros monos. Pronto, el lavar las patatas en agua de mar se convirtió en algo habitual en la colonia de monos.


Los científicos estaban maravillados. Si bien no es algo extraordinario entre los animales que un individuo enseñe a otro conocimientos adquiridos (cultura) si que es algo bastante raro. Que yo sepa existen al menos otras tres especies entre las que la transmisión cultural es habitual: el chimpancé, el bonobo y el ser humano; y es probable que también se dé el caso entre lobos y delfines (¿algún biólogo en la sala?).


Pero lo mejor estaba por llegar. Un suceso realmente único y extraordinario. Como he dicho la técnica de lavado de patatas descubierta por el macaco número uno pronto fue extendiéndose por toda la población. Hasta que el macaco número cien aprendió a lavar patatas. En ese momento se obró el milagro. De repente, y sin ningún tipo de enseñanza por parte de un colega, todos los macacos de cara roja aprendieron a lavar patatas. No me refiero a todos los macacos del grupo sino literalmente a todos los macacos de cara roja. Poblaciones de macacos situadas en la otra punta de la isla, incluso poblaciones de otras islas, adoptaron de la noche a la mañana la técnica del primer macaco.

Al llegar al macaco número cien, los monos, cual plutonio, habían alcanzado una especie de masa crítica mental y la idea se había instalado por arte de magia en las mentes de todos los miembros de la especie. Era una prueba irrefutable, ya que había un montón de científicos de testigos, de la existencia de la conciencia colectiva.


Como es lógico, la mayor parte de esta historia es mentira.


Suele ser bastante difícil seguir el rastro a una leyenda urbana hasta descubrir como se originó pero este caso es una excepción. La mentira de los cien monos tuvo un comienzo bastante marginal y, poco a poco, se fue abriendo paso hasta convertirse en un hecho probado para multitud de personas. La primera mención al fenómeno la encontramos en el libro de 1975 “Rhythms of Vision: The Changing Patterns of Belief” escrito por Lawrence Blair, un autor de tercera fila seguidor de las corrientes New Age. En esta primera versión ya encontramos todos los elementos de la historia: la isla japonesa, los científicos, las patatas y el macaco número cien que desencadena la mente colmena monesca. Cuatro años después volvemos a encontrar la misma historia, contada de forma idéntica, en el libro “Lifetide: a Biology of the Unconscious” de Lyall Watson. Watson es un conocido autor de libros New Age, incluso ha participado en la realización de documentales para la BBC. Con su libro, la historia de los cien macacos recibió un importante impulso.

Pero fue en 1982 cuando la mentira alcanzó el estatus de noticia. Ese año se publicó el libro “The Hundredth Monkey” de Ken Keyes. Keyes era una especie de Danielle Steel de la Nueva Era. Especializado en temas de autoayuda y crecimiento personal sus libros solían estar entre las listas de los más vendidos. Tras el libro del gurú Keyes, la leyenda pasó a formar parte de forma oficial de la mitología New Age. Es citada de forma recurrente cuando se tratan temas como el poder de la mente o la percepción extrasensorial. El showman (aunque el se denomina científico) Rupert Sheldrake ha esgrimido el fenómeno de los cien monos como defensa de su teoría de los Campos Mórficos y de la existencia de la telepatía.

En este caso no es complicado probar la falsedad del mito. Elaine Myers y Michael Shermer acudieron a los archivos de la revista Primates, donde fueron publicadas las investigaciones originales, para descubrir que había sucedido en realidad en la isla de Koshima.


Nada más empezar encontraron el primer error. No eran patatas sino batatas lo que los científicos regalaban a los monos. No es un fallo significativo pero no importa, solo es el primero. En 1952 fue observado el primer macaco lavando las batatas en el mar. En 1962, diez años después, el número de monos que tenían esta costumbre era de treinta y seis. Podemos observar como, lejos de la explosión de cultura hasta alcanzar la masa crítica, el habito de lavar batatas fue extendiéndose de forma bastante gradual. Los científicos describen como la costumbre es enseñada por los monos adultos y aprendida por los jóvenes. El aprendizaje por parte de los adultos era muy escaso por lo que la costumbre iba generalizándose cuando unas generaciones sustituían a otras, de forma bastante lenta.


