jueves, 10 de septiembre de 2009

Las bocas inútiles 3

Parte 3: las bocas inútiles

Dicen que el sufrimiento es el precio que pagamos por nuestros pecados. Si eso es cierto, decidme, ¿por qué son siempre los inocentes los que más sufren cuando vosotros, los grandes señores, jugáis a vuestro juego de tronos?

George R. R. Martin



Roger era un militar y, desde un punto de vista militar, dejar entrar a aquella gente era una locura. Las provisiones que podrían alimentar a sus hombres durante un año apenas durarían un mes o dos si entraban dos mil personas al castillo. Además, tantos civiles por en medio no harían más que entorpecer la defensa. Pero Roger ya no era únicamente un militar. También era el castellano de Château-Gaillard y como tal tenía unas obligaciones. La gente de Les Andelys eran sus vasallos. Los habitantes del pueblo pagaban impuestos, servían al castillo llevando a cabo todo tipo de trabajos y ofrecían parte de sus cosechas para alimentar a la guarnición. A cambio, el señor que gobernara el castillo solo tenía protegerlos. Ellos habían cumplido con su parte del contrato y allí, ante las puertas de Château-Gaillard, pidieron a Roger Infierno Lacy que cumpliera la suya.


Las puertas del castillo se abrieron para permitir pasar a los civiles.


Es posible que Roger de Lacy no esperase un asedio largo y éste fuera el motivo para dejar entrar a los civiles. Château-Gaillard era una plaza demasiado importante como para que Juan la dejase caer en manos de Felipe sin luchar por ella. Ricardo habría mandado a todos sus hombres, con él al frente, para proteger su querida fortaleza. Pero ya hemos dicho que Juan no era Ricardo y mientras Roger de Lacy esperaba refuerzos, lo que llegaron fueron malas noticias.


Juan no iba a mandar refuerzos. Ni siquiera tenía en mente hacerlo a largo plazo. Se excusaba alegando tener que tratar otros asuntos más importantes y no poder prescindir de ningún hombre. Château-Gaillard y todos los que en él se refugiaban eran abandonados a su suerte. Cuando Infierno Lacy recibió las negras noticias tenía a dos mil civiles en su castillo, un ejército de seis mil franceses a sus puertas, las despensas vacías y se acercaba el invierno.


Cualquier otro castellano probablemente hubiera tomado la opción más sensata: rendir el castillo a Felipe. Pero a Lacy no lo importaba que su rey lo hubiera abandonado ni que no tuviera esperanzas de resistir, le habían dado la orden de defender Château-Gaillard y él iba a defender Château-Gaillard.


Aproximadamente en octubre de 1203 Lacy expulsó al primer grupo de civiles. Con la comida a punto de agotarse y sin la esperanza de un pronto rescate, no había forma de mantener a toda la gente. Afortunadamente para ese grupo de exiliados, los franceses se apiadaron de ellos y les dejaron atravesar sus líneas. Días después, las puertas del castillo se abrieron de nuevo para que saliera otra parte de los habitantes de Les Andelyes y, otra vez, el ejército francés los dejó ir en paz.


El tercer y último grupo no tuvo tanta suerte. Cuando a Felipe II le llegó la noticia de que los civiles estaban abandonando el castillo y su ejército los estaba dejando pasar montó en cólera. Inmediatamente envió una orden a sus generales: nadie, bajo ningún concepto, fuera cual fuera su condición, debía abandonar la fortaleza asediada.


Los refugiados fueron recibidos con una nube de flechas cuando se acercaron a las posiciones de los soldados franceses. Asustados, corrieron de vuelta al castillo pero las puertas no se abrieron y desde las murallas les llovían piedras. “No os conocemos, ¡largaos de aquí!” fue la respuesta a sus súplicas que recibieron de los guardias de Château-Gaillard. Muchos de los hombres de la guarnición eran de Les Andelys y es seguro que tendrían amigos y familiares entre los cientos de personas que imploraban por volver a entrar; pero el invierno estaba al caer y no había comida en el castillo para alimentar tantas bocas. Ni siquiera había comida suficiente para la guarnición.


Felipe II había querido que los civiles acabaran con las existencias del castillo pero la nueva situación tampoco le desagradaba. La moral de los ingleses quedó destrozada cuando tuvieron que abandonar a su suerte a sus propias familias.


