Un egipcio usó por primera vez el sistema decimal.
ca. 250 a.C.
Un griego descubrió que era la Tierra la que giraba en torno al Sol y no al contrario.
ca. 50
Un romano publicó el primer compendio de Historia Natural.
830
Un árabe desarrolló el álgebra.
1619
Un alemán descubrió como se mueven los cuerpos celestes.
1688
Un inglés formula las leyes de la física.
1745
Un ruso establece la Ley de la Conservación de la Masa.
1851
Un francés prueba la rotación de la Tierra.
1859
Otro inglés publica la teoría que explica como evolucionan los seres vivos.
1863
Un austriaco descubre las leyes de la herencia.
1873
Un escocés formula las leyes del electromagnetismo.
1905
Un alemán/suizo/estadounidense publica la Teoría de la Relatividad Especial.
1927
Un belga expone la Teoría del Big Bang.
1942
Un italiano consigue la primera reacción en cadena por fisión nuclear.
1953
Un norteamericano y un inglés descubren la estructura del ADN.
2002
Un japonés demuestra que los neutrinos tienen masa
Este post responde a una iniciativa del blog La aldea irreductible donde se proponía, a todo aquel que quisiera participar, publicar un artículo exponiendo una razón por la cual no se debe reducir el ya escaso presupuesto en investigación en España. Este país siempre ha dado la espalda a la ciencia y descuidado, por no decir maltratado a sus científicos, así que razones para suscribir esta iniciativa hay mil. Pero me quedo con ésta, que más que una razón es un deseo: que, por una vez, inventemos nosotros.
Dicen que el sufrimiento es el precio que pagamos por nuestros pecados. Si eso es cierto, decidme, ¿por qué son siempre los inocentes los que más sufren cuando vosotros, los grandes señores, jugáis a vuestro juego de tronos?
George R. R. Martin
Roger era un militar y, desde un punto de vista militar, dejar entrar a aquella gente era una locura. Las provisiones que podrían alimentar a sus hombres durante un año apenas durarían un mes o dos si entraban dos mil personas al castillo. Además, tantos civiles por en medio no harían más que entorpecer la defensa. Pero Roger ya no era únicamente un militar. También era el castellano de Château-Gaillard y como tal tenía unas obligaciones. La gente de Les Andelys eran sus vasallos. Los habitantes del pueblo pagaban impuestos, servían al castillo llevando a cabo todo tipo de trabajos y ofrecían parte de sus cosechas para alimentar a la guarnición. A cambio, el señor que gobernara el castillo solo tenía protegerlos. Ellos habían cumplido con su parte del contrato y allí, ante las puertas de Château-Gaillard, pidieron a Roger Infierno Lacy que cumpliera la suya.
Las puertas del castillo se abrieron para permitir pasar a los civiles.
Es posible que Roger de Lacy no esperase un asedio largo y éste fuera el motivo para dejar entrar a los civiles. Château-Gaillardera una plaza demasiado importante como para que Juan la dejase caer en manos de Felipe sin luchar por ella. Ricardo habría mandado a todos sus hombres, con él al frente, para proteger su querida fortaleza. Pero ya hemos dicho que Juan no era Ricardo y mientras Roger de Lacy esperaba refuerzos, lo que llegaron fueron malas noticias.
Juan no iba a mandar refuerzos. Ni siquiera tenía en mente hacerlo a largo plazo. Se excusaba alegando tener que tratar otros asuntos más importantes y no poder prescindir de ningún hombre. Château-Gaillardy todos los que en él se refugiaban eran abandonados a su suerte.Cuando Infierno Lacy recibió las negras noticias tenía a dos mil civiles en su castillo, un ejército de seis mil franceses a sus puertas, las despensas vacías y se acercaba el invierno.
Cualquier otro castellano probablemente hubiera tomado la opción más sensata: rendir el castillo a Felipe. Pero a Lacy no lo importaba que su rey lo hubiera abandonado ni que no tuviera esperanzas de resistir, le habían dado la orden de defender Château-Gaillard y él iba a defender Château-Gaillard.
Aproximadamente en octubre de 1203 Lacy expulsó al primer grupo de civiles. Con la comida a punto de agotarse y sin la esperanza de un pronto rescate, no había forma de mantener a toda la gente. Afortunadamente para ese grupo de exiliados, los franceses se apiadaron de ellos y les dejaron atravesar sus líneas. Días después, las puertas del castillo se abrieron de nuevo para que saliera otra parte de los habitantes de Les Andelyes y, otra vez, el ejército francés los dejó ir en paz.
El tercer y último grupo no tuvo tanta suerte. Cuando a Felipe II le llegó la noticia de que los civiles estaban abandonando el castillo y su ejército los estaba dejando pasar montó en cólera. Inmediatamente envió una orden a sus generales: nadie, bajo ningún concepto, fuera cual fuera su condición, debía abandonar la fortaleza asediada.
Los refugiados fueron recibidos con una nube de flechas cuando se acercaron a las posiciones de los soldados franceses. Asustados, corrieron de vuelta al castillo pero las puertas no se abrieron y desde las murallas les llovían piedras. “No os conocemos, ¡largaos de aquí!” fue la respuesta a sus súplicas que recibieron de los guardias de Château-Gaillard. Muchos de los hombres de la guarnición eran de Les Andelys y es seguro que tendrían amigos y familiares entre los cientos de personas que imploraban por volver a entrar; pero el invierno estaba al caer y no había comida en el castillo para alimentar tantas bocas. Ni siquiera había comida suficiente para la guarnición.
Felipe II había querido que los civiles acabaran con las existencias del castillo pero la nueva situación tampoco le desagradaba. La moral de los ingleses quedó destrozada cuando tuvieron que abandonar a su suerte a sus propias familias.
Más de medio millar de personas, entre las que había ancianos y niños se refugiaron en la tierra de nadie. A mitad de camino entre sitiados y sitiadores, se desperdigaron por las rocas sobre las que se alzaba el castillo. Sin comida ni refugio, las gente de Les Andelys vieron como los días pasaban, el invierno llegaba y el sitio no terminaba. Se escondían al abrigo de las peñas y se agrupaban para mantenerse en calor. El único sustento que tenían eran las pocas hierbas que crecían entre las rocas.
Los meses fueron pasando y Lacy no rendía la fortaleza ni los franceses hacían ningún movimiento. Los civiles morían de hambre y frío a los pies del castillo Gallardo. La única ayuda que recibieron fue una manada de perros que los ingleses echaron del castillo. Aunque eran animales escuálidos, fueron devorados.Guillermo el Bretón, cronista oficial de Felipe Augusto y testigo presencial del asedio, relata como una mujer embarazada parió a su bebe muerto y el resto de supervivientes, que a esas alturas ya no eran muchos, se lo comieron al instante.
Llegó la primavera y con ella Felipe II. Hasta la última villa, castillo, pueblo o granja de Normandía estaba ya en su poder. Solo resistía Château-Gaillard y al rey francés se le había terminado la paciencia. Lo primero que hizo al llegar a la zona fue permitir el paso a los civiles que habían sobrevivido al invierno en tierra de nadie, ya solo un centenar a esas alturas. Los alojó en su campamento y ordenó que se los alimentara de forma abundante. Los cronistas franceses ven en esta acción un ejemplo de la benevolencia de Felipe Augusto. La mayoría de los historiadores sostienen una versión menos romántica: Felipe se había cansado de esperar y tenía planes para tomar el castillo. Todas aquellas personas no harían más que entorpecer esos planes. Además, con el calor llegaban las plagas, que en la edad media eran el peor enemigo de un campamento militar, los exiliados del castillo eran un foco de peste seguro y el rey los quería lejos de sus hombres lo antes posible.
Aún aceptando la poco creíble versión francesa sobre los motivos de Felipe, su forma de obrar tuvo funestas consecuencias. Más de la mitad de los refugiados supervivientes murieron a causa de las úlceras pépticas y de las hemorragías gastrointestinales que la abundante comida repentina causó en sus estómagos.
Felipe dio una última oportunidad de rendición a Lacy y éste contesto que solo lo sacarían del castillo arrastrándolo por los pies. El rey se puso a ello.
Felipe ordenó a sus ingenieros que acelerasen las labores de zapa y les proporcionó más trabajadores para la tarea. Al poco, los túneles franceses llegaron bajo la muralla del primer baluarte y socavaron sus cimientos de tal modo que una de las torres se vino abajo. Mientras los franceses entraban, Infierno Lacy ordenó a sus hombres que se replegaran al segundo recinto y prendió fuego al primero.
Las llamas acabaron con las construcciones inglesas de madera pero la piedra permaneció en pie, por lo que los franceses pudieron usar el baluarte recién conquistado como nuevo asentamiento. Desde allí, en mejor posición, las catapultas y los trabuquetes franceses bombardearon sin descanso las murallas del castillo hasta conseguir abrir brecha. Una vez los ingenieros llenaron el foso, los franceses asaltaron el segundo recinto de la fortaleza.
Roger de Lacy y sus hombres, incapaces de frenar la marea de soldados franceses que se colaban por la grieta (aunque les causaron importantes bajas) se replegaron al último recinto: la torre del homenaje y la espléndida muralla que la rodeaba, el corazón de Château-Gaillard.
Torreón principal
Lacy y sus hombres podrían haber resistido bastante en aquella robusta minifortaleza, pero la ineptitud de Juan Sin Tierra fue su perdición. Mientras que Ricardo había puesto el máximo cuidado en mantener operativa su fortaleza -su hija, la llamaba él-, Juan no tenía ni idea de batallas ni asedios y había descuidado importantes detalles. Cuando visitó el castillo, años atrás, hizo que se construyera un edificio de dos plantas descansando junto a la última muralla, quizá pensando que ningún enemigo llegaría tan lejos. La construcción, que constaba de una capilla en su planta inferior y unas letrinas en la superior (Guillermo el Bretón, en su crónica dedica unas líneas a recriminar a los ingleses su mal gusto, al construir unas letrinas sobre una capilla), sirvió a los franceses para encaramarse a los muros y reducir a los últimos ingleses que resistían.
La fortaleza inconquistable había sido conquistada.
EPILÓGO
El castillo Gallardo siguió sirviendo de fortaleza durante muchos siglos y muchas guerras. Paso de manos inglesas a francesas y al contrario en multitud de ocasiones. Fue asediado por nuevos ejércitos y defendido por nuevos castellanos, pero ningún sitio fue tan terrible como el primero. En el siglo XVII, Enrique IV ordenó su destrucción. Hoy, junto al pueblo de Les Andelys solo quedan las ruinas.
Felipe Augusto vapuleó a Juan Sin Tierra en todos los frentes y le arrebató todas sus posesiones en el continente. Consolidó el poder de la monarquía francesa, unificó a sus vasallos y, tras años de guerra, consiguió una época de paz y prosperidad como no se veía en mucho tiempo, con un superávit de cientos de miles de libras. Murió durante un viaje en 1223. Tenía 58 años. Fue enterrado en París y a sus funerales acudieron casi todos los nobles del reino.
Juan Sin Tierra continuó siendo un incompetente el resto de su vida. El Papa lo excomulgó por imponer como Arzobispo de Canterbury a uno de sus hombres de confianza. Los franceses le vencieron en todas las batallas. Sus señores se sublevaron y apoyaron la subida al trono de Luis VIII, un títere de Felipe II con dudosos derechos a la corona. Contrajo disentería mientras escapaba de los franceses y murió en 1216, a los 50 años, escondido en el castillo de Newark. Algunos sostienen que fue envenenado. Su cuerpo descansa en la catedral de Worcester.
Roger Infierno Lacy luchó en Château-Gaillard hasta el último aliento. Como había prometido solo consiguieron sacarlo de allí a rastras y encadenado. Él y sus hombres se habían comido los caballos hace tiempo y llevaban días alimentándose del cuero de sus zapatos y armaduras. Su familia pagó el rescate que pedía el rey francés y Roger volvió a las islas donde fue nombrado sheriff de Lancashire. Murió a los 31 años y fue enterrado en la abadía de Stanlow.