¿Y los monos de otras islas? Es cierto que en otras islas, años después, fue observado el mismo fenómeno cuando otros grupos de investigadores daban batatas a los monos. A esto podemos dar, como mínimo, tres explicaciones:


a) Tal y como hizo el primer mono, otros monos en otras islas podrían haber descubierto el fenómeno por su cuenta y difundido el hábito entre sus compañeros. Después de todo estamos hablando de una de las especies animales más inteligentes y lavar una batata no es que sea resolver una ecuación de tercer grado (sin desmerecer a los macacos)


b) Los macacos de cara roja son bastante viajeros. Incluso marineros. Con relativa frecuencia se observa como los macacos nadan de una isla a otra. Ya sea en solitario o en grupo usando maderos y troncos a modo de balsa, los monos de las diferentes islas mezclan sus poblaciones a menudo. Con que uno solo de los viajeros tuviera el hábito de lavar patatas habría bastado para enseñar la técnica a las nuevas generaciones de otra colonia de monos. Auténtico mestizaje cultural macaco.


c) La explicación del mono número cien.


Tenemos al menos dos explicaciones mundanas para un fenómeno que resuelven el problema sin recurrir a lo paranormal. ¿Para qué necesitamos la tercera explicación? Incluye elementos sobrenaturales, datos falsos y plantea muchísimas más preguntas de las que responde.


Por supuesto, la tercera explicación es la que ha alcanzado notoriedad y la que mas literatura ha generado. Contiene un elemento clave que la hace muy atractiva a las corrientes New Age: la utilidad del no hacer nada. El fenómeno del mono número cien ha sido usado como soporte para los experimentos en los que se pretendía bajar los indices de criminalidad rezando y pensando de forma positiva. ¿Para que mover el culo y resolver un problema si lo único que hace falta es concentrarse, sonreír y tener buen rollo? Tras la defensa del poder de la mente lo único que se esconde es un deseo de no usar el poder del cuerpo. La toma de conciencia (expresión que cuanto más popular se hace menos entiendo) está cada día más sobrevalorada.



El efecto del centésimo mono (Wikipedia, inglés)


Shermer, Michael, Por qué creemos en cosas raras, pp 58-60 1997 (En el primer capítulo, Shermer hace un magnífico análisis del fenómeno)


Carroll, Robert Todd, The Skeptic´s Dictionary, pp 165 y 166, 2003



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jueves, 16 de octubre de 2008

El biólogo desubicado

Es fácil utilizar un símil para describir la vida del biólogo norteamericano Hermann Joseph Muller. Por ejemplo, bastaría con imaginar un edificio en llamas del que huye una multitud de gente. Entre la masa vemos a alguien que, entre codazos y empujones, se abre paso a contracorriente, directamente hacia el fuego. Ese es Joseph Muller. Y no lo haría con la intención de realizar un heroico rescate, no. Probablemente se dirigiría hacía el incendio por error, sin tener ni idea del peligro.

Muller era científico de primera línea que hoy en día es reconocido sobretodo por sus investigaciones sobre mutaciones genéticas. Precisamente fue él quien descubrió, en 1926, que se podían causar mutaciones en los genes de forma artificial mediante rayos-x. En 1946 recibió el premio Nobel de Medicina por este descubrimiento.


Aunque no sea tan conocida como su trabajo, la vida del biólogo norteamericano contiene elementos más que suficientes para que merezca la pena contarla. Y es que Joseph Muller tenía la curiosa habilidad de, en el momento más inoportuno, encaminarse con decisión hacia el lugar mas inapropiado.


Las peripecias de Muller comenzaron unos años después de que realizara su gran descubrimiento y bastante antes de que recibiera el premio Nobel. En los años treinta, como tantos otros judíos, cruzó el océano Atlántico salvando la distancia que había entre Alemania y EE.UU. Con la diferencia de que Muller no realizó el viaje de Este a Oeste, sino al contrario. Muller se traslado a Alemania para trabajar en el laboratorio del genetista soviético Nikolay Timofeeff-Resovskij. En 1933, pocos meses después de la llegada de Muller, el presidente von Hindenburg nombraba canciller de Alemania a Adolf Hitler. Muller era un científico norteamericano, judío, socialista marxista que trabajaba en el laboratorio de un genetista soviético en la Alemania Nazi... Aún así, ignoró las órdenes que prohibían trabajar a los judíos en investigaciones científicas y siguió como si tal cosa hasta que los nazis irrumpieron en el laboratorio destrozándolo.

Por fin, Muller decidió escapar de Alemania. Pero de nuevo lo hizo en dirección contraria a la que huían el resto de judíos. Pensó que, siendo como era socialista convencido, las cosas le irían bien en la Unión Soviética. Se unió al laboratorio de Nikolái Vavilov poco antes de que Lysenko se convirtiera en el favorito de Stalin. Podéis echar un vistazo a una versión más completa de la historia de Lysenko y Valivov aquí pero es suficiente con saber que Lysenko era un timador que se ganó la confianza de Stalin. No tenía la más mínima idea de biología, creía que la teoría de la evolución era un cuento inventado para oprimir al pueblo y que los genes no existían. La investigación biológica desapareció en la URSS. Stalin otorgó plenos poderes a Lysenko y este no permitía que sus teorías fueran puestas en duda. Aquellos científicos que atrevían a cuestionar el lysenkismo eran encarcelados o eliminados. Vavilov fue una de sus primeras víctimas.


