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lunes, 24 de diciembre de 2007

Martin y Stanley salvan el mundo

¿Fusión fría? ¡En Salt Lake City no se puede conseguir ni cerveza fría!

Mark Russell




En marzo de 1989 el petrolero Exxon Valdez encalló en la costa de Alaska provocando una de las mayores catástrofes ecológicas que se recuerdan. El medio ambiente preocupaba cada vez más a la gente que, gracias a las noticias, comenzaba a conocer términos como efecto invernadero o capa de ozono. El CO2 producido principalmente por el uso de combustibles fósiles ya comenzaba a destacar como el más importante de los problemas a los que tendríamos que hacer frente.


Por fortuna, el mismo día en que se produjo el accidente del Exxon Valdez, dos científicos de la Universidad de Utah en Salt Lake City, Martin Fleischmann y Stanley Pons, anunciaron al mundo entero el fin de nuestros problemas energéticos. Habían conseguido, nada más y nada menos, que llevar a cabo un proceso de fusión fría en su laboratorio y lo comunicaron a los medios en una multitudinaria rueda de prensa. Anteriormente habían ofrecido la primicia al Financial Times y al Wall Street Journal que abrían sus ediciones esa misma mañana con la impresionante noticia de esta nueva fuente de energía limpia y casi infinita.


En principio parecía sorprendente el hecho de que dieran a conocer de este modo el fruto de sus investigaciones. Normalmente, los descubrimientos son compartidos con un grupo de colegas que puedan aportar una visión distinta y detectar algo que se les pueda haber pasado por alto a los investigadores. Luego se suelen publicar en revistas especializadas que hacen que el artículo sea examinado por un grupo independiente de científicos especializados en ese área concreta antes de sacarlo a la luz. Por supuesto esto no es obligatorio, algunas investigaciones son publicadas en revistas más generalistas como Nature o en forma de libros, incluso pueden ser dadas a conocer a través de conferencias en universidades. Pero hacer una rueda de prensa parecía más propio de actores o deportistas que de científicos. Además, Fleischmann y Pons habían dado muy pocos detalles sobre el modo en que habían llevado a cabo su experimento. Esto provocó un cierto rechazo inicial que no tardó en ser superado por la ambición de sumarse a un experimento semejante. Cientos de laboratorios en todo el mundo se lanzaron a la caza de la fusión fría intentando repetir el experimento de Utah.


Gary Taubes comparó el fenómeno provocado en torno a la fusión fría con la apuesta de Pascal. Blaise Pascal era un matemático del siglo XVII y su apuesta era la siguiente: “Apuesta a que Dios existe. Poco tienes que perder si estás equivocado pero si aciertas, lo ganas todo” Los físicos apostaron a que le fusión fría era cierta no por las pruebas que tenían, que eran escasas, sino por que si acertaban la ganancia sería infinita. Nada menos que los problemas ambientales y energéticos de todo el planeta resueltos de un plumazo.


Lamentablemente no tienen nada que ver los beneficios que nos pueda reportar una determinada idea con su veracidad.





Ascenso...

La fusión consiste en la unión de dos núcleos atómicos dando lugar a un solo átomo y emitiendo enormes cantidades de energía en el proceso. La energía que recibimos del Sol es causada por la fusión de núcleos de hidrógeno. El problema es que para fusionar dos núcleos atómicos necesitamos acercarlos mucho, venciendo la repulsión de sus cargas, para que entre en juego la interacción nuclear fuerte y se unan en un sólo núcleo. En el Sol, las altísimas temperaturas provocan violentas colisiones entre los núcleos de hidrógeno que facilitan el proceso de fusión. Aquí, en la tierra, necesitaríamos temperaturas aun mayores pues hay mucha menor presión que en el Sol... y no conocemos ningún material con el que poder fabricar un recipiente que soporte semejantes temperaturas. Se han llevado a cabo procesos de fusión usando una botella magnética, un cilindro que usa campos magnéticos para contener el proceso de fusión. Sin embargo, la energía necesaria para llevar esto a cabo es mucho mayor de la obtenida por la fusión; no parece una fuente de energía muy rentable.


Fleischmann y Pons afirmaban haber conseguido la fusión con un vaso lleno de agua pesada (agua donde el deuterio ocupa el lugar del hidrógeno ordinario), dos electrodos, uno de ellos de paladio, y una batería. Eso es todo. Si era verdad, esta nueva fuente de energía limpia y segura estaba al alcance de un laboratorio de instituto. ¡Energía gratis para todos! Y no eran dos charlatanes lo que afirmaban tal cosa. Fleischmann era un químico de renombre con una reputación intachable, incluso era miembro de Royal Society. Pons era el joven de la pareja, el que aportaba la sangre nueva y las ideas frescas al sabio y respetable Fleischmann. Quizá radique ahí el problema de toda esta historia, como muchos han señalado, Fleischmann necesitaba a alguien que le diera una segunda opinión, que le corrigiese cuando se equivocaba y confiaba en que Pons era esa persona. Pons, por su parte, tenía una fe ciega en su tutor y era incapaz de ver con ojos críticos el trabajo del venerable químico, dando por buenas todas sus conclusiones. Entre uno y otro cubrían las imperfecciones de su famoso descubrimiento.