Guillermo Marshal nunca traicionó a la corona inglesa, aquella que lo había nombrado caballero. Siguió luchando toda su vida, primero al lado de Juan Sin Tierra y luego de su hijo Enrique III. Fue nombrado miembro del consejo real y durante la niñez de Enrique fue regente del reino. Pero ni sus cargos ni su edad lo apartaron del campo de batalla y plantó cara a Felipe II hasta sus últimos días. Con 71 años llevó a los ingleses a la victoria en la batalla de Lincoln, donde encabezó una carga de caballería y luchó al lado de sus hombres. Murió en la cama a a los 73 años de edad. En su lecho de muerte pidió ser nombrado caballero templario en virtud a sus victorias en las cruzadas. El deseo le fue concedido y su cuerpo enterrado en la Iglesia del Temple de Londres.
De los refugiados de Château-Gaillard nada más se supo. No se conocen sus nombres ni donde fueron enterrados. El único homenaje que recibieron fue el cuadro que Francis Tattegrain realizó en 1895. La obra, actualmente en un museo, decoró durante décadas las paredes del ayuntamiento de Les Andelys. Se titula Las bocas inútiles.
Un muro vale tanto como los hombres que lo defienden George R. R. Martin
Roger de Lacy no era un gran señor, eso lo tenía asumido. Su título de barón era más simbólico que otra cosa, ya que su baronía se reducía a un pueblucho perdido y minúsculo al norte de Cheshire. Roger nunca se consideró a si mismo más que un soldado y durante toda su vida sirvió fielmente a la corona inglesa. Cuando recibió la orden de convertirse en castellano de Château-Gaillard, Roger, pese a sus escasos veinte años, ya era un veterano que había demostrado con creces su eficacia y su lealtad. Entre otras muchas batallas, Roger había luchado en Acon al lado de Ricardo y, allí, sus hombres le otorgaron el apodo de Infierno Lacy.
El 10 de agosto de 1203, Infierno Lacy y los 180 hombres que formaban la guarnición del castillo se despertaron rodeados por un ejército francés de más de seis mil soldados. Aunque la diferencia de fuerzas era grande, Lacy no pensó en ningún momento en rendir la plaza. Un hombre sobre una muralla, vale por muchos bajo ella y aquel formidable castillo era muy fácil de defender con pocas tropas. Si los franceses se decidían por un asalto frontal, tendrían que avanzar bajo las murallas por una estrecha franja de tierra hasta llegar a la puerta, y durante todo el camino una lluvia de flechas, piedras y fuego caería sobre sus cabezas. La única opción era sitiar el castillo.
Felipe ordenó montar un campamento fortificado a los pies de la fortaleza. Se construyeron zanjas defensivas y empalizadas alrededor del mar de tiendas y estandartes que era el ejército francés, de los bosques cercanos se empezó a traer madera para la construcción de armas de asedio y ambos ejércitos, el de doscientos hombres y el de seis mil, se prepararon para el sitio, uno de los más largos y crueles que se verían en toda la Edad Media.
Roger de Lacy no temía al ejército de Felipe. Los sótanos del castillo contenían provisiones suficientes para que él y sus hombres aguantaran el asedio durante más de un año. Tiempo más que suficiente para que el rey Juan enviara refuerzos. Roger confiaba en su rey, no le quedaba otra opción. No tenía tierras en el continente, ni sabía nada de aquella región que todos deseaban y que él debía proteger. Él solo era un soldado inglés, cuyas posesiones en las islas (aunque fueran unas tierras casi sin valor) y las de toda su familia dependían de su lealtad al trono, se sentará en él quien se sentara. Le habían encomendado mantener aquel castillo y, ya podía tener al mismo Felipe Augusto con miles de hombres a sus puertas, que Infierno Lascy iba a defender Château-Gaillard con uñas y dientes.
La ayuda llegó, un par de meses después de que comenzara el asedio, y fue una grata sorpresa para los defensores descubrir a quien había enviado el rey en su ayuda: el mismísimo Guillermo Marshal, según algunos “el más grande caballero que jamás ha existido”
Guillermo Marshal, como hijo menor en una familia de nobles menores, no tenía muchas expectativas. Cuando no era más que un niño, el rey escoces Stephen lo tomó como rehén para rendir el castillo de su padre. Frente a las murallas, puso un cuchillo en el cuello del joven Guillermo y amenazó con cortarle la garganta si las puertas del castillo no se abrían. El padre de Guillermo gritó su respuesta desde lo alto del muro: “Todavía tengo el martillo y el yunque con los que forjar más y mejores hijos que ese” Por fortuna para Guillermo, Stephen no cumplió su amenaza, pero el niño descubrió que para su familia no era nadie y tendría que buscarse la vida por sus propios medios.
Guillermo carecía de títulos, tierras, dinero... lo único que tenía era su talento. Un talento para luchar, según algunos sobrehumano, al que consagró toda su vida. Sirvió como soldado en multitud de batallas hasta que, a los veinte años, fue hecho prisionero por Leonor de Aquitanía, madre de Ricardo y Juan. La reina, impresionada por las palabras que escuchó sobre el valor y la destreza de aquel joven, no solo le perdonó la vida sino que lo nombró caballero. Desde entonces, poniendo su espada al servicio de unos y otros, pero nunca contra la familia que lo había armado, Guillermo se ganó la vida como caballero errante. En pocos años amasó una fortuna gracias a los rescates que obtenía de los parientes de sus prisioneros en batalla y a los premios en los torneos. En el siglo XII los torneos todavía no eran la pantomima en la que se convertirían siglos después, eran enfrentamientos brutales en los que no era raro acabar tullido o muerto. Los participantes, además del premio que obtenían si ganaban, tenían derecho a quedarse con las armas y monturas de los adversarios vencidos. De Guillermo se decía que participó en más de quinientas justas y no perdió jamás. Puede que no fueran tantas, pero lo que sí que es cierto es que Guillermo fue de los pocos caballeros que se hicieron ricos en los torneos, llegando a igualar a Ricardo Corazón de León como protagonista de leyendas y canciones.
Al comienzo de la guerra entre Juan y Felipe, Guillermo se puso de parte de Juan Sin Tierra. Hay quien dice que si Juan no hubiera contado con el prestigio y la fama de la Flor de la Caballería, como llamaban a Guillermo, nunca habría conseguido hacer triunfar su causa. En 1203, Juan lo puso al mando del ejército encargado de romper el sitio de Château-Gaillard.
Gullermo Marshal hizo lo que pudo pero el espectáculo que ofreció a Infierno Lacy y a sus hombres, que lo observaron todo desde las murallas, no fue el que éstos esperaban. Atacó a los franceses por el río y los atacó por tierra; y en ambos frentes fracasó.
La flota no tuvo en cuenta el macareo del Sena (le mascaret), una especie de marea fluvial en forma de ola que solo se da en unos pocos ríos. Cualquier capitán de la zona hubiera sabido de este fenómeno, pero el hombre que puso Juan al mando de sus barcos no reaccionó a tiempo ante la gran ola que venía corriente arriba y las barcazas inglesas acabaron desperdigadas. La mayoría terminó en manos francesas aunque unas pocas pudieron huir.
En tierra no le fueron mejor las cosas al ejercito de caballeros comandados por Guillermo. Felipe II había dirigido la construcción del campamento de asedio francés (aunque luego abandonó la zona para dedicarse a otros asuntos) y se aseguró de que su ejército tuviera las mejores defensas. Las tropas de Guillermo cargaron varias veces, siempre con el mismo resultado. La caballería inglesa se estrellaba una y otra vez contra el muro que formaba la infantería francesa, o caían en las zanjas defensivas, o sus caballos se empalaban en las estacas que rodeaban el campamento. Finalmente Guillermo y sus hombres huyeron de la zona sin haber cumplido con su misión. El asedio continuaba y los franceses prácticamente no habían tenido bajas.
Para empeorar las cosas, días después, en una acción nocturna llevada a cabo por unos pocos hombres, las tropas de Felipe Augusto se hicieron con el control de la isla fortificada que dominaba el río. Desde allí comenzaron una ofensiva contra Les Andelys. Los habitantes del pueblo, asustados abandonaron sus casas y se dirigieron en masa al castillo a buscar protección. Con la isla y el pueblo en sus manos, los franceses recuperaban el control del Sena. Ahora Château-Gaillard había pasado a ser un objetivo secundario. Sin embargo, Felipe no estaba dispuesto a abandonar el castillo. Con la zona entera en sus manos podía limitarse a esperar a que la guarnición se rindiera o se muriera de hambre, pero el rey francés tenía un interés personal en aquella fortaleza. Era la joya de Ricardo, su castillo inexpugnable y Felipe II no iba a descansar hasta conquistarlo.
Planta del Castillo Gallardo
Por su parte, tras el contraataque francés, Roger de Lacy se encontraba ante el mayor dilema de su vida. Ante las puertas de su castillo tenía a dos mil civiles, los refugiados de Les Andelys, pidiendo que los dejasen entrar.
Dedicado a todos los seguidores de George R. R. Martin
De la historia de Europa beben los bardos de Poniente.
Parte 1: los reyes
En contra de la opinión general, la historia sí que consiste en reyes, fechas y batallas.
Terry Pratchett
Se decía que Château-Gaillard era un castillo imposible de conquistar, una fortaleza inexpugnable. Ciertamente los cronistas del medioevo eran muy dados a la exageración y el término “fortaleza inexpugnable” se usaba del mismo modo en que hoy en día se usan expresiones como “código irrompible” o “clave indescifrable”, pero aún así Châteu-Gaillard era un magnífico castillo. Lo había diseñado el mismísimo Ricardo Corazón de León por lo que, ya desde el momento de su construcción, el castillo estaba envuelto en un aura de leyenda caballeresca.
A finales del s.XII dos hombres se enfrentaron en Europa. Ricardo I de Inglaterra era uno de ellos y Felipe Augusto, rey de Francia, el otro. Felipe II era un gran estratega y un hábil político. Durante su reinado consiguió grandes victorias en el campo de batalla y su astucia le permitió reducir el poder de los señores feudales y sentar las bases para un estado francés. Si hubiera nacido en cualquier otro momento es probable que se hubiera convertido en una leyenda, pero Felipe II tuvo la desgracia de coincidir espacial y temporalmente con Ricardo Corazón de León, de cuya sombra no logró escapar nunca. Felipe ganaba las batallas dando las órdenes a sus generales desde la retaguardia (cosa normal, por otro lado) y Ricardo, en cambio, luchaba junto a sus hombres (rodeado siempre de un importante número de caballeros dispuestos a defenderlo y a sacarlo del campo de batalla si las cosas se ponían feas). Felipe era feo, tuerto, un poco enfermizo y bastante inútil con las armas; Ricardo era atractivo, alto y habilidoso con la espada. Felipe era serio y callado, gastaba poco dinero y su corte no destacaba por nada, como no fuera por su austeridad. Ricardo, al contrario, era amante de las fiestas, derrochó a manos llenas el tesoro de las arcas inglesas, le encantaban la música y los torneos, y dominaba a la perfección los medios de comunicación de la época: los trovadores, que veían en él una auténtica mina de inspiración para sus canciones. Él mismo cantaba y componía tonadas.
Ricardo Corazón de Leon
Por si todo esto fuera poco, Ricardo no había dudado en pisotear el honor de Felipe ante la vista de toda Europa. A pesar de estar prometido con la hermana del rey francés, Adela, Ricardo la rechazó aireando la relación entre ésta y su padre, Enrique II, fruto de la cual había nacido una bastarda. En Sicilia, camino de Tierra Santa, Ricardo conoció a Berenguela de Navarra y se casó con ella ignorando las amenazas de excomunión por romper su compromiso con Adela. Aunque lo cierto es que nunca le interesaron las mujeres, ni siquiera su propia esposa a la que apenas vio un par de veces en toda su vida.
Es de esperar que Felipe estuviera hasta las narices de aquel rey que se creía un héroe de leyenda. Ricardo era pendenciero y traicionero, estaba ahogando en impuestos a sus súbditos para pagar sus locuras y, si bien es cierto que era un gran general y ganaba más batallas que perdía, como estratega era nefasto: luchaba allí donde no obtendría beneficio alguno y evitaba batallas que podrían ser cruciales. Elegía el campo de batalla en función del honor y la gloria que pudiera obtener. Felipe mandaba a sus ejércitos allí donde era necesario, pero prefería usar la intriga y las maniobras políticas para conseguir sus fines, lo que implicaba un menor derramamiento de sangre. Sin embargo era a Ricardo a quien adoraba la gente, era Ricardo el que protagonizaba las canciones, el que era considerado el ideal personificado de la caballería. Las madres musulmanas asustaban a sus hijos con un ¡Qué viene Ricardo! como quien hoy dice ¡Que viene el coco!. Felipe también había luchado en Tierra Santa y también se había enfrentado a Saladino (el tercer gran héroe de la época), pero nadie asustaba a sus hijos diciendo ¡Qué viene Felipe Augusto!