Más de medio millar de personas, entre las que había ancianos y niños se refugiaron en la tierra de nadie. A mitad de camino entre sitiados y sitiadores, se desperdigaron por las rocas sobre las que se alzaba el castillo. Sin comida ni refugio, las gente de Les Andelys vieron como los días pasaban, el invierno llegaba y el sitio no terminaba. Se escondían al abrigo de las peñas y se agrupaban para mantenerse en calor. El único sustento que tenían eran las pocas hierbas que crecían entre las rocas.

Los meses fueron pasando y Lacy no rendía la fortaleza ni los franceses hacían ningún movimiento. Los civiles morían de hambre y frío a los pies del castillo Gallardo. La única ayuda que recibieron fue una manada de perros que los ingleses echaron del castillo. Aunque eran animales escuálidos, fueron devorados. Guillermo el Bretón, cronista oficial de Felipe Augusto y testigo presencial del asedio, relata como una mujer embarazada parió a su bebe muerto y el resto de supervivientes, que a esas alturas ya no eran muchos, se lo comieron al instante.


Llegó la primavera y con ella Felipe II. Hasta la última villa, castillo, pueblo o granja de Normandía estaba ya en su poder. Solo resistía Château-Gaillard y al rey francés se le había terminado la paciencia. Lo primero que hizo al llegar a la zona fue permitir el paso a los civiles que habían sobrevivido al invierno en tierra de nadie, ya solo un centenar a esas alturas. Los alojó en su campamento y ordenó que se los alimentara de forma abundante. Los cronistas franceses ven en esta acción un ejemplo de la benevolencia de Felipe Augusto. La mayoría de los historiadores sostienen una versión menos romántica: Felipe se había cansado de esperar y tenía planes para tomar el castillo. Todas aquellas personas no harían más que entorpecer esos planes. Además, con el calor llegaban las plagas, que en la edad media eran el peor enemigo de un campamento militar, los exiliados del castillo eran un foco de peste seguro y el rey los quería lejos de sus hombres lo antes posible.

Aún aceptando la poco creíble versión francesa sobre los motivos de Felipe, su forma de obrar tuvo funestas consecuencias. Más de la mitad de los refugiados supervivientes murieron a causa de las úlceras pépticas y de las hemorragías gastrointestinales que la abundante comida repentina causó en sus estómagos.


Felipe dio una última oportunidad de rendición a Lacy y éste contesto que solo lo sacarían del castillo arrastrándolo por los pies. El rey se puso a ello.


Felipe ordenó a sus ingenieros que acelerasen las labores de zapa y les proporcionó más trabajadores para la tarea. Al poco, los túneles franceses llegaron bajo la muralla del primer baluarte y socavaron sus cimientos de tal modo que una de las torres se vino abajo. Mientras los franceses entraban, Infierno Lacy ordenó a sus hombres que se replegaran al segundo recinto y prendió fuego al primero.


Las llamas acabaron con las construcciones inglesas de madera pero la piedra permaneció en pie, por lo que los franceses pudieron usar el baluarte recién conquistado como nuevo asentamiento. Desde allí, en mejor posición, las catapultas y los trabuquetes franceses bombardearon sin descanso las murallas del castillo hasta conseguir abrir brecha. Una vez los ingenieros llenaron el foso, los franceses asaltaron el segundo recinto de la fortaleza.


Roger de Lacy y sus hombres, incapaces de frenar la marea de soldados franceses que se colaban por la grieta (aunque les causaron importantes bajas) se replegaron al último recinto: la torre del homenaje y la espléndida muralla que la rodeaba, el corazón de Château-Gaillard.

Torreón principal


Lacy y sus hombres podrían haber resistido bastante en aquella robusta minifortaleza, pero la ineptitud de Juan Sin Tierra fue su perdición. Mientras que Ricardo había puesto el máximo cuidado en mantener operativa su fortaleza -su hija, la llamaba él-, Juan no tenía ni idea de batallas ni asedios y había descuidado importantes detalles. Cuando visitó el castillo, años atrás, hizo que se construyera un edificio de dos plantas descansando junto a la última muralla, quizá pensando que ningún enemigo llegaría tan lejos. La construcción, que constaba de una capilla en su planta inferior y unas letrinas en la superior (Guillermo el Bretón, en su crónica dedica unas líneas a recriminar a los ingleses su mal gusto, al construir unas letrinas sobre una capilla), sirvió a los franceses para encaramarse a los muros y reducir a los últimos ingleses que resistían.