Muller parecía ignorar que la policía soviética estaba cazando uno a uno a todos sus colegas. Él seguía con su trabajo y, de vez en cuando, realizaba manifestaciones públicas calificando a Lysenko de impostor y a su trabajo de tonterías. Un tipo que no creía en los genes había organizado una caza de brujas y el científico que había descubierto que esos inexistentes genes se podían mutar artificialmente seguía sus investigaciones tan tranquilo, rodeado de moscas de la fruta.


Muller había metido la cabeza él solito en la guillotina. Ahora tan solo le faltaba tirar de la cuerda. Y lo hizo. Envió una copia de su último libro a Stalin. Se titulaba Out of the Night.


Muller era un ferviente defensor de la reproducción selectiva, que no es más que una forma de eugenesia. Pensaba que la evolución humana podía y, lo que es peor, debía ser dirigida mediante la selección de los individuos a los que permitir la reproducción. En su libro, Muller exponía sus ideas y hacía una entusiasta defensa de la eugenesia. Su propuesta, minuciosamente detallada, consistía en seleccionar los sujetos para que los niños nacidos de sus uniones contaran con las “características de Marx o Lenin” (sic) Con toda su buena voluntad envió Out of the Night a Stalin. Probablemente con una sonrisa y esperando ansioso la respuesta.


La cara de Stalin al leerlo debió ser un poema. Aquel científico extranjero (¡norteamericano!), que desafiaba a su querido Lysenko constantemente, no solo seguía defendiendo la genética... ¡sino que quería usarla para criar humanos! Es difícil imaginar algo que suene más nazi y a eso exactamente le sonó a Stalin.


Un chivatazo salvó la vida de Muller. Tenía un amigo bien posicionado en el Partido que le comunicó que Stalin ya había leído su libro. También le avisó de que la policía se dirigía a su casa. Apenas tenía tiempo así que Muller cogió lo indispensable y escapó de la Unión Soviética. Lo más importante para él era su trabajo y eso es lo que se llevó con él. Consiguió huir con 280 de sus moscas de la fruta.


Tras una breve estancia en España, donde sirvió como brigadista en un banco de sangre, decidió trasladarse a Edimburgo para continuar sus investigaciones. Poco después de su llegada estalló la Segunda Guerra Mundial, siendo Gran Bretaña uno de los países más afectados por la contienda. Los presupuestos para investigaciones científicas fueron desviados a aquellas ramas que pudieran dar frutos en el terreno militar a corto plazo. La genetica no tenía, todavía, ninguna aplicación militar por lo que Muller apenas pudo llevar a cabo trabajo alguno. Pensó que era el momento de un nuevo traslado y de sentar finalmente la cabeza.


Cuando regresó, por fin, a su EEUU, Muller descubrió que ninguna Universidad quería darle trabajo. Sus ideas políticas eran conocidas ya que el FBI lo había investigado por escribir en un periódico izquierdista cuando era universitario. Además, había trabajado para Stalin, para los rusos, y eso era imperdonable. Pasó años realizando trabajos menores hasta que finalmente la Universidad de Indiana le ofreció un puesto como profesor de zoología.


Incluso ya en Norteamérica, Muller, sacó una nueva edición de su libro sobre eugenesia intentando que sus ideas calaran. Después de los horrores del nazismo nadie en su sano juicio quería que le hablaran de cosas como reproducción selectiva o una raza mejor. No se puede decir que Muller no intentara adecuar sus ideas a sus nuevos lectores. Se preocupó, probablemente convencido de que con eso bastaba, de sustituir en la edición norteamericana de Out of Night a Marx y a Lenin como modelos genéticos por Lincoln y Descartes...


Ridley, Matt, GENOMA. LA AUTOBIOGRAFÍA DE UNA ESPECIE EN 23 CAPÍTULOS, pp 62-66, 2000


Muller (Wikipedia)


Más biografías de Muller: 1, 2, 3

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sábado, 15 de diciembre de 2007

El Gran Chapucero

Una cebra no necesita correr más que una leona sino más que las otras cebras.