Felipe Augusto
No es de extrañar que la noticia del cautiverio de Ricardo a manos de su enemigo, Enrique VI de Alemania, cuando regresaba de las cruzadas fuera un motivo de gran alegría para Felipe. El rey francés no tardó en aliarse con el hermano menor de Ricardo, Juan Sin Tierra, prometiéndole el trono de las islas a cambio de que entregara a Francia gran parte de las posesiones inglesas en el continente, entre ellas Normandía. Para alguien que se había enfrentado a Ricardo Corazón de León, lidiar con Juan Sin Tierra era como quitarle un caramelo a un niño. Pero la alegría de Felipe duró poco. Los numerosos partidarios de Ricardo reunieron la increíble suma de dinero que el rey alemán pedía por su rescate. El león volvía a casa y con él, los dolores de cabeza de Felipe.
Ricardo no tardó en poner en su sitio a su hermano Juan. Lo mandó a Irlanda y se volvió a proclamar rey de Inglaterra. Pronto recuperó las tierras perdidas por Juan, entre ellas la más importante: Normandía. Ricardo estaba empeñado en que Normandía permaneciera en manos inglesas y para ello decidió construir la mayor fortaleza que nadie hubiese contemplado jamás. No solo quería un castillo inexpugnable, Ricardo quería sobre todo un castillo sobre el que se escribieran canciones. Quería un castillo a la altura de su leyenda.
Para su emplazamiento eligió una meseta junto al Sena en Les Andelys, una población a 100 kilómetros de parís formada por dos aldeas fortificadas: Petit Andely y Grand Andely. Pese a que las obras duraron apenas un año, el castillo era realmente magnífico. No se parecía en nada a los pequeños castillos ingleses. Ricardo había invertido en aquella construcción más que en todos los castillos construidos en las islas durante todo su reinado. Como modelo, había usado los castillos de Tierra Santa y en su diseño se incluyeron las últimas innovaciones de la época. La gigantesca mole de piedra caliza dominaba la meseta sobre la que se alzaba, el valle a sus pies, el río Sena y toda Normandía, pues nadie controlaría jamás la región sin tomar aquella plaza. ¡Qué gallardo! se dice que exclamó Ricardo Corazón de León cuando vio acabado su castillo. Y así se llamó: Château-Gaillard, el castillo gallardo.
Château-Gaillard solo se podía atacar por el sur, ya que el resto de sus lados estaban protegidos por escarpados riscos. Los enemigos únicamente podían acceder por la suave pendiente de su cara sur pero allí se encontraba la primera fortificación: una construcción triangular con murallas de cuatro metros de grosor, tres inmensas torres y dos más pequeñas. Si se superaba esta parte se llegaba al segundo recinto, más grande y protegido por una muralla igual de imponente y cinco altas torres, todo ello rodeado por un profundo foso. Y dentro de este segundo recinto estaba el tercer obstáculo: una muralla con diecisiete torres, que protegía el torreón principal y las construcciones más importantes. Todos los muros eran festoneados con lo que se minimizaba el efecto de los proyectiles de catapulta. Bajo tierra había una red de túneles y almacenes dispuestos para guardar provisiones en caso de asedio.
Por si esto fuera poco, el cerro mismo donde se alzaba el castillo estaba protegido por una red de fosos y murallas. Además, bajo el castillo estaba Les Andelys y, junto a pueblo y castillo, había una isla fortificada que dominaba el cauce del Sena. Los tres asentamientos estaban unidos por una red de cadenas de hierro bajo el agua que, en caso de necesidad, se podían alzar y bloquear por completo el tráfico fluvial.
Ricardo quería un castillo digno de las historias de caballería y lo había conseguido.
Felipe II probablemente tardó un tiempo en creerse las noticias que llegaron a él en abril de 1199. Ricardo había acudido en persona a lidiar con un señor menor de Limoges que se había sublevado. El noble se había hecho fuerte en Chalus-Chabrol, un castillo insignificante y apenas protegido, pero Ricardo se empeñó en llevar aquel asunto en persona. Una vez en el lugar, se acercó él mismo a las murallas del castillo para inspeccionarlas y planear el asalto pero, antes de que pudiera darse cuenta, tenia una saeta clavada en el hombro y un ballestero daba saltos de alegría en la muralla enemiga. Ricardo se enfureció y ordenó el asalto inmediato al castillo. Se puso al frente de sus tropas sin detenerse siquiera a que el médico le extrajera el proyectil. La plaza cayó con facilidad pero cuando Ricardo acudió a que le curaran ya era demasiado tarde, la herida estaba infectada. La gangrena se llevó la vida de Ricardo Corazón de León pocos días después. Para Felipe aquello fue un regalo de Dios. Su archienemigo había muerto y no de una forma honorable y caballeresca, sino profundamente estúpida, en una batalla insignificante y sin gloria alguna.
El sucesor de Ricardo fue su hermano menor Juan Sin Tierra que pasó por encima del auténtico heredero al trono inglés: Arturo. Arturo era hijo de Godofredo, hermano de Juan y Ricardo. Godofredo, aunque muerto tiempo atrás, había nacido antes que Juan por lo que cualquier hijo que tuviera iba por delante de éste en la línea sucesoria. Pero el caso es que Arturo era pupilo (o rehén, según se mire) de Felipe II y, pese a ser el legítimo heredero, se le consideraba más francés que inglés. Además, las leyes de sucesión podían ser interpretadas tanto como férreas normas inquebrantables, como simples recomendaciones generales, según los intereses del aspirante en cuestión. La realidad es que Juan no tuvo problemas ni reparos en poner sobre su cabeza la corona de Inglaterra.
Felipe esperó. Juan no era Ricardo. No tenía su carisma, ni sus seguidores, ni su resolución en el campo de batalla. Como había supuesto el rey francés, muchos nobles retiraron su apoyo al nuevo monarca; más que por creyeran que era un usurpador, lo abandonaban por considerarlo débil e indigno. Tras un par de años, cuando Juan ya había demostrado su ineptitud y con gran parte de su pueblo en contra, Felipe sacó del armario a Arturo, revindicó los derechos del niño al trono, prestó apoyo a su causa y se lanzó a la guerra contra Inglaterra. Arturo duró muy poco. Juan consiguió capturarlo en la batalla de Mirebeu. Ordenó que le cortaran la polla y, con ella, cualquier aspiración que pudiera tener a la corona. El chico murió de la conmoción.
Pero a Felipe II le importaba poco Arturo y sus aspiraciones, que no eran más que una excusa para comenzar la guerra. Su objetivo era recuperar gran parte de las tierras inglesas en el continente. Sobre todo quería volver a tener en sus manos Normandía. Tras una campaña relámpago en la que arrebató a Juan todas las fortalezas menores de la zona, en 1203 se lanzó al asalto del castillo Gallardo.
¡Lisa! En esta casa se respetan las leyes de la termodinámica
Homer J. Simpson
Castillo de Weissenstein, Suiza, 1721
Movimiento Perpetuo no asalariado
Daniel Schumacher no sabía muy bien como se había metido en aquella situación. Él, que no era más que un simple bibliotecario, se encontraba de pronto de viaje por Europa con la misión de recopilar todo el saber disponible en temas de ciencia que hubiera en el mundo y llevarlo a su país. Y todo por la manía que le había entrado a su señor con aquello de modernizar el país.
Pedro I el Grande estaba poniéndolo todo patas arriba. Primero se había empeñado en incorporar a las mujeres a la vida pública. ¡Incluso les recomendaba que dejaran de cubrirse la cabeza! Más tarde le dio por popularizar eso que llamaban prensa y que ponía al alcance de cualquiera el conocimiento que antes tenían unos pocos. Finalmente, el zar puso su ojos en un creciente grupo de gente que medraba en Europa y que en los últimos tiempos estaban haciendo bastante ruido, sobretodo en Francia e Inglaterra. Se llamaban a si mismos filósofos naturales y se habían propuesto descubrir como funciona el mundo. Lo curioso es que, al parecer, lo estaban consiguiendo.
Schumacher observó todos los cambios que sacudían su país con la seguridad y la tranquilidad que le proporcionaba el hecho de saber que, fuera cual fuera la siguiente locura que se le ocurriese al zar, al último que iba a elegir para llevarla a cabo era a un bibliotecario. Se equivocó. Pedro I necesitaba a alguien inteligente y educado para fisgonear en los círculos científicos europeos; pero, por desgracia, su afición a las fiestas, a las orgías y a competiciones que incluían trenzas, alcohol y lanzamiento de hachas, le había llevado a rodearse de una corte poco interesada en la filosofía natural. Debió pensar entonces que quién puede ser más inteligente y educado que un bibliotecario. Como Terry Pratchett, Pedro I debía pensar que si pones a la gente junto a un montón de libros el suficiente tiempo; al final, el conocimiento acaba fluyendo de unos a otros. Y así acabó Daniel Schumacher, bibliotecario de la corte que, en efecto, era inteligente y tenía una solida formación aunque no en ciencias, de gira por Europa, entrevistando a científicos, metiendo las narices en las recién creadas Academias y acumulando todo el saber que podía para llevarlo a Rusia. Hasta que llegó a un remoto castillo en Suiza.
Pedro I había proporcionado al bibliotecario una lista de tareas entre las que estaban comprar libros, invitar a los científicos a visitar Rusia o “traer un maestro que pueda hacer experimentos”. Una de las tareas era visitar a un tal Orffireus y ver si su máquina perpetua, esa de la que tanto se hablaba, podría tener alguna utilidad para Rusia.
Johann Bessler, alias Orffireus, era un extraño personaje que había paseado su móvil perpetuo por toda Europa. Se decía que su invento era auténtico ya que nadie había logrado descubrir trampa alguna, pero lo cierto era que Bessler nunca había permitido a nadie examinar el interior de su “rueda eterna”. Cada vez que algún escéptico entrometido insistía en examinar su máquina, Orffireus la destruía y se mudaba a otra ciudad donde volvía a construir su maravilloso invento. Con el tiempo, estos cambios de domicilio eran cada vez más frecuentes. Orffireus, enemigo de la falsa modestia, publicó un libro titulado «El célebre móvil perpetuo de Orffireus» y aseguró que solo dejaría examinar su rueda a quien le pagara una elevada suma de dinero.
El lugar donde Daniel Schumacher esperaba encontrar a Orffireus era el castillo de Weissenstein, una de cuyas salas era el último lugar conocido donde se había construido el móvil perpetuo. Por desgracia, Schumacher llegó tarde. Cuando el bibliotecario apareció por el castillo, la máquina no era más que un montón de astillas. El físico holandés Willem Jacob's Gravesande había mostrado un inquietante interés en conocer los mecanismos internos de la rueda de Orffireus y éste decidió destruirla y cambiar de nuevo de residencia.
Aunque Schumacher no pudo ver el móvil perpetuo si que llegó a tiempo de entrevistar a Orffireus, que todavía no había abandonado Weissenstein, con intención de averiguar que interés podría tener para el zar el famoso invento. Schumacher aseguró al inventor que su patrón podría gastarse mucho dinero en una máquina semejante pero que antes debían mostrársele pruebas de su funcionamiento. La respuesta fue clara: «Ponga en un lado 100 000 rublos y en el otro yo pongo la máquina» (Brodianski, Móvil perpetuo antes y ahora)
Antes de volver a Rusia Schumacher tuvo tiempo de entrevistar a Christian Wolff sobre la veracidad de las afirmaciones de Orffireus y de su máquina. Las opiniones negativas del Wolff quedaron reflejadas en el informe que presentó al zar. También en dicho informe figura la sensata opinión del propio bibliotecario sobre el asunto: «De este escrito Su Majestad Imperial puede ver que este móvil perpetuo no es muy perfecto»
Es posible que, años después, una vez el zar le había concedido el honor de ser el primer director de la recién creada Academia de las Ciencias de San Petersburgo, Schumacher tuviera noticia del destino de Orffireus. De ser así, probablemente no se habría extrañado al conocer que el inventor había caído en desgracia tras descubrirse que su famosa rueda era un fraude. Sus criados y su mujer lo denunciaron públicamente. Ellos eran quienes, instalados en la habitación contigua a la máquina, giraban una rueda que, conectada mediante ejes ocultos, hacia moverse la máquina. La razón por la que decidieron contar la verdad era que Orffireus nunca había compartido con ellos el dinero que ganaba exponiendo su invento. Ni siquiera les pagaba un sueldo por el trabajo extra.