La fortaleza inconquistable había sido conquistada.


EPILÓGO


El castillo Gallardo siguió sirviendo de fortaleza durante muchos siglos y muchas guerras. Paso de manos inglesas a francesas y al contrario en multitud de ocasiones. Fue asediado por nuevos ejércitos y defendido por nuevos castellanos, pero ningún sitio fue tan terrible como el primero. En el siglo XVII, Enrique IV ordenó su destrucción. Hoy, junto al pueblo de Les Andelys solo quedan las ruinas.


Felipe Augusto vapuleó a Juan Sin Tierra en todos los frentes y le arrebató todas sus posesiones en el continente. Consolidó el poder de la monarquía francesa, unificó a sus vasallos y, tras años de guerra, consiguió una época de paz y prosperidad como no se veía en mucho tiempo, con un superávit de cientos de miles de libras. Murió durante un viaje en 1223. Tenía 58 años. Fue enterrado en París y a sus funerales acudieron casi todos los nobles del reino.


Juan Sin Tierra continuó siendo un incompetente el resto de su vida. El Papa lo excomulgó por imponer como Arzobispo de Canterbury a uno de sus hombres de confianza. Los franceses le vencieron en todas las batallas. Sus señores se sublevaron y apoyaron la subida al trono de Luis VIII, un títere de Felipe II con dudosos derechos a la corona. Contrajo disentería mientras escapaba de los franceses y murió en 1216, a los 50 años, escondido en el castillo de Newark. Algunos sostienen que fue envenenado. Su cuerpo descansa en la catedral de Worcester.


Roger Infierno Lacy luchó en Château-Gaillard hasta el último aliento. Como había prometido solo consiguieron sacarlo de allí a rastras y encadenado. Él y sus hombres se habían comido los caballos hace tiempo y llevaban días alimentándose del cuero de sus zapatos y armaduras. Su familia pagó el rescate que pedía el rey francés y Roger volvió a las islas donde fue nombrado sheriff de Lancashire. Murió a los 31 años y fue enterrado en la abadía de Stanlow.


Guillermo Marshal nunca traicionó a la corona inglesa, aquella que lo había nombrado caballero. Siguió luchando toda su vida, primero al lado de Juan Sin Tierra y luego de su hijo Enrique III. Fue nombrado miembro del consejo real y durante la niñez de Enrique fue regente del reino. Pero ni sus cargos ni su edad lo apartaron del campo de batalla y plantó cara a Felipe II hasta sus últimos días. Con 71 años llevó a los ingleses a la victoria en la batalla de Lincoln, donde encabezó una carga de caballería y luchó al lado de sus hombres. Murió en la cama a a los 73 años de edad. En su lecho de muerte pidió ser nombrado caballero templario en virtud a sus victorias en las cruzadas. El deseo le fue concedido y su cuerpo enterrado en la Iglesia del Temple de Londres.


De los refugiados de Château-Gaillard nada más se supo. No se conocen sus nombres ni donde fueron enterrados. El único homenaje que recibieron fue el cuadro que Francis Tattegrain realizó en 1895. La obra, actualmente en un museo, decoró durante décadas las paredes del ayuntamiento de Les Andelys. Se titula Las bocas inútiles.

Las bocas inútiles


Fuentes y más información:

Sobre el castillo Gallardo y su asedio:

McGlynn, Sean, A HIERRO Y FUEGO, 2008

The Stronghold of Richard the Lionheart

Château Gaillard

HOW TO CAPTURE A CASTLE


Sobre reyes, caballeros y la guerra medieval:

Asimov, Isaac, LA FORMACIÓN DE INGLATERRA, 1969

Duby, Georges, GUILLERMO EL MARISCAL, 1984

Flori, Jean, LA CABALERIA, 1998

Kenn, Maurice (ed), HISTORIA DE LA GUERRA EN LA EDAD MEDIA, 1999

Painter, Sidney, WILLIAM MARSHAL,KNIGHT­ERRANT, BARON AND REGENT OF ENGLAND, 1982

Strickland, Matthew, WAR AND CHIVALRY: THE CONDUCT AND PERCEPTION OF WAR IN ENGLAND AND NORMANDY, 1996

Tyerman, Christopher, LAS GUERRAS DE DIOS, 2006



Las fotos están sacadas en su mayoría de Wikipedia, excepto la reproducción del castillo en 3d que es obra de Jacques Martel y está sacada de aquí.