Jorge Wagensberg




Uno de los argumentos preferidos por los creacionistas es la armonía que impera en la naturaleza; la perfecta forma en que todos los seres vivos están construidos para cumplir su papel en el ciclo de la vida evidencia la presencia de un ser superior. Un creador debe haberse encargado del trabajo pues es imposible que un sistema tan preciso y funcional haya surgido de otro modo. Algunos creacionistas disfrazaron sus ideas de ciencia para poder exigir que sean enseñadas en las escuelas y, en lugar de creacionismo, las llamaron Diseño Inteligente. La diferencia es nula, para los partidarios de D.I. los seres vivos presentan pruebas de haber sido diseñados por un ser superior: el Gran Relojero, Dios. Según ellos, si nos encontramos con un reloj debemos presuponer la existencia de un relojero que lo haya fabricado y extienden esta metáfora a la naturaleza. ¿Acaso un ojo humano no es una perfecta máquina en la que cada uno de sus componentes funciona con precisión y exactitud? El ojo es el ejemplo preferido por los creacionistas; argumentan que pone en entredicho la evolución y prueba la existencia de un diseñador. Ya que medio ojo no tiene sentido alguno, debió ser creado en su forma actual en lugar de haber evolucionado gradualmente. En realidad, medio ojo o, por ejemplo, un grupo de células fotosensibles puede que no tenga sentido para un creacionista, pero para el organismo que se vale de ellas para detectar la sombra o el movimiento de un depredador suponen la diferencia entre ser devorado o escapar, pero volveremos al ojo más adelante.


En realidad la figura del Gran Relojero no funciona en absoluto como símil de la evolución. El Gran Chapucero sería mucho más acertado. Mas que un pulcro diseñador que hace engranajes precisos, la evolución se asemeja a un manitas que corta, pega, mueve, alarga o encoge las piezas con las que hace su trabajo y muy pocas veces diseña realmente algo nuevo.


Darwin comprendió esto muy pronto y lo usaba para defenderse del creacionismo. Mientras otros científicos exhibían los grandes aciertos de la evolución ante los críticos, él se centraba en poner de relieve las redundancias, los apaños, los órganos vestigiales e incluso las imperfecciones. Después de todo, pocos creacionistas estaban dispuestos a admitir que su omnipotente Dios, a la hora de crear a los seres vivos, se había comportado, en lugar de como el Perfecto Diseñador Cósmico, como una especie de Pepe Gotera divino.


En este artículo no voy a mostrar el traspiés de ningún científico ni el fraude de algún oportunista. Las chapuzas que voy a mostrar son responsabilidad única y exclusiva de la maravillosa naturaleza.




1. ¡Necesito un dedo!


Hacía mucho, mucho tiempo había un oso que necesitaba con urgencia un pulgar. Como ocurre con la mayor parte de los animales del orden Carnívoros, este oso tenía los dedos de sus patas adaptados para la carrera, dispuestos hacia delante. Pero nuestro oso, amante de la contemplación, no perdía el tiempo persiguiendo a sus presas o pescando salmones, ni siquiera buscando bayas en los arbustos. Prefería sentarse plácidamente, a varios miles de metros de altitud, donde ningún depredador pudiera importunarle, y pasarse el día masticando brotes de bambú, sumido en sus pensamientos. Sean cuales sean las meditaciones de un panda.


Para este tipo de vida, los osos panda no pueden sacarle mucho partido a sus dedos de antiguo depredador. Mucho mejor sería tener un pulgar con el que poder coger fácilmente las ramas de bambú... y el panda lo tiene. Si existiera un relojero divino encargado de diseñar al panda no habría necesitado pensar mucho. ¿Un pulgar oponible? Fácil, nosotros mismos tenemos uno y su funcionalidad nos parece tan clara que a veces olvidamos que este dedo no era usado para coger cosas por la mayoría de los vertebrados que lo tenían antes que nosotros. Un diseñador habría puesto al panda un pulgar como el nuestro con el que poder llevarse a la boca su apreciado bambú.


Pero, como he avisado, la naturaleza es bastante más chapucera. El pulgar del panda no es un verdadero pulgar, ni siquiera es un dedo. El panda tiene los cinco dedos de sus patas delanteras en la posición típica de oso, apuntando hacia el frente. Su pulgar no es un sexto dedo real sino que está formado por un hueso de la muñeca, llamado sesamoide radial, hipertrofiado y cubierto por varios músculos que le dan movilidad. Vemos como la selección natural, en lugar de hacer brotar un nuevo dedo a los pandas prefirió, en sentido figurado, claro, partir de una parte del oso usada para otros fines y modificarla hasta convertirla en un falso pulgar. Una auténtico remiendo que además conlleva que el panda tenga que cargar con un par de falsos pulgares en sus patas traseras a pesar de que no los usa para nada. Probablemente, sea genéticamente más complejo modificar los sesamoides de las patas delanteras y no hacerlo con las traseras que, simplemente, modificar ambos. Y, puesto que esos pulgares inútiles traseros no consumen demasiada energía ni molestan físicamente al oso, no hay ningún problema en dejarlos. ¿Alguien puede imaginarse a un diseñador haciendo algo así?