El caso de Orffireus podría servir como ejemplo de la primera ley de la termodinámica aplicada al mundo laboral: el trabajo no es gratis.
California, 1966
El motor semestral de Mr. Papp y el físico impertinente
Puede que Mr. Papp fuera un tramposo más en la larga lista de inventores de máquinas perpetuas pero no se puede negar que tenía estilo. A la hora de hacer una puesta en escena impactante Mr. Papp no tenía rival.
La historia de Mr. Papp comienza en el mar, una noche de verano de 1966, a escasa distancia de las costas francesas. Un barco pesquero que salía a faenar del puerto de Brest se encontró con una balsa hinchable a la deriva. Al acercarse descubrieron que estaba ocupada por un hombre al que se apresuraron a subir a bordo. El náufrago iba vestido como un piloto de la segunda guerra mundial, incluyendo el casco y las gafas, y se presentó como Josef Papp, ingeniero canadiense (aunque luego se descubrió que era húngaro). Cuando los pescadores le interrogaron sobre su situación, el naufrago relató como acababa de escapar por los pelos de una muerte segura ya que su submarino había sufrido un accidente. Los marineros preocupados le preguntaron por el resto de la tripulación pero Mr. Papp se apresuró a tranquilizarlos: no había ninguna tripulación. Josef Papp aseguró que acababa de cruzar el Atlántico en solitario, en un viaje de tan solo trece horas de duración, a bordo de un submarino a reacción que había construido en el garaje de su casa.
La prensa no tardó en dar una gran cobertura al caso Papp. Poco importó lo increíble que resultaba el submarino que afirmaba haber construido y que, según él, alcanzaba los 500 km/h. Tampoco se tuvo en cuenta el hecho de que los marineros que lo rescataron encontraron dos billetes de avión en la chaqueta del ingeniero. Eran para el vuelo Montreal-París. Ida y vuelta. Y el de ida había sido usado. Ni siquiera se prestó atención a los pasajeros del vuelo que reconocieron a Mr. Papp y afirmaron haber viajado con él de Canada a Francia. La verdad no importó demasiado a la prensa, la historia que contaba Josef Papp era mucho más interesante.
Una vez convertido en celebridad, Mr. Papp anunció al mundo su nuevo invento: el motor eterno. Bueno, eterno, lo que se dice eterno no era. Más bien semestral. Pero a efectos prácticos podemos tratarlo como una máquina de movimiento perpetuo. Según Papp, un coche equipado con uno de sus motores podría funcionar durante seis meses a pleno rendimiento antes de necesitar repostar. El repostaje consistía en la inyección de una mezcla de gases directamente en los cilindros y otorgaba al vehículo seis meses más de autonomía.
Eran los años sesenta y Mr. Papp supo adaptar a la perfección el fraude del movimiento perpetuo a los nuevos tiempos. Por primera vez encontramos elementos que luego serían comunes en este tipo de fraudes. Papp hacía hincapié en las virtudes ecológicas de su motor. Según él, su máquina no producía ningún tipo de contaminación atmosférica y los gases que necesitaba para funcionar se obtenían de manera sencilla sin destruir el medio ambiente. Además del ecologismo, otro movimiento hijo de los sesenta era clave en la historia del ingeniero: el conspiracionismo. Papp aseguraba haber estado negociando la venta de su motor con algunos fabricantes de automóviles pero, a pesar del interés que tenían varias marcas en adquirir su producto, las compañías petroleras habían presionado para que las creaciones de Papp no encontraran comprador.
Mr. Papp, con los medios dando cobertura a todo lo que decía, anunció al mundo su motor perpetuo semestral y fijó una fecha para la presentación oficial de su invento. Sería ese mismo año en California. Cualquiera podría asistir a la puesta de largo del motor y, tras ese día, las compañías petroleras no podrían seguir negando la existencia de la máquina que iba a cambiar el mundo. Lo que no sabía Josef Papp era que en California iba a encontrarse con la horma de su zapato.
Un grupo de estudiantes de física de Caltech se enteraron de las hazañas de del ingeniero del submarino a reacción y decidieron acudir a la presentación de su motor. Para horror de Mr. Papp los estudiantes convencieron a uno de sus profesores para que fuera con ellos.
El día en cuestión llegó y Mr. Papp y su invento se encontraron rodeados por decenas de interesados. Estudiantes, inversores, ingenieros y simples curiosos rodeaban al inventor y al coche en marcha que, en teoría, funcionaba gracias al maravilloso motor semestral. Entre todos ellos había una persona que estaba poniendo de los nervios a Josef Papp. Había llegado con los estudiantes de física y no paraba de burlar las medidas de seguridad para meter su nariz por todas partes. Además, mientras que el resto de la gente manifestaba su asombro, el entrometido no hacía más que formular preguntas incómodas del tipo: ¿Cómo es que, siendo un motor de combustión, suena como un motor eléctrico? ¿Qué encontraré si sigo esos cables que salen del coche y entran en esa construcción? ¿Puedo desenchufar ese cable? ¿Por qué solo va a estar funcionando un par de horas el coche? ¿Podría dejarlo en marcha un poco más?
Mr. Papp estaba desquiciado. Él quería impresionar a la prensa y aquel físico entrometido no hacía más que ponerlo en evidencia. El profesor no era otro que Richard Feynman y estaba consiguiendo que Papp se arrepintiera de haber elegido California para presentar su motor. En un momento dado, poco antes de que llegara la hora prevista para poner fin al acto de presentación, Josef Papp desapareció en el interior de un edificio y el infierno se desató. Una gran explosión convirtió en chatarra el motor semestral. Varias personas resultaron heridas, dos de ellas de gravedad, y una murió a causa del impacto de una de las piezas del motor que le atravesó el pecho.
La investigación posterior no consiguió determinar la causa de la explosión. Mr. Papp acusó a Richar Feynman de trabajar de forma encubierta para las petroleras y haber saboteado su invento. Feynman, por su parte, escribió un artículo relatando lo sucedido y expresando sus sospechas de que el autor de la explosión había sido el propio Josef Papp que veía así reforzada su tesis conspiracionista.
Mr. Papp y su motor se fueron disolviendo en el olvido con el paso del tiempo aunque hoy en día aun existen varios grupos de defensores del inventor. Afirman que Papp se llevó a la tumba su secreto y nunca podremos disfrutar de su motor ya que alguien (lease petroleras, CIA, Illuminatis, masones, o cualquier otro grupo a gusto del consumidor conspiranóico) se había encargado de eliminar los registros de sus patentes. Lo cierto es que las patentes de Josef Papp no han sido eliminadas, siguen a disposición de cualquiera en la Oficina de Patentes Americana: Patente 1, Patente 2, Patente 3. Después de treinta años siguen esperando a que alguien consiga hacerlas funcionar.
Nueva Orleans, 1984
El astronauta que acabó con el movimiento perpetuo
El Superdome de Nueva Orleans es un gran estadio con capacidad para casi setenta mil espectadores. Suele ser escenario de acontecimientos deportivos, conciertos o actos políticos durante las campañas electorales. Recientemente su nombre se hizo popular debido al papel que jugó durante el desastre causado por el Katrina. En su interior se refugiaron miles de personas y, pese a sufrir considerables daños, el edificio aguantó.
En 1984 un mecánico llamado Joseph Newman alquiló el Superdome durante una semana completa. Cada día, miles de personas acudían a ver al hombre destinado a cambiar el rumbo de la historia. Newman estaba librando una cruzada y necesitaba la ayuda de la opinión publica. Los espectáculos en el Superdome eran la culminación de una campaña que había consistido en apariciones en televisión, radio y numerosas entrevistas en periódicos y revistas. En el Superdome, Newman aparecía ante su público subido en un coche y daba varias vueltas saludando a la gente que no dejaba de aplaudirle. Después detenía el vehículo y pronunciaba la frase que hacia enloquecer al público: “Este coche podría estar dando vueltas de forma indefinida. ¡No necesita combustible!”
La historia de Newman era una buena historia para la prensa. El clásico enfrentamiento de David contra Goliat que encanta a los medios. Joseph Newman aseguraba haber descubierto un motor que no necesitaba combustible. Su máquina, afirmaba, producía mas energía de la que consumía. Era la clase de descubrimiento que pondría al mundo patas arriba, una revolución energética mucho más importante que cualquiera de las precedentes. Pero había un problema: la Oficina de Patentes no quería aceptar el diseño de Newman.
Desde principios del siglo XX la Oficina de Patentes de los Estados Unidos no admite diseños de móviles perpetuos. Era una cuestión práctica, el aluvión de este tipo de diseños durante el siglo XIX fue tal que en la oficina de patentes decidieron establecer una norma para cerrar el grifo. Solo serían aceptadas patentes de este tipo si el inventor en cuestión era capaz de mostrar su máquina en funcionamiento. El motor de Papp consiguió eludir esta regla ya que no era un móvil perpetuo propiamente dicho al necesitar una inyección de gas cada seis meses. Pero el invento de Newman fue rechazado.
Newman denunció a la Oficina de Patentes pero perdió. El juez decidió aprender termodinámica por su cuenta durante el juicio y llegó a la conclusión de que el motor de Newman era un móvil perpetuo y por lo tanto no tenía derecho a patente a no ser que demostrara su funcionamiento. Newman inició entonces su campaña publicitaria por diversos medios de comunicación. Quería conseguir los apoyos necesarios para que el Congreso de los Estados Unidos forzara a la Oficina de Patentes a aceptar su invento. Y los consiguió.
Joseph Newman se presentó para hablar ante el Congreso el 29 de julio de 1986 de la mano del senador por Misissipi Thad Cochran y con el apoyo de varios senadores más. Después de perder su anterior juicio Newman modificó la teoría según la cual funcionaba su dispositivo. Ahora aseguraba que no era un móvil perpetuo lo que había inventado. Explicó a los congresistas que su máquina sí que consumía energía, de hecho se devoraba a si misma según la ecuación de Einstein (E=mc2), debido a lo cual podía permanecer en funcionamiento miles de años sin poder ser considerado un móvil perpetuo estrictamente hablando. Aunque esto no era más que una argucia para burlar la norma de la Oficina de Patentes la mayoría de los congresistas eran incapaces de apreciar la trampa. Su formación era en derecho o en economía y no tenían ni idea de formulas, móviles perpetuos o máquinas que se devoraban a si mismas. Lo único que veían era a un amable y sincero mecánico al que la gente adoraba y cuyo invento supondría un ahorro de miles de millones de dólares. Además su creación estaba avalada por un informe del ingeniero electrónico William Schuyler.
Fue entonces cuando un astronauta carraspeó y pidió la palabra. John Glenn, antiguo heroe de la NASA y primer americano en órbita, era por aquel entonces senador por Ohio y, probablemente, el único en toda la sala con los conocimientos necesarios para olerse el engaño de Newman. La pregunta de Glenn dejó a Newman sin habla por primera vez en toda su comparecencia:
“-Se trata de un problema bastante sencillo -dijo-. Se mide la energía de entrada y la energía de salida, y se mira cual de las dos es mayor. ¿Estaría el señor Newman de acuerdo con esto? Si lo está -continuó Glenn sin esperar respuesta-, ¿qué laboratorio le gustaría que hiciera las mediciones?”
Robert L. Park, Ciencia o vudú
La única respuesta que Newman consiguió articular consistió en algunos balbuceos sobre el insulto que tal prueba supondría para los científicos que ya habían examinado su invento. A pesar de todo, no fue la pregunta de Glenn lo que hizo que el Congreso rechazara la petición de patente de Newman sino una carta que pasaron al astronauta en la que quedaba probada la relación personal de Joseph Newman con William Schuyler, que había realizado el informe favorable a su máquina. Como ya he dicho, la mayoría de congresistas eran abogados y no tenían la mas mínima idea de física, pero sabían oler un conflicto de intereses a kilómetros. No fueron las leyes de la termodinámica las que desbarataron el negocio de Newman, sino las leyes federales.