10 comentarios:

fo dijo...

que interesante historia!
se extrañan tus posts

un saludo

Juan Pizarro Miranda dijo...

Me han llegado fatal los post al reader, no se porque será. En cualquier caso interesantimos.

Es normal que los escritores la historia como la madre de todas las historias, pero sus crónicas de fechas batallas y reyes nunca nos contarán los nombres de los aldeanos en tierra de nadie, que en un su último aliento podrían haber contagiado una plaga a un ejercito de 6000 hombres.

Nacho dijo...

¡Menudo curro de entrada! Y qué estilazo, se le pone a uno la piel de gallina :-)
Enhorabuena!

Jairo dijo...

Felicidades, gran entrada, en todos los sentidos. Las citas de Pratchett ya me suelen enganchar por si solas, pero la mención a R.R. Martin se llevó la palma. Sin embargo, en este caso no necesité cebos: la historia es apasionante. Entran ganas de ir a pasear por Normandía.

padawan dijo...

La cita de Martin es muy apropiada. Hace poco oí una cita similar: "cuando los elefantes luchan, es la hierba la que sufre". Al final es la gente común la que tiene que trabajar día a día para mantener a tanto soldado sin oficio ni beneficio, para luego ser siempre los que salen peor parados.

Lothh dijo...

Como siempre muy buena entrada, y sobre todo muy instructiva :)

caen61 dijo...

Qué historia más interesante. Y la narración: excelente.

Diego dijo...

Excelente como siempre, me encantó el detalle de la cadena, ¡qué recuerdos!

Sibila dijo...

Genial... ha valido la pena esperar para una historia tan buena. Pone la piel de gallina, pensar en todas esas personas que para los soldados no eran más que un estorbo. Bocas inutiles, o daños colaterales, que las llamarían hoy.

La referencia a CdHyF me ha encantado. Me recuerda incluso un poco a la maldición de Harrenhall. :)

Natsu dijo...

¡Guillermo Marshal es Arstan Whitebeard! ¡Releches, cargando con la caballería a los 71! Algunas personas tienen unos genes envidiables...

¡Argh! Me ha dado un algo al leer que se cargaron el castillo. Para algo bueno que podría haber quedado de este desaguisado, y lo destrozan... ¡qué desastre! Y yo que ya estaba haciendo planes para ir a verlo en cuanto pudiera...

La verdad es que una lee estas cosas y ve su vida desde un nuevo punto de vista, con otra perspectiva. Somos grandes afortunados, los humanos que vivimos en la Unión Europea hoy en día. No se nos puede dejar morir a las puertas del castillo sin que se pierda horrores en relaciones públicas XD. Nuestros países están más o menos unidos en una confederación, y si bien nos roban dinero de nuestros impuestos, al menos las posibilidades de morir de hambre por un "quítame allá ese peñasco", son bastante menores. Claro que la mayor parte de los beneficios nos los han traído la ciencia y la tecnología... Cuando pienso en que tengo la nevera llena hasta el punto de que mi principal problema con la comida es no comer demasiado... O que tengo un grifo del que sale toda el agua potable que quiero, y si me dá la gana, además sale caliente en pleno invierno (bueno, si ha hecho nublado varios días no tanto, que la placa solar no hace milagros, pero vaya, para un duchazo sí da)... Joer, qué suerte tenemos, ¿no? Juan Sin Tierra y Ricardo y Felipe no comieron chocolate, ni sushi, ni volaron en avión, ni oyeron tanta música como he oído yo en la vida. Je, de base, vivimos mejor que los mismísimos reyes de la época.

Me siento afortunada de narices. Y con muchas ganas de seguir mejorando el mundo. Lo que se aprende con tus artículos, oye.

Excelente trabajo. Para variar ;-)

Un saludo,

Natsu