2. Voy doblado

Un diseñador se sentiría orgulloso de la manta raya. Con su forma aplastada este animal es perfecto para su hábitat bentónico, descansa sobre el vientre y sus ojos sobresalen del dorso.



Pero no sucede lo mismo con los lenguados. Como las rayas, éstos tienen una forma aplastada y un modo de vida similar, deslizándose sobre el fondo marino. Pero los lenguados, así como las platijas y los rodaballos, no descansan sobre el vientre sino sobre uno de sus lados. Las rayas descienden de los tiburones que presentan un cuerpo ya de por si aplastado, así que evolucionaron simplemente tendidas sobre el vientre. Pero los lenguados descienden de peces óseos que están comprimidos de forma lateral así que, cuando adoptaron la vida bentónica, en lugar de tenderse sobre el vientre se tendieron sobre un costado. Sus ojos están desplazados de forma grotesca hasta ocupar los dos el mismo lado de la cabeza y su boca se abre en vertical.



3. Dolor de cuello

Una jirafa puede llegar a los 5 metros de altura. Su largo cuello es lo más característico del animal y cualquiera podría pensar que tiene muchas mas vértebras en el cuello que nosotros. Es lo que habría hecho un diseñador competente.



Sin embargo, como ya vamos intuyendo, la evolución prefiere modificar lo que ya tiene antes que hacer auténticas innovaciones. La jirafa tiene exactamente las mismas vértebras en el cuello que el resto de los mamíferos, incluidos nosotros: siete. El hecho es que la selección natural ha optado por alargar y reforzar las siete vertebras existentes en lugar de añadir unas cuantas más.




4. ¿Flotar o respirar?


A Darwin le gustaba mucho recalcar el reciclaje de órganos tan típico en la naturaleza, comprendía que era una baza contundente a favor de su teoría y en contra del creacionismo. Uno de sus ejemplos favoritos, pues lo cita seis veces en El origen de las especies, es el pulmón. Darwin se dio cuenta de que el pulmón y las vejigas natatorias de los peces eran homólogos y, puesto que estaba seguro de que los vertebrados terrestres descendían de los peces, dedujo que el pulmón había evolucionado a partir de la vejiga natatoria.

A pesar de que su línea de razonamiento era acertada, Darwin estaba equivocado. Sí, es cierto que las vejigas natatorias y los pulmones son órganos homólogos. También es cierto que los vertebrados terrestres descienden de los peces. Pero el caso es que es la vejiga natatoria la que evolucionó a partir del pulmón y no al revés. Los primeros vertebrados tenían un sistema respiratorio compuesto de branquias para extraer oxígeno del agua y de pulmones para respirar aire de la superficie. Todavía existen hoy en día muchos peces que conservan los pulmones. A partir de estos primeros peces evolucionaron los vertebrados terrestres, perdiendo las branquias y conservando los pulmones para respirar en tierra. Paralelamente, otra rama evolucionaba partiendo de estos antiguos peces, los teleósteos. Éstos conservaron las branquias para respirar bajo el agua y modificaron sus pulmones convirtiéndolos en vejigas natatorias. Los teleósteos son los mas abundantes de los peces y son los animales que uno asocia inmediatamente a la palabra pez, de ahí que Darwin los tomara por nuestros antepasados cuando en realidad son una rama paralela.



5. He visto cosas que vosotros no creeríais

He dejado para el final la baza maestra de los creacionistas, el órgano que mas evidencia da de la existencia de un diseñador: el ojo. Ni siquiera es una idea original sino que se apoya en argumentos del propio Darwin, que en El origen de las especies decía:

Parece completamente absurdo, lo confieso con franqueza, suponer que el ojo, con todos sus inimitables dispositivos para acomodar el foco a diferentes distancias , para admitir diferentes cantidades de luz, y para la corrección de las aberraciones esférica y cromática, pueda haberse formado por selección natural.