EPÍLOGO
Los tramposos del movimiento perpetuo han sido muchos y siguen apareciendo en los medios regularmente. Después de prometer la solución a los problemas energéticos de la humanidad en algún informativo veraniego suelen caer en el olvido, incapaces de mostrar sus inventos en funcionamiento (Vease el caso Steorn)
Imagina un juego. El único jugador, que tengamos constancia, se llama ser humano. La partida es bastante larga, lleva en marcha unos cuantos miles de años. El objetivo es simple: crear trabajo. Cuanto más trabajo y de forma más eficiente produzcamos, mejor. Nadie nos obliga a jugarlo y, sin embargo, no existe grupo humano que no lo haya jugado a conciencia a lo largo de su historia.
Imaginemos ahora una comunidad humana que está empezando a jugar. Al principio la partida no pinta nada bien, únicamente disponemos de nuestro cuerpo para producir trabajo y, seamos sinceros, nuestro cuerpo no es gran cosa. La potencia que podemos ejercer por nosotros mismos es, más o menos, de medio caballo de vapor. No es mucho. Poco trabajo podemos producir con eso. Los “machos alfa” de nuestro grupo imaginario a lo mejor llegan a 1 cv de potencia (ser potente es uno de los requisitos para el oficio de “macho de alfa”) pero eso tampoco es para tirar cohetes. Además, solo podemos desplegar nuestra máxima potencia durante un breve periodo de tiempo. Después quedamos agotados porque resulta que, además de poco potente, el ser humano tampoco dispone de mucha energía para gastar.
Por si todo esto fuera poco, empleamos cerca de un veinte por ciento de nuestras reservas de energía en mantener en funcionamiento un extraño aparato. Se le suele calificar como el nova mas de la perfección en el mundo natural, un milagro, un ordenador maravilloso y preciso que nos ha regalado la evolución: el cerebro humano. El caso es que, cuanto más sabemos sobre el cerebro, menos se parece a la imagen clásica de supercomputador. De hecho, si continuamos con las analogías informáticas el cerebro se parecería mas a un PC destartalado y obsoleto al que le hemos ido añadiendo memoria y procesadores, lleno de parches, bucles, empalmes y remiendos con cinta aislante. Además, todavía no tenemos mucha idea de como funciona el software; ni el que trae de serie, ni el que vamos instalando con el paso del tiempo. Sea como sea, flamante computador o cacharro al borde del colapso, el cerebro funciona. Y funciona lo suficientemente bien para recuperar con creces ese veinte por ciento de energía que invertimos en él. Lo cierto es que el cerebro es nuestra mejor baza en el juego del trabajo.
A estas alturas supongo que te estarás preguntando sobre la importancia de este supuesto juego y, sobretodo, por qué hablo de él en un blog sobre errores o trampas. La respuesta a la segunda pregunta es simple: yo quería hablar de un grupo de tramposos pero no puedo hacerlo sin antes explicar el juego al que intentaron hacer trampas. Y respecto a la primera pregunta la respuesta es que este juego es muy importante. Tanto que si pudiéramos estar presentes en los momentos de cambio o desarrollo más significativos, para bien o para mal, de la humanidad y nos permitieran echar un vistazo entre bastidores descubriríamos algo sorprendente. Allí, ocultos en las páginas de los libros de historia tras los reyes y los generales, están los jugadores. Cada gran cambio histórico esconde una apasionante partida de este juego.
Las primeras civilizaciones humanas fueron posibles gracias a grandes jugadores. Ellos fueron los que consiguieron la rueda, la polea, la palanca, la grúa, la organización del trabajo o el plano inclinado. Otros pensaron que lo mejor era poner en nómina a la naturaleza y que ella se encargara del trabajo duro. Así se ganó la partida de la domesticación del buey (que tiene la potencia de varios seres humanos y además recarga él solo sus reservas de energía pastando) y la del uso de las crecidas de los ríos para irrigar los campos sin mover un dedo. Por primera vez, se producían alimentos para un porrón de gente con el trabajo de muy pocos. Esto condujo a una situación completamente nueva para el ser humano: un montón de personas, un número nunca antes visto, se habían establecido juntas de forma permanente y la gran mayoría de ellas no tenía nada que hacer. Aquellos que no tenían que trabajar en la obtención de sustento se dedicaron a sus hobbies: inventar la escritura, los gobiernos, los números, los oficios, el comercio, la religión organizada, los ejércitos, la arquitectura, las leyes y, también, descubrir nuevas formas de producir trabajo. El juego no se detiene y estábamos empezando a pillarle el tranquillo.
Las reglas del juego
La termodinámica es curiosa. La primera vez que te enfrentas a ella, no la entiendes del todo. La segunda vez, crees que la has entendido, salvo algún detalle sin importancia. La tercera vez te das cuenta de que no la entiendes en absoluto pero estás tan acostumbrado a ella que ya no importa.
El juego no traía manual de instrucciones. Las reglas debían descubrirlas los jugadores por ellos mismos. Esto, en realidad, nunca supuso mayor problema: aunque las leyes generales no se descubrieran hasta hace relativamente poco, los seres humanos siempre han intuido las escasas reglas que gobiernan el juego del trabajo. Hemos tenido mucho tiempo para acostumbrarnos a ellas.
La primera regla es fácil: nada es gratis y el trabajo, menos. Y ahora, un breve inciso. Por trabajo me estoy refiriendo al proceso de transformar un tipo de energía en otra. Me explico. Pongámonos en la piel de un arquitecto egipcio (egipcio de los de antes, de los que construían estatuas de cuatro dedos). Le han encargado construir una pirámide. El tipo está un poco agobiado porque se le está echando el tiempo encima, apenas tiene dos o tres décadas para acabar la obra y ni siquiera han aparecido visitantes del espacio exterior para hacerle el trabajo. El caso es que nuestro arquitecto necesita mover unos pedruscos enormes y para eso hace falta mucha energía. Por supuesto él no puede hacerlo por si mismo, ya hemos visto que el cuerpo humano tiene escasas reservas de energía... Pero, ¿qué pasa si tenemos un montón de “cuerpos humanos”? Los egipcios tenían esclavos abundante mano de obra. El método, el cruel método, era sencillo: pon a tropecientos trabajadores a empujar la piedra. Cada uno ellos perderá energía en el proceso pero esa energía no desaparece, tan solo se transforma. Mediante el trabajo (empujar) la energía de los trabajadores esclavos pasa a la piedra transformada en energía cinética y, si ésta es suficiente, el pedrusco se moverá. El arquitecto podrá dormir tranquilo y los trabajadores esclavos planear un éxodo.
Un ejemplo más actual y menos bárbaro. Imaginemos que tenemos una lata de gasolina. Con simplemente aplicar una chispa al líquido tendremos grandes cantidades de calor pero resulta que lo que nosotros queremos no es calentarnos sino movernos. No pasa nada, tan solo tenemos que inventar una máquina que sea capaz de llevar a cabo el trabajo necesario para convertir calor en movimiento (motor de combustión interna). Es recomendable, si no queremos tener problemas, que nos proveamos también de una máquina que se encargue del trabajo inverso: volver a convertir el movimiento en calor. Se suelen llamar frenos.
Bien, vuelvo a las reglas del juego. La primera es simple: es imposible construir una máquina que, tras realizar un trabajo, produzca más energía de la que gasta. Sería como intentar hacer aparecer la energía de la nada y eso no esta bien. No es jugar limpio. Si esta regla no existiera podríamos construir un motor con un rendimiento energético de, por ejemplo, el 105%. Eso significa que el motor sería capaz de abastecerse a si mismo, conectando la salida a la entrada, y aun produciría un excedente energético del 5%. Con máquinas así la energía sería gratis, se acabó pagar la factura de la luz.
Pero, ¿y si no queremos excedente de energía?. A lo mejor solo queremos una máquina que se autoabastezca. Una máquina que se mantenga a sí misma en funcionamiento pero no produzca excedente de energía. Un rendimiento del 100% no viola la primera regla del juego. Aunque una máquina así no produciría trabajo útil, pues gastaría toda su energía en mantenerse a si misma, siempre la podríamos usar como adorno. Desgraciadamente la segunda regla del juego nos priva de tener un móvil perpetuo adornando nuestro despacho. Esta regla dice que, a no ser que consigamos temperaturas de 0º absoluto, tampoco podemos construir nada con un rendimiento del 100%.
No existen máquinas perpetuas simplemente porque la energía se escabulle por todas partes. Volvamos a nuestro motor de combustión. Nosotros queríamos conseguir energía cinética, es decir movernos, pero eso es solo una parte de lo que en realidad obtenemos cuando ponemos en marcha el motor. Una parte muy alejada del 100%. Gran cantidad de energía se desperdicia en formas de ondas sonoras o de calor, tanta que hemos tenido que inventar mecanismos como el radiador, el tubo de escape o el silenciador para lidiar con toda esa energía desbocada. Y nosotros solo queríamos movimiento.
Por último, por si alguien tenía pensado agarrarse a la letra pequeña de la segunda regla, está la tercera regla del juego. Es también clara y nos impide salirnos por la tangente: nunca, jamas, de ninguna manera, se puede alcanzar el 0º absoluto.
Ya conocemos el juego y sus instrucciones. En el próximo artículo hablaré de los tramposos.
- A los lectores habituales. Por no incluir ningún fraude en esta primera parte y salirme así de la temática del blog. Prometo que en la segunda parte hay estafadores de sobra para compensar.
- A los físicos por las patadas que acabo de darle a la termodinámica, por las simplificaciones imperdonables y por los errores que haya podido cometer.
- A los historiadores, por ventilarme la revolución neolítica con un par de frases chorras. Ah, y por poner una estatua de atrezzo al hablar de los egipcios (No he podido evitarlo)
Perdón a todos, pero necesitaba este artículo para poder escribir el siguiente. :-P
Corrijo el error de los esclavos egipcios. Cortesía de dos comentarios anónimos. ¡Gracias!
Más allá hay monstruos escribía el cartógrafo medieval cuando llegaba a la parte del pergamino en la que sus conocimientos flaqueaban. Si nadie había vuelto tras intentar cruzar este mar o aquel desierto por algo sería, pensaría el maese. Allí había monstruos, sin duda. Lo cierto es que el cartógrafo jamás había visto un monstruo ni había conocido a nadie que lo hubiera visto. A pesar de ilustrar con sierpes y dragones los mares más inhóspitos, nunca se había encontrado con estos seres. De barcos hundidos por tormentas y de caravanas devoradas por la arena sí que tenía constancia, pero optaba por los monstruos cuando tenía que representar en sus portulanos un lugar del que nadie, que él supiera, había regresado. Esta muestra de irracionalidad, podrán pensar algunos, se debe sin duda a la época en la que le tocó vivir. Si el cartógrafo era un palurdo supersticioso es porque el medievo fue un tiempo de palurdos supersticiosos. Nada que ver con nosotros, “los de ahora”, mucho más sabios y racionales...
Lo cierto es que el cuento de los mapas medievales poblados de monstruos no es más que eso, un cuento. Al igual que la idea de contemplarnos a nosotros mismos como unos seres completamente distintos a los que vivieron nuestro pasado, cuando no eran más que nosotros ayer.
Los dibujos de monstruos en mapas antiguos no son un mito, pero sí algo anecdótico. De los cientos de mapas y portulanos que se conservan, los que tienen figuras fantásticas se pueden contar con los dedos (aquí hay una lista de mapas con seres mitológicos). En cuanto a la frase “Más allá hay monstruos”, que todo el mundo parece identificar con los mapas medievales, no es más que un invento moderno. No se conoce el origen del mito pero lo que es seguro es que esa frase no aparece en ningún mapa antiguo. Lo más parecido que podemos encontrar es un texto, escrito en la costa este de Asia, en el Globo Lenox, el segundo orbe terrestre más antiguo que se conoce, que reza: “HC SVNT DRACONES” (Aquí hay dragones, en latín) Eso es todo. La práctica totalidad de portulanos medievales se ceñían a las necesidades de comerciantes y navegantes; y éstos no querían monstruos sino distancias, ciudades, puertos, rutas y accidentes geográficos. Para la mayor parte de la gente, los monstruos eran parte del folklore, como ahora. Lo que preocupaba al pastor o al campesino era el tiempo, las plagas o el precio del grano. Como mucho los lobos. Pero, desde luego, no los dragones. Del mismo modo que hoy, por más que uno quiera creer, se preocupará por los grizzlies y no por los big-foots cuando se adentré en los bosques de Norteamérica. Y, si viaja en barco, aun siendo un amante del misterio, nuestro hombre de hoy estará atento al parte meteorológico, pendiente de las tormentas y no de los krakens. Si no es así, estaríamos hablando de lo que se suele llamar un imbécil clásico y de esos también había en la Edad Media. De hecho, son intemporales.
La difusión de los cuentos sobre monstruos, o sobre otras cosas fantásticas, tenía su nicho de mercado en el medievo. Solo que, al no haberse inventado todavía las revistas baratas ni los programadores de televisión, se difundía en forma de libros. De este subgénero poblado de dragones y unicornios, tenemos en España uno de los mejores ejemplos: el Jardín de las Flores Curiosas, de Torquemada. Antonio de Torquemada (no confundir con Tomás, el cabroncete, con el que no tenía ninguna relación) fue un autor de bestsellers del siglo XVI especializado en novelas de caballería. No podemos considerarlo un escritor medieval propiamente dicho pero, como en España llegamos tarde y mal a todo y el Renacimiento no fue una excepción, para el caso nos vale. Torquemada escribió su Jardín en forma de diálogo entre tres amigos y dividido en tratados. En cada uno de estos tratados, los amigos discuten sobre un tema misterioso. Un capítulo trata de lugares míticos, otro de monstruos, otro habla de poderes sobrehumanos y así hasta seis tratados sobre temas más o menos extraños.
Cervantes, en el Quijote, puso en boca del Cura una mordaz crítica al Olivante, otro libro de Torquemada, y de paso al Jardín de las Flores Curiosas:
“El autor de este libro -dijo el Cura- fue el mismo que compuso a Jardín de Flores; y en verdad que no sepa determinar cuál de los dos libros es más verdadero, o, por mejor decir, menos mentiroso; sólo sé que éste irá al corral por disparatado y arrogante”
Hay que decir que el mundillo del misterio no ha evolucionado mucho: los argumentos que usaban los protagonistas del Jardín... para defender la existencia de los monstruos son exactamente los mismos a los usados hoy en día:
“Yo no sé qué juzgar, porque tantos autores lo escriben y hacen mención de tantas monstruosidades, siendo tan graves y de tanta autoridad, que nos obligan a creer que los hay; y por otra parte, apenas se verá ahora ni se oirá de ninguno que haya en el mundo, ni que diga que lo ha visto, aunque nunca tanta parte de tierra se ha descubierto en el mundo, y no vemos que ni en la India Mayor, que los de la nación portuguesa han conquistado, ni en las indias occidentales se hayan hallado monstruos ningunos; pero en fin se entiende que es verdad lo que está escrito; y así, dicen que se han recogido a las montañas y partes que no son habitadas de gentes.”
A Torquemada ya le olía mal que los europeos no dejaran de llegar a tierras desconocidas y los dichosos monstruos no apareciesen por ningún lado. En la actualidad, a los monstruos la casa se les ha quedado mucho mas pequeña. Las montañas a las que se recogieron en el siglo XVI ahora tienen estaciones de esquí con tienda de regalos y las partes que no son habitadas de gentes seguro que son cruzadas por varios rallyes al año. Y los monstruos siguen sin aparecer. Google Earth no deja ni un pequeño espacio en blanco en el que escribir: Más allá hay monstruos, y en ninguna de sus fotos aparecen dragones.
Pero nada de esto importa. Hoy, como en la Edad Media, como siempre, sigue habiendo gente que, pasada la niñez, sigue creyendo en monstruos. Se llaman a si mismos criptozoólogos y a los monstruos los denominan críptidos; porque una cosa es creer en los monstruos y otra no sentir vergüenza al admitirlo. Usando estos términos la cosa queda entre académica y misteriosa, y los criptozoólogos pueden hablar en público de sus cosas de monstruos sin ruborizarse.
A los distintos tipos de monstruos también les han cambiado el nombre; se conoce que no quedaba serio ser investigador, con chaleco con bolsillos y todo, y que tu objeto de estudio sean los protagonistas de los libros de cuentos que leen tus hijos. Los dragones ahora suelen llamarse plesiosaurios (porque, sin duda, un inmenso reptil extinto hace millones de años es mucho mas creíble), viven en los lagos en lugar de en cuevas y, al contrario que sus tocayos prehistóricos, no necesitan emerger a respirar y solo suben a la superficie cuando su instinto les dice que se aproxima un turista con una cámara desenfocada. Al ser pocos y estar todos fichados, cada dragón tiene nombre propio, como los de las sagas nórdicas. El más famoso de ellos se llama Nessie y vive en un frío lago escoces rodeado de castillos medievales, el ecosistema perfecto para que un dragón se críe de forma saludable.
Como uno no puede pasarse los años buscando monstruos sin presentar resultado alguno, los criptozoólogos hacen suyos los descubrimientos de nuevas especies por parte de los biólogos. Todos los manuales de criptozoología que he consultado comienzan con un listado de especies recientemente descubiertas, desde el celacanto hasta el okapi, incluyendo decenas de invertebrados y pequeñas aves, mamíferos o reptiles. Puesto que ninguna de esas especies ha sido descubierta por ningún criptozoólogo el argumento pierde un poco de fuerza: “Eh, si esos científicos de Oxford han descubierto quince especies de escarabajos peloteros, ¿por qué nadie cree en mi plesiosaurio de veinte metros?”
Pero el principal motivo por el que no hay que tomarse en serio este argumento es que ni los mismos criptozoólogos lo hacen. En realidad, los escarabajos peloteros, las ratas o los ciervos enanos que descubran los biólogos les importan un bledo a los criptozoólogos. Los meten en la introducción de sus libros para que parezcan serios, pero en el resto de capítulos no se vuelve a hablar de invertebrados ni de pequeños mamíferos por ningún lado. ¿A quien le importan los escarabajos teniendo monstruos? Perdón, críptidos. Se habla en esos libros de gigantes peludos de tres metros de altura que viven en el Himalaya, aunque no se sepa muy bien de que viven. También suele tener su capítulo especial el, atención, hombre-polilla, bicho que goza de especial fama por ser un dos por uno de lo paranormal, mitad críptido mitad extraterrestre. Y no puede faltar el chupacabras, monstruo sobre el que solo se sabe seguro el nombre. No he conseguido encontrar dos descripciones iguales de este ser, ni siquiera parecidas; desde un perro mutante hasta un vampiro del espacio, pasando por un canguro infernal (lo juro), el chupacabras puede tener cualquier aspecto. Aunque mi favorito es el hombre rana de Loveland, una criatura que vive en los lagos de Ohio y que es clavadito al triste hombre pez de “La mujer y el monstruo”
Así que, la próxima vez que pensemos en el medievo como ese oscuro periodo de la historia poblado de ignorantes supersticiosos que creían en los monstruos será mejor que nos paremos a pensar en el programa que echan por la noche en la tele, en los suplementos que regalan con los periódicos o en esos tipos serios que, con cuarenta años, todavía se dedican a perseguir monstruos y lo admiten sin rubor.
Puede que más allá haya monstruos, el problema es que cada vez hay menos más allá.
Angulo, Eduardo; Monstruos, 2007
Torquemada, Antonio; El jardín de las flores curiosas, 1570 (Descubrí este libro gracias a Exapamicron, un blog muy interesante repleto de rarezas y curiosidades. Os lo recomiendo.)
González/Heylen; Al límite criptozoología, 2002
González/Heylen/Sánchez; El gran libro de la criptozoología, 2008
Estoy destinado a conocer el Secreto de la Felicidad Absoluta.
Sí, ya se que en este blog siempre he mantenido una postura escéptica con respecto a estos temas pero eso era solo porque el destino aún no me había señalado con el dedo. Es muy fácil apelar a la razón y alardear de incredulidad cuando no eres un Elegido, cuando no has atisbado el misterioso mundo que se esconde tras la cortina.
Hace unos días recibí una carta que iba a cambiar por completo mi vida. En cuanto vi el sobre comprendí que había algo extraño. A pesar de que en él se podía leer ¡¡¡CONTENIDO SECRETO!!!, el sobre era de esos con una ventanita de plástico trasparente en una esquina, por lo que se podía leer parte de lo escrito en las hojas del interior: TE HAN ELEGIDO A TI ¡¡¡Formas parte de los 7!!!
NOTA: Conviene, antes de seguir, aclarar algunas características propias del lenguaje usado por los que han alcanzado la felicidad. Las mayúsculas, por ejemplo, no se emplean únicamente en los nombres propios sino que su uso se extiende a todas aquellas palabras que nos parezcan Importantes. Si creemos que un término es MUY IMPORTANTE, debemos escribirlo por completo en mayúsculas.
Por otro lado, el signo de admiración también tiene un uso distinto al que le dan los no versados. El Lenguaje de la Felicidad invita a usarlo con generosidad hasta el punto de encerrar casi cada frase entre signos de admiración. Si la frase en cuestión hubiera requerido de una admiración en el habla normal (o habla infeliz), entonces usaremos dos. Como medida excepcional se podrán usar hasta tres exclamaciones, siempre y cuando el espectacular efecto que esto provoque esté justificado. (La pronunciación correcta de la triple exclamación, por ejemplo ¡¡¡Destino!!!, es, según los expertos consultados, una pronunciación chanante)
Ah, y los números se escriben siempre con cifras nunca con palabras.
La carta, Personal y Confidencial, venía de Madrid y estaba firmada por el Profesor Berthold von Graaf, del IFA (International Foundation for Abundance) El carácter único del profesor von Graaf le permite esas excentricidades propias de grande hombres tales como, en lugar de poner fecha en el encabezado de su misiva, poner hora:
Tras dejar bien clara, mediante admiraciones y mayúsculas, la suma importancia de la carta, von Graaf pasa a contarme el meollo del asunto:
Impresionante. Lo que más llamó mi atención no fue que el equipo del prestigioso Centro Internacional de Investigación de la Felicidad hubiera descubierto ¡el mayor secreto de nuestro tiempo!; tampoco fue la inmensa labor de ingeniería social que han tenido que realizar para montar un equipo con astrólogos, clarividentes, médiums y científicos (¡los más importantes!). No, lo mas impresionante de todo es esta parte: “¡...en seguida, y sin ningún esfuerzo de tu parte!” ¡Dolce far niente! Todos mis deseos, ¡los más profundos y los más urgentes!, se harán realidad sin que yo tenga que mover un dedo. Estos del Instituto de la Felicidad sí que saben, felicidad rápida, a domicilio y sin esfuerzo. Son el Telepizza de la felicidad. Fast Felicity.
Aunque llegado a este punto he de reconocer que me asaltó mi primera duda. Mi primera crisis de fe. ¿Y si el concepto de felicidad del profesor von Graaf no coincidía con el mio? Afortunadamente, como si me estuvieran leyendo la mente (probablemente así fue), el siguiente párrafo dejaba claro el asunto:
Los clásicos nunca fallan. Salud, dinero y amor. Me pregunté quienes serían los otros 6 afortunados que habían sido Elegidos como yo...
La carta seguía:
¡Acabáramos! ¡La poderosa fuerza elemental del universo y del cosmos! Las piezas comenzaban a encajar, aquello no podía ser un engaño. El mismísimo círculo secreto de los principales astrólogos y adivinos de Europa estaba detrás del asunto. Palabras mayores. Ya no cabía ninguna duda. ¡Si hasta venía en negrita y rodeado a boli! Soy un Elegido. ¡Soy uno de los 7!