Para desgracia de los partidarios del Diseño Inteligente el ojo no es el mejor ejemplo que podrían haber elegido como pieza clave de sus argumentos. Darwin poco después de escribir su anterior frase ya se había convencido del papel de la selección natural en el diseño del ojo: “El ojo, hasta día de hoy, me produce escalofríos, pero cuando pienso en las finas gradaciones conocidas, la razón me dice que debo vencer a los escalofríos”



Conocemos perfectamente la historia del ojo que, además, ha evolucionado de forma independiente en más de cincuenta ocasiones con resultados muy distintos y usando métodos completamente diferentes. Al contrario de lo que opinan los defensores del DI, medio ojo, como hemos visto, si que sirve para algo, incluso un cuarto de ojo o una centésima de ojo. Un simple y pequeño grupo de células fotosensibles son un importante avance, aunque tan solo sea por que le permiten al animal distinguir entre el día y la noche. Richard Dawkins, en Escalando el monte improbable, desarrolla las historias evolutivas de varios tipos de ojos, incluyendo el de los vertebrados, que tanto fascina a los creacionistas por su perfección.


¿Perfecto, dicen? Echamos un vistazo de cerca. Las fotocélulas de nuestros ojos apuntan hacia atrás, hacia el cogote en lugar de hacia el lugar por donde entra la luz. Como son transparentes, la luz las atraviesa y a pesar de estar colocadas al revés pueden desarrollar su función correctamente. Sin embargo, la consecuencia de esta curiosa disposición es que los nervios que las conectan al cerebro salen hacia delante, por el interior del ojo, hasta unirse formando el nervio óptico y atravesar la retina y esto si que tiene consecuencias: el punto ciego. El lugar donde el nervio óptico abandona la retina no puede contener fotocélulas y, por lo tanto, crean en nuestra visión una zona donde realmente no vemos nada. El cerebro extrapola información del resto de la imagen y rellena el punto ciego de modo que no vemos un agujero negro delante nuestra, pero tampoco vemos la realidad sino la suposición que hace el cerebro basándose en el resto de datos que le llegan.


Si el ojo hubiera sido diseñado, su creador habría colocado las células correctamente y los nervios saldrían hacia atrás sin mayor consecuencia, de hecho muchos invertebrados tienen sus fotocélulas situadas de la manera lógica. Pero como hemos visto, la naturaleza hace lo que puede con lo que tiene y le encantan los remiendos.







Evolución del ojo humano (en inglés):





Aunque un órgano puede no haber sido formado originalmente para un propósito determinado, si ahora sirve a ese propósito, podemos decir de forma justificada que ha sido elaborado especialmente para él. Así, en toda la naturaleza, casi cualquier parte de cada ser viviente probablemente haya servido, en alguna versión ligeramente modificada, a diversos fines, y haya actuado dentro de la maquinaria vital de muchas formas específicas primitivas y disjuntas.

Charles Darwin



FUENTES

DARWIN, CHARLES, El origen de las especies, 1859

DAWKINS, RICHARD, El gen egoísta, 1976

DAWKINS, RICHARD, Escalando el monte improbable, 1996

GOULD, STEPHEN JAY, Ocho cerditos, 1993

GOULD, STEPHEN JAY, El pulgar del panda, 1980



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miércoles, 28 de noviembre de 2007

El jardinero fiel de Stalin


En 1940 el gran genetista ruso Nikolai Ivanovich Vavilov se encontraba en las montañas de Ucrania recogiendo muestras de plantas. Cualquiera que lo viera ese día podría pensar que estaba ante un campesino, cargado con bolsas de trigo, pero Nikolai Vavilov era un personaje trascendental en la Rusia estalinista y un científico de importancia mundial. Había viajado a lo largo y ancho del planeta recogiendo muestras para su colección botánica, una de las más importantes del mundo. En Europa estudió y realizó investigaciones con los mejores biólogos, incluyendo a William Bateson, uno de los padres de la genética. Su teoría sobre los orígenes geográficos de los cultivos domésticos sigue vigente hoy en día. Entre los cargos oficiales que Vavilov podía subrayar en su currículum estaban: director del Instituto de Botánica Aplicada de Leningrado, presidente de la Academia de las Ciencias Agrícolas de Leningrado, miembro de la Royal Society, director y fundador del Instituto de Genética de la Academia de las Ciencias de la URSS, presidente de la Sociedad Geográfica de la URSS...


Ese mismo día, en Ucrania, Vavilov se llevó una agradable sorpresa. Había descubierto una especie nueva de trigo silvestre, nunca vista hasta entonces. Con la bolsa llena de muestras de este prometedor descubrimiento, el científico ruso se encaminó montaña abajo pero un coche le cerraba el paso. Varios hombres de paisano se acercaron a Vavilov y le dijeron que se requería su presencia en Moscú inmediatamente.


Pocos volvieron a ver a Vavilov con vida. En Moscú fue condenado a muerte, pena que fue posteriormente rebajada a 40 años de trabajos forzados en la estepa siberiana. Allí murió el científico dos años después, completamente olvidado.