No había rastro de duda en mí pero el profesor von Graaf, conocedor sin duda de mis artículos y, en consecuencia, de mi cerrazón mental pre-conversión, se había molestado en incluir en el sobre todas las pruebas necesarias para convencer hasta al más escéptico. Primero está el certificado oficial, firmado por el prestigioso notario Dr. Tutzig:
Por si esto fuera poco, se incluye también el manuscrito original en el que el Instituto de la Felicidad comunica a von Graaf que soy el Elegido:
Este es uno de esos detalles que dejan claro que estamos ante gente seria. Podían haber comunicado el MUY PODEROSO SECRETO usando el teléfono, el fax o el correo electrónico y, sin embargo, han usado una carta de las de toda la vida. Puede que, en lugar del servicio postal, hayan usado un cuervo para hacerla llegar a su ¡¡¡Destino!!! pero es una carta al fin y al cabo.
Aunque las pruebas son irrefutables y nadie en su sano juicio tendría dudas a estas alturas, von Graaf se permite incluir una evidencia más. La lista de los Elegidos:
En efecto, ahí estaba. La lista de los 7 y, bajo ésta, la lista de los 7 suplentes. Los nombres estaban tachados, sí, pero bajo el borrón se aprecia claramente que había un nombre escrito. No hay ninguna duda. Irrefutable.
Un incrédulo podría objetar la presencia de los 7 reservas. ¿Cómo se puede ser un Elegido Reserva? O eres Elegido o no, no se puede ser medio Elegido. Estos prejuicios no hacen más que poner de manifiesto la ignorancia de los escépticos. Desconocer los mecanismos por los que algo sucede no significa que no pueda suceder. Cualquiera de los integrantes del muy secreto círculo de magos podría explicar fácilmente el misterio de los Elegidos Reservas pero es una información demasiado IMPORTANTE como para revelársela a cualquiera. (Probablemente se trate de Algo Cuántico)
Por último, antes de irme a disfrutar de la Felicidad Absoluta, me gustaría contar un curioso incidente que, posteriormente, reconocí como una prueba de Fe. Justo después de leer la carta recibí un mail de un lector habitual de este blog. Con tristeza, mientras leía su correo, me di cuenta de que era un incrédulo que lo único que pretendía era que hiciera burla en esta página de algo tan serio como el Instituto de la Felicidad. Por supuesto, he ignorado sus maliciosas intenciones y espero haber tratado el tema en este artículo con toda la seriedad que merece.
Mas importante era que, en el mail, se incluía la carta escaneada. Al comparar su carta con la mía me di cuenta de algo asombroso: los 7 Elegidos y los 7 Reservas de su carta eran distintos a los de la que yo había recibido (a pesar de que los nombres están tachados, las ciudades de residencia no lo están y eran todas distintas) ¿14 Elegidos y 14 Reservas? ¿Cómo es eso posible? Si había 14 Elegidos por país, en toda Europa habría 154 y no 77. Alguien con la mente cuadriculada podría pensar que no salen las cuentas, si los Elegidos son 7, son 7 y punto, no 14. Por supuesto, estas dudas solo asaltaran a los cortos de mente y a los descreídos, para el resto de la gente esto no supondrá ningún misterio; hemos tenido dos milenios para familiarizarnos con la idea de que 3 son 1, ¿por que habría de resultar más extraño que 14 sean 7? El mismo principio que explica la Trinidad, explica también el Misterio de los 14 en 7 (más reservas) o el Misterio de los 154 en 77 (más reservas) Y sí, por si alguien se lo preguntaba, en la solución al Misterio de los Muchos en Pocos está involucrada la poderosa fuerza elemental del cosmos y del universo y unas cuantas Cosas Cuánticas.
Me voy a comprar la lotería.
Los scans de la carta son cortesía de Marcos Andión. ¡¡¡Gracias!!!
Hay muy pocas referencias a von Graatz en la web. Una de ellas, en Fraudalert, lo vincula a un timo en el que decía hablar en nombre del Instituto de Medicina Holística y pedía 75 dólares a los que respondían a su carta.
"Cada mañana pienso en una taza de té verde. Ayer me sorprendí recordando el sabor de una sopa de tomate con cilandro… hoy ha sido una tarta Selva Negra y pasteles con sirope de arce y helado y chocolate caliente con malvaviscos"
Estas líneas forman parte de una de las últimas anotaciones del diario personal de Lani Marsha Rosalind Morris, una mujer de 53 años que, en junio de 1998 dejó su casa en Melbourne para acudir a un programa de "respiracionismo" (breatharian) en Brisbane.
El respiracionismo, o inedia, es la creencia en que, siguiendo determinadas técnicas espirituales, el ser humano puede vivir eternamente sin necesidad de ingerir alimentos ni bebidas. Jim Vadim Pesnak y su esposa Eugenia, responsables del tratamiento respiracionista que estaba siguiendo la señora Morris, aseguraban que el cuerpo es una entidad espiritual más que física y que no necesita contaminarse con sustancias materiales como la comida. Ellos eran capaces de enseñar a cualquiera, a cambio de una importante cantidad de dinero, a trascender el mundo terrenal y alcanzar el estado natural del ser humano, el estado espiritual, en el que ya no son necesarias las cadenas que nos atan a la existencia física como comer, beber o incluso dormir.
El entrenamiento respiracionista de los Pesnak constaba de un programa de un mes de duración. Durante este periodo de tiempo los iniciados no debían ingerir ningún tipo de alimento ni bebida. Lani Morris era una víctima perfecta. Crédula e inocente, consumidora habitual de literatura de autoayuda, pensaba sinceramente que podía trascender la realidad física y convertirse en un ente espiritual sin necesidades terrenales. Comenzó a escribir un diario el mismo día que llegó a la casa del matrimonio Pesnak. Conforme iban pasando los días la comida se hacía cada vez más presente en las anotaciones de Morris. No podía pensar en otra cosa. Al final, los textos eran casi ilegibles y se componían en su mayor parte de nombres de alimentos. La última página no contiene palabra alguna, tan solo el dibujo de una espiral.
Después de una semana siguiendo el programa respiracionista, Morris era incapaz de hablar y se caía de la cama. Los siguientes tres días, según declaraciones de Jim Pesnak en el juicio posterior, la mujer se orinaba constantemente en la cama y perdió la movilidad de la parte derecha de su cuerpo. Vomitaba a menudo y unos grumos negros y pegajosos goteaban de sus labios. Después de once días de tratamiento dejó de respirar ya que los grumos llenaban por completo su boca. El señor Pesnak intentó realizarle una traqueotomía casera con un cuchillo pero finalmente aceptó llamar a una ambulancia. Cuando ingresó en el hospital se le diagnosticó derrame cerebral, deshidratación severa, fallo renal y neumonía. Lani Morris fue trasladada a una unidad de cuidados intensivos donde murió siete días después.
En el juicio posterior, el juez Wilson declaró responsables únicos de lo sucedido al matrimonio Pesnak. Según la sentencia, el resto de acólitos respiracionistas actuaban engañados por los Pesnak. Jim y Eugenia Pesnak fueron declarados culpables de homicidio y condenados a las penas máximas que pedía el fiscal para cada uno de ellos.
Cuando en el juicio se le preguntó a Jim Pesnak por qué no había llamado antes al doctor, contestó: Ella [Morris] no estaba sufriendo una enfermedad, sino una "batalla de egos" Mi programa no era un tratamiento médico sino espiritual. Cuando me surgió la duda de si debía llamar a un doctor la respuesta fue instantánea: "No. Confía en Dios"
No comer. Ese es el significado literal en latín de la palabra inedia. En realidad, la habilidad de vivir del aire es tan solo uno más de los superpoderes clásicos de héroes, dioses y santos de diversas mitologías. Tanto hinduistas, como budistas y cristianos cuentan con multitud de casos de inedia en sus textos. El mismo Buda era capaz de pasar varios días meditando sin necesidad de comer o beber. El que parece ser el favorito en todas las apuestas a ser la reencarnación de Buda, Palden Dorje, parece tener la misma habilidad. Entre los santos cristianos también podemos encontrar varios que, aparentemente, han conseguido vivir sin ingerir alimento alguno, excepto la eucaristía.
En la época victoriana, la inedia, hasta entonces patrimonio de santos medievales, reapareció de un modo inesperado y masivo. El espiritismo, y todo lo paranormal en general, eran la diversión de moda en la Inglaterra victoriana. Aparecidos, duendes, hadas, astrología, muertos parlantes, y toda suerte de habilidades misteriosas y seres mitológicos, que parecían haber sido desterrados al mundo de los cuentos por la ilustración, reaparecieron con más fuerza que nunca en los salones de té de Londres a finales del XIX. La inedia, que no es que sea un fenómeno paranormal muy espectacular ni llamativo, fue sin embargo uno de los más exitosos en este resurgir de lo oculto. Multitud de niñas y adolescentes inglesas afirmaban no necesitar el menor sustento material para vivir. Eran tantas que incluso existía una palabra para referirse a ellas, las llamaban las fasting girls. Las chicas en ayuno. Eran una da las atracciones mas visitadas en ferias y circos de lo extraño, también eran habituales en teatros de variedades, donde el mundo del misterio era el centro de la mayoría de espectáculos.
El público que observaba a aquellas chicas a las que se les notaban los huesos veía un misterio insondable, una prueba de la existencia de cosas que no comprendemos, un desafío a la razón... En realidad lo que tenían delante no era más que una niña con anorexia nerviosa a la que probablemente no le quedara mucho tiempo de vida.
Los padres de Sara Jacob, por ejemplo, tenían una mina con su hija. El mismo vicario del pueblo había certificado que su Sara Jacob vivía sin ingerir alimentos. Sara se hizo pronto famosa y la familia Jacob se hizo rica de la noche a la mañana. Lo cierto es que Sara comía, poco pero comía. Sus padres quizá no lo supieran cuando decidieron ofrecer al mundo la prueba definitiva de los poderes de su hija. En 1869 la metieron en una habitación de hospital donde sería vigilada las veinticuatro horas del día. Los padres ordenaron que no se diera ningún alimento a su hija aunque ésta lo pidiera. Bajo la estricta vigilancia a la que estaba sometida, Sara no podía comer a escondidas como había estado haciendo y no tardó en suplicar comida. Sus padres se negaron. Poco después quedó inconsciente y las enfermeras pidieron a los padres permiso para alimentar a Sara. Se negaron. Al día siguiente era evidente que Sara se estaba muriendo y los médicos suplicaron a los padres que les dejaran alimentar a Sara pero éstos se negaron. Sara Jacob murió ese día de hambre. Ni sus padres ni el personal del hospital fueron juzgados por asesinato.
No fue la única, otras fasting girls, como Leonora Eaton, también acabaron muriendo de hambre. Josephine Bedard, en cambio, era bastante más sensata y nunca dejó de comer a escondidas. Mientras estaba poniendo a prueba sus poderes la pillaron robando patatas fritas de la comida del doctor que tenía que vigilarla.
Como todo, la inedia pasó de moda y no se volvió a dar ningún caso notorio hasta el de la mística cristiana Therese Neumann. La aspirante a santa afirmaba que nada, salvo la hostia consagrada, había cruzado sus labios desde 1926 hasta su muerte en 1962. Como vemos en la foto, Therese, quien también tenía llagas en las manos y lloraba sangre, es bastante más rolliza que las fasting girls victorianas. La explicación es fácil, la precavida Therese nunca aceptó someterse a ninguna prueba. Ni siquiera admitía que médicos o investigadores se acercasen a su habitación. El Vaticano todavía no ha aceptado la realidad de sus milagros, pero están en ello.
Como en la época victoriana, en el siglo XX también se dio un periodo de fertilidad extraordinaria para todo lo paranormal. Fue en los años sesenta y se llamó, sí, New Age. La inedia reapareció de nuevo con fuerza entre toda una serie de gurús que afirmaban que todo lo terrenal es malvado y que se llaman a si mismos respiracionistas. Siguiendo sus métodos, cualquiera puede aprender a ser un ente completamente espiritual y vivir de la brana o de la luz líquida, que es como llaman a la sustancia que nutre nuestro yo etéreo o lo que sea. Desgraciadamente, para alcanzar este estado superior y trascender la materia debemos desembolsar una importante y muy terrenal cantidad de dinero.
La última y más importante de las respiracionistas es la australiana Ellen Green, también conocida como Jasmuheen. Jasmuheen decía al principio no necesitar más que la brana para sustentarse, aunque en declaraciones posteriores admitió “tomar de vez en cuando un té de hierbas” Es autora de varios libros con títulos como “Vivir de la luz”(por éste ganó un premio Ig Nobel de literatura en 2000), “El Programa Prana” o “El alimento de los dioses” y toda una celebridad entre los respiracionistas.
Cuando un grupo de periodistas acudió a casa de Jasmuheen para grabar un reportaje sobre sus habilidades, uno de ellos tuvo la brillante idea de abrir la nevera de la mística. Estaba hasta los topes y no precisamente de brana. En el 2006 el programa de televisión 60 minutos ofreció a la señora Green la oportunidad de mostrar al mundo sus poderes en directo. La idea era que un equipo del programa mantuviera vigilada permanentemente a Jasmuheen, los cámaras grabarían cada minuto para que no hubiera posibilidad de fraude. A las cuarenta y ocho horas de comenzar, Ellen Green tenía síntomas claros de deshidratación. Ella acusó a la contaminación atmosférica de interferir con la brana y privarla de su ración diaria de luz líquida. No explicó como algo tan material como la contaminación puede interferir con la etérea brana, sin embargo los productores del programa accedieron a trasladar el lugar de la prueba a una casa en mitad del campo. De nuevo, cuarenta y ocho horas después del traslado, Jasmuheen presentaba síntomas claros de deshidratación y los médicos pararon la prueba.
Jasmuheen sostiene que el hombre es un ser de espíritu no de materia y que el hambre no es más que una mentira que los mass media han introducido en nuestras cabezas(sic). Estoy seguro de que un programa de televisión consistente en llevar a la señora Green a ciertos lugares de África a decir a ciertas personas que su hambre no es mas que una mentira de los mass media hubiera tenido mucho más éxito. Cuando se le ha preguntado sobre las muertes de personas que han seguido sus técnicas respiracionistas Jasmuhenn se ha limitado a contestar que la causa de la muerte no es el respiracionismo sino la falta de preparación. Sobre Lani Morris, la mujer que escribió las líneas con las que comienza el árticulo, se limitó a decir: “quizá no tuviera la motivación adecuada”
Nunca he timado a un hombre honesto, solo a granujas. Ellos querían algo a cambio de nada y yo les daba nada a cambio de algo.
Joseph “Yellow Kid” Weil
Artículo con banda sonora. Se recomienda escuchar el tema “The Entertainer” de Scott Joplin durante su lectura.
Los estafadores han sido los principales protagonistas de este blog desde que comenzó su andadura hace poco más de un año por lo que he pensado que ya iba siendo hora de dedicarle un artículo al que quizá haya sido el más grande timador de todos los tiempos. Un auténtico artesano del noble oficio de la estafa. Joseph Chico Amarillo Weil.
Ahora que los timos y estafas por parte de políticos, banqueros y especuladores están a la orden del día no está de más recordar una clase de estafa bien distinta. En este tipo de timos no se pretende desplumar a cientos de familias de golpe o dejar sin blanca a un puñado de inversores. Al contrario, es suficiente con una sola víctima. Tampoco la buena fe forma parte de esta historia. La buena voluntad es el peor enemigo de este tipo de golpes, la víctima debe creer que ella misma es cómplice del timo. El estafado tiene que creerse estafador y cuanto mas ambicioso sea mejor.
Pero empecemos por el principio.
Weil comenzó su andadura en el mundo de la estafa con un auténtico clásico: los remedios milagrosos. Nacido en Chicago, pronto fue un habitual de las ferias y circos. Allí ofrecía sus crecepelos maravillosos y otros tónicos capaces de curar cualquier dolencia. Este timo, habitual hoy en día hasta en la teletienda, no tardó en aburrir a Weil. Quizá la razón fuera la naturaleza de esta estafa, en la que lo principal es aprovecharse de la inocencia de la víctima, lo que le llevó por otros caminos. En sus memorias confesó que cada una de sus víctimas tenía un timador en su interior y echando un vistazo a sus golpes más famosos comprobamos que no le faltaba razón.
¿Ha visto usted a mi perro?
Un bar cualquiera en Chicago. Principios de siglo. El camarero atiende a los clientes, limpia la barra y da conversación a los borrachos cuando un extraño personaje cruza la puerta. Tiene cara de preocupación y, lo que es peor, de querer compartir esa preocupación con alguien. Resignado, asumiendo que gran parte de su trabajo consiste en escuchar las penas de otros, el camarero se acerca dispuesto a atender al nuevo cliente. El extraño resulta tener acento extranjero y tras un par de cervezas confiesa la causa de su desgracia. Ha perdido su perro hoy mismo. Pero no un perro cualquiera, no. Ha perdido un Saulsazer Atigrado (o algo así) de pura raza, uno de los pocos que quedan. Se le escapó hace unas horas por el barrio y todavía no ha podido dar con él. El hombre, entre sollozos, habla maravillas de su mascota. En Europa es considerado un perro de aristócratas, solo la creme de la creme puede permitirse tener uno de ellos. El camarero sospecha que quizá tenga ante él a un noble europeo y comienza a interesarse por la conversación, quizá incluso invite al extraño a un par de copas. Antes de irse, el extranjero hace una descripción detallada del animal y pide al camarero que pregunte por él a sus clientes. Ese perro es irremplazable y está dispuesto a pagar quinientos dólares a quien le ayude a recuperarlo. El extraño promete volver al día siguiente para ver si hay alguna noticia sobre su valioso Saulsazer.
Horas después, ese mismo día, un nuevo cliente entra en el bar. El tipo es la afabilidad en persona. Con una sonrisa de oreja y un tono de voz que inspira confianza parece la clase de persona a la que dejarías al cuidado de tus hijos o el vecino al que darías una copia de la llave de tu casa. Es Joseph Weil.
-¡Mire que suerte he tenido! -dice el nuevo cliente tras sentarse y pedir una copa-. Acabo de encontrar este perro vagando a un par de calles de aquí. Y debe ser un buen perro pues tenía collar y todo.
El camarero no da crédito a lo que ve. ¡Es el Saulsazer Atigrado! La verdad es que a él le parece un vulgar chucho callejero pero no cabe duda de que su descripción coincide exactamente con la que le hizo el extraño aristócrata.
El camarero, inmediatamente, inventa alguna excusa que justifique su interés en el animal. “La verdad es que vivo solo y no me haría mal un poco de compañía. Le pagaré cien dolares por el perro”, por ejemplo.
Pues lo cierto es que, en poco tiempo, ya he cogido cariño a este animal. Me daría pena deshacerme de él- responde Weil mientras acaricia la cabeza del Saulsazer.
Que sean doscientos dólares entonces- contesta el camarero.
La historia siempre acababa del mismo modo. Con Weil y su gancho embolsándose un gran fajo de dólares y con un camarero que creía haber hecho el negocio del siglo y que había pagado un pastón por un perro callejero como los que veía cada vez que sacaba la basura.
Con timos menores como éste Weil fue haciendo carrera en los bajos fondos de Chicago. Pronto conoció a otros estafadores con los que se asociaba a menudo como Frank Hogan, con quien formó pareja en 1903. Esta asociación es el origen del mote con el que es conocido Weil. Yellow Kid era un famoso personaje de comic norteamericano a quien siempre acompañaba su amigo Frank Hogan. Pero Weil no solo era famoso entre los estafadores. A medida que sus timos iban volviéndose más elaborados Weil necesitaba de una gran cantidad de mano de obra. Se hizo amigo de rateros, prostitutas, carteristas, jugadores profesionales, mendigos... Todos conocían a Weil y estaban más que dispuestos a participar en sus montajes. Después de todo era una forma bastante divertida de ganar dinero y los planes de Weil raras veces fallaban.
Invierta en tierra
Si la gente aprendiera -aunque dudo que suceda- que es imposible obtener algo a cambio de nada, el crimen desaparecería y todos viviríamos en armonía.
Joseph Weil
En algún selecto café un adinerado caballero observa como dos hombres de negocios se sientan en la mesa contigua a la suya. En cuanto llegan a sus oídos frases como “ganancia asegurada” o “negocio del siglo”, el honrado millonario comienza a interesarse por la conversación que está teniendo lugar a su lado.
Al parecer, el banco ha expropiado las tierras que un pobre diablo tenía en Indiana por impago de deudas y las ha sacado a la venta por 50.000$. Pero lo interesante es que esos terrenos, aunque el banco no lo sepa, tienen un valor cien veces mayor. Uno de los dos tipos que hay a su lado es geólogo y tiene información de primera mano sobre lo que hay bajo ese suelo.
Cuando trabajaba para la Standard Oil Company me encargaron que evaluara esos terrenos para una posible compra -está diciendo el geólogo a su acompañante-. ¡Aquello es una enorme bolsa de petroleo! Oculté esa información a la compañía pues ya entonces el dueño de las tierras estaba en bancarrota y sabía que podría hacerme con ellas a precio de ganga si esperaba un poco. Era una oportunidad única de ganar millones de dólares.
¿Y qué pasó? ¿Cómo es que no eres el nuevo Rockefeller? -pregunta el otro tipo.
Ya sabes que pasó. Perdí mi empleo antes de poder reunir los malditos 50.000 dólares.
El millonario espera ansioso a que a alguno de los dos se le escape el nombre del banco que vende los terrenos pero no hay forma. Finalmente decide intervenir en la conversación.
Perdone, caballero, pero no he podido evitar escuchar la conversación que estaba manteniendo con su amigo. Quizá si me aceptara como socio capitalista ambos podríamos repartirnos la propiedad en cuestión. Yo podría disponer con facilidad del dinero necesario.
El geólogo tras muchas dudas y preguntas acaba aceptando la oferta. Por supuesto no le dice al millonario donde se encuentra el banco sino que se ofrece a acompañarlo él mismo a cambio de figurar en la escritura de propiedad. Parece un trato justo, uno pone la información y otro el capital, así que se encaminan hacia la oficina bancaria donde poder comprar los terrenos bañados en petroleo.
Una vez allí todo sucede con normalidad. El banco se encuentra situado en un espacioso local y parece bastante próspero. Hay multitud de cajeras atareadas atendiendo a los numerosos clientes, pero no importa, no tienen que hacer cola porque es el mismo director bancario quien se encarga de cerrar el trato.
En efecto, la propiedad que mencionan está en venta por esa cantidad pero... ¿está seguro de querer invertir en un secarral sin valor?
Sí, sí, usted háganos una escritura de propiedad a nombre de los dos y no se preocupe -dice el millonario con una sonrisa y dando un codazo cómplice al geólogo-. Aquí tiene los 50.000 dólares.
Una vez fuera ambos acuerdan quedar al día siguiente para planificar como venderán la propiedad por cien veces más de lo que les ha costado a alguna compañía petrolera. Habrá que hacer prospecciones, consultar con otros geólogos... Quizá hasta consigan más dinero del que esperaban. Con un abrazo ambos hombres se despiden... Y nunca más vuelven a encontrarse.
El feliz socio capitalista no tarda más que unos días en descubrir que no hay rastro del geólogo, ni de nadie con su nombre, por ningún lado. La propiedad no existe y la escritura no es más que una falsificación. Si decide acudir al banco donde se cerró el trato descubrirá un local vacío, sin rastro de cajeras, ni clientes, ni nada que recuerde a una sucursal bancaria.
Weil, que lo mismo hacia de banquero que de geólogo cuando llevaba a cabo esta estafa, lo había planeado todo a la perfección. Se alquilaba un local y se decoraba superficialmente para parecerse a una oficina bancaria. Las cajeras eran todas prostitutas y los clientes mendigos o carteristas. En ocasiones incluso contrataba compañías de teatro amateur para que todo quedara más creíble. En cuanto el millonario doblaba la esquina todo el tinglado era desmontado, cada uno de los participantes cobraba su parte del botín y desaparecían hasta que las cosas se calmasen. O hasta el próximo golpe.
El golpe
Pensaba acabar este artículo relatando la más famosa estafa de Joseph Weil pero no voy a hacerlo. No hay mejor descripción de ese timo que la que el director George Roy Hill y el escritor David S. Ward hicieron en 1973. Quien haya visto “The Sting” ya sabe de que hablo y quien no ya está tardando en alquilar/comprar/descargar esa gran película.
Joe Yellow Kid Weil murió en 1975 a la edad de cien años.