¿Qué había hecho el gran genetista darwinista ruso para merecer este destino? Precisamente, ser genetista y darwinista. Pues, como había dejado bien claro el agrónomo Lysenko, la genética y el darwinismo no eran más que invenciones del malvado capitalismo.




Hay muy pocas cosas más dañinas para la ciencia que el qué la religión se inmiscuya en sus asuntos. Esta historia trata de una de esas pocas cosas peores: cuando es la política la que se inmiscuye.




Antes de conocer el drama de Lysenko debemos tener claros un par de detalles sobre la selección natural. De forma muy resumida, la selección natural planteada por Darwin sostiene que existen variaciones entre los individuos de una determinada población, dado que los organismos se reproducen en mayor número de lo que el medio es capaz de mantener siempre existirá un número de estos organismos que perezca antes de haber podido reproducirse. Las variaciones mejor adaptadas al medio se verán beneficiadas al poder transmitir sus características a su descendencia. Un pequeño ejemplo: imaginemos una población de jirafas en un ambiente escaso de alimentos. En esta población nacen jirafas un poco mas altas de lo normal y jirafas un poco mas bajas. Las más altas llegaran a zonas de los árboles a las cuales el resto no tienen acceso, por lo tanto tienen más posibilidades de conseguir alimento y llegar a reproducirse. Con el paso del tiempo, los genes de las jirafas más altas serán más abundantes que el resto dando lugar a que la media de altura de las jirafas aumente. Dejando de lado, claro, los miles de otros factores ambientales, como los depredadores, el clima, etc.

Los más importante para entender el asunto Lysenko es tener bien claro que la selección opera sobre caracteres heredados, no adquiridos. Esto suponía un grave problema para Stalin que, como tantos otros dictadores, tenía la extraña percepción de que hasta la mismísima naturaleza debía seguir los dictados de sus ideas políticas. Y, claro está, eso de que todo dependiera de unos genes heredados no sonaba muy marxista, más bien al contrario. Por no hablar de que esos mismos genes determinaran las posibilidades de supervivencia del individuo. ¿Qué es eso de que las jirafas con cuellos más largos tenían más posibilidades que sus hermanas solo por tener la suerte de haber heredado determinados genes? ¿Dónde estaba la igualdad? ¡Si sonaba hasta a monárquico!

Los biólogos y genetistas rusos pudieron, sin embargo, desempeñar su trabajo sin demasiadas injerencias políticas. Ésto cambió cuando un oscuro personaje, aprovechando el malestar causado por las hambrunas del 29, hizo acto de presencia en la corte del zar. Trofim Denisovich Lysenko era un campesino ucraniano, sin ninguna formación científica, elevado a la categoría de agrónomo durante la colectivización debido a varias cosechas exitosas gracias a la vernalización, una antigua práctica consistente en enfriar las semillas antes de plantarlas.


Lysenko no era más que un charlatán y, como tal, su especialidad consistía en decirle a la gente lo que querían oír. Así lo describía la revista Pravda:

Si hay que juzgar a un hombre por la primera impresión, Lysenko da la sensación de un dolor de muelas; Dios le dé salud, pero tiene un porte abatido. Es mezquino en palabras y de rostro insignificante; todo lo que uno recuerda es su aspecto adusto arrastrándose por la tierra como si, cando menos, estuviera dispuesto a cargarse a alguien. Sólo una vez este científico descalzo dejó caer una sonrisa, y eso ocurrió al mencionar el pastel de cerezas de Poltava con azúcar y crema amarga.


Lysenko sostenía que la genética era una superstición burguesa y el darwinismo una idea fascista. En su lugar, Lysenko abogaba por el lamarckismo. ¿Quien era Lamarck y por qué sus teorías sonaban a gloria en los oídos de Stalin?




Jean-Baptiste Lamarck fue un excelente naturalista francés que ha pasado a la posteridad no gracias a sus múltiples aciertos si no a su más sonado error. Lamarck tenía una teoría sobre el modo en que opera la evolución cuyo principal rasgo era la herencia de caracteres adquiridos. Como ejemplo serviría bien el caso de un culturista. Según la teoría de Lamarck, sus hijos serán mas fuertes de lo normal, heredando características que su progenitor ha obtenido en vida: los músculos hiperdesarrollados. La teoría de Lamarck no era una tontería, era apoyada por multitud de científicos y combatió de igual a igual con el darwinismo, que era la teoría correcta. Sin embargo, fue perdiendo la batalla contra la selección natural poco a poco hasta sucumbir por completo con el redescubrimiento de la genética mendeliana que confirmaba sin lugar a dudas el darwinismo.


En el momento en que Lysenko presentó sus ideas ante Stalin el lamarckismo ya era una teoría obsoleta. La genética era una ciencia en auge en todo el mundo y el darwinismo ya no se discutía. Stalin se dejó engatusar por un adulador que ponía ante sus ojos una teoría que decía que la evolución no esta dirigida por una fuerza ciega si no que el esfuerzo de cada cual repercutía en su herencia. ¡Stalin ya tenía ante si una teoría de la evolución comunista! Lysenko se ganó la simpatía de la cúpula soviética pese a que el resto de sus ideas eran tan fantasiosas como el lamarckismo, o más. Por ejemplo, decía que las especies surgían por mera transformación de unas en otras. Puestas en práctica, estas ideas supusieron un desastre absoluto para la agricultura de la URSS. Mientras en el resto del mundo la genética había abierto de par en par las puertas de la hibridación de cultivos, mejorando expectacularmente las cosechas, en Rusia las hambrunas se sucedían. Las cosechas eran desastrosas y los muertos por hambre, durante la época en que Lysenko ejerció su influencia se multiplicaban. Sin embargo, Stalin lo nombró presidente de la Academia de las Ciencias Agrícolas.


Así describía la situación el físico y premio Nobel Richard Feynman durante unas conferencias en Washington:

“El gran Mendel, que descubrió las leyes de la genética y los principios de la ciencia, está muerto [en Rusia]. Sólo se le puede seguir en los paises occidentales, porque en Rusia no tienen libertad para analizar las cosas. Tienen que discutir y argumentar contra nosotros continuamente. Y el resultado es interesante. No es este el único caso en que se ha paralizado la ciencia de la biología que, dicho sea de paso, es la ciencia más activa, más excitante y con un desarrollo mas rápido en Occidente. En Rusia la biología no está avanzando nada. Ustedes pensarán que una cosa así es imposible desde el punto de vista económico. Pero, en cualquier caso, al tener las teorías incorrectas acerca de la herencia y de la genética, la biología de la agricultura en Rusia permanece atrasada. No han desarrollado correctamente el maíz híbrido. No saben como desarrollar mejores especies de patatas. Antes lo sabían. Antes de Lysenko, en Rusia, tenían mejores cosechas de patatas y productos similares que en cualquier otra parte del mundo. Pero hoy no tienen nada. Sólo discuten con occidente”


Lysenko no sólo impuso sus ideas sobre biología, también se encargó de silenciar a cualquiera contrario a ellas. Hasta la estatua de Mendel, que había en su pueblo natal, fue derribada. Las ideas del jardinero perduraron durante tres décadas. En este tiempo, pese a los fracasos de sus técnicas, Lysenko lastró la agricultura rusa dejándola muy por debajo de los niveles de producción del resto del mundo.


Lysenko no perdió su poder hasta los años sesenta y fue gracias a las presiones ejercidas por los físicos soviéticos, los únicos que habían permanecido firmes en su oposición a las ideas del jardinero. Pero el daño ya estaba hecho y la agricultura rusa aun no se ha recuperado de la influencia del nefasto campesino ucraniano.


Se cuenta que, durante una conferencia de Lysenko, el físico Lev Landau se levantó y preguntó:

  • ¿Así pues, usted argumenta que si cortamos una oreja a una vaca, y a su descendencia, y así sucesivamente, tarde o temprano nacerán vacas desorejadas?

  • En efecto -respondió Lysenko.

  • Entonces, señor Lysenko, ¿cómo se explica usted que en Rusia sigan naciendo muchachas vírgenes?


Excelente pregunta a la que Lysenko no supo responder.



EPÍLOGO

El problema del asunto Lysenko no fue si el lamarckismo era correcto o no. El problema fue convertir la ciencia en un instrumento político. En Occidente se cometieron también estupideces semejantes pero en este caso siguiendo una teoría correcta, el darwinismo. Pervirtiendo la selección darwiniana y la genética para que sirvieran a los intereses de grupos racistas de extrema derecha se llevaron a cabo campañas de eugenesia en Inglaterra y EEUU, entre otros países. Por no hablar de lo que el nazismo y Hitler hicieron con la genética en nombre de la pureza de la raza.

Parece ser que da igual la ideología, si la política interfiere con la ciencia el resultado es un desastre absoluto.


FUENTES

FEYNMAN, RICHARD P., Qué significa todo eso, 1998, pp. 64-66

GOULD, STEPHEN JAY, El pulgar del panda, 1980, pp. 84-93

GRATZER, WALTER, Eurekas y euforias, 2002, pp. 213-217

JUDSON, HORACE FREELAND, The Great Betrayal Fraud in Science, 2004, p 194

http://www.historiasdelaciencia.com/?p=146

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