El método propuesto por los dos científicos para llevar a cabo la fusión era muy sencillo y no requería temperaturas extremas. Al hacer pasar corriente por el electrodo de paladio, éste absorbe los átomos de deuterio que se van pegando a su estructura. Los dos químicos afirmaban que los núcleos de deuterio acababan tan cerca unos de otros que vencían la repulsión y se fundían.


Los físicos han concentrado sus esfuerzos en las altas temperaturas; nadie ha pensado en usar una presión elevada” decía Fleischmann. Sin embargo, esto es completamente falso. Las altas concentraciones de hidrógeno en los metales son de sobra conocidas y, por ejemplo, en el titanio se pueden conseguir concentraciones de isótopos de hidrógeno tres veces mayores a las conseguidas por Fleischmann y Pons en su electrodo de paladio. Y son estables, no se fusionan. Robert L. Park, físico de la universidad de Maryland, se lamentaba: “¿Cómo es posible que Pons y Fleischmann hayan estado trabajando en la idea de la fusión fría durante cinco años, según afirman, sin ir a la biblioteca a enterarse de todo lo que ya se sabe acerca del hidrógeno en los metales?”


Sin embargo, como hemos, dicho las ganancias serían muy altas si la fusión podía conseguirse de ese modo por lo que apostar por la pareja revelación de la química parecía lo apropiado. Laboratorios de primera línea centraron todos sus esfuerzos en conseguir los efectos que Fleischmann y su ayudante habían descrito en la rueda de prensa. Las revistas de todo el mundo anunciaban la fusión fría como la gran esperanza en lo que respecta a nuestros problemas energéticos y de medio ambiente. Se celebraron congresos sobre fusión fría, se concedieron ayudas millonarias, se destinaron fondos que se estaban empleando en otras ramas a la persecución de la fusión de los núcleos de deuterio sin necesidad de temperaturas infernales...


Pero...




...y caida


¿Dónde están los frutos de tanto esfuerzo y dinero invertido en la fusión fría?

En ningún lado. Actualmente los físicos se sonrojan al tocar el tema y es prácticamente tabú recordar como muchos de ellos gastaron parte de sus energías y subvenciones en perseguir el unicornio de los dos químicos de Utah. Los resultados que decían haber obtenido Fleischmann y Pons no pudieron ser reproducidos en ningún otro laboratorio y la fusión fría se desvaneció poco a poco aunque, como veíamos en el caso de la homeopatía, siempre queda algo. Hoy en día quedan algunos defensores de este fenómeno que incluso celebran congresos anuales y tienen una revista dedicada al tema con el fantasioso título de Infinite Energy.


El caso de la fusión en la universidad de Utah se empezó a esclarecer relativamente rápido pues existía una forma muy fácil de determinar si lo que se había observado era fusión o no: observar los efectos secundarios. Cuando los núcleos de deuterio se unen forman helio-4, compuesto de las mismas partículas que el helio ordinario pero más inestable. El helio obtenido mediante fusión suele desprenderse de un neutrón, quedando convertido en helio-3, que si es estable. Por lo tanto, como consecuencia de la fusión, deberían haber obtenido helio-3, así como grandes cantidades de radiación en forma de neutrones que abandonarían la pila al desprenderse del núcleo.


Era evidente que no se estaba produciendo la expulsión de neutrones en las cantidades que se darían de haber fusión y la prueba de que esto no estaba sucediendo era simplemente que Pons y Fleischmann estaban vivos y no retorciéndose en una dolorosa muerte debido al exceso de radiación. Pero, ¿y el helio-3? ¿Existía está prueba de la fusión en la pila de los dos químicos? Varios laboratorios gubernamentales y otros tantos privados se ofrecieron a analizar los cátodos usados en la fusión fría de Utah. Sin embargo Fleischmann no dejó a ninguno de ellos realizar esta prueba y se la encargó a la empresa Johnson-Mathey, la misma que le había suministrado el paladio.


Pons y Fleischmann anunciaron que acudirían al próximo congreso de física de Santa Fe con los resultados de las pruebas en la mano, demostrando al mundo entero la realidad de su portentoso descubrimiento... Pero los dos químicos nunca aparecieron por el congreso, parece ser que el ataque de un terrible mapache privó a la humanidad de la energía infinita. La excusa que dieron para no aparecer por Santa Fe fue que cuando estaban realizando la prueba, un mapache se coló en el laboratorio y mordió los cables del transformador dejándolo sin suministro eléctrico y echando al traste con las pruebas para encontrar helio. Un estudiante de instituto habría pensado en una excusa mejor. Los dos químicos prometieron repetir la prueba y presentar los resultados en la mayor brevedad posible.



El tiempo fue pasando, los resultados de la prueba no llegaban y las expectativas levantadas por todo el asunto se iban desvaneciendo. Finalmente, Pons decidió no publicar nunca los resultados de estas pruebas y la única explicación que dio fue que no habían sido los esperados. La fusión fría acababa de morir... aunque aun daría algún coletazo que otro.



EPÍLOGO

Stanley Pons fue despedido y vive recluido, alejado del ámbito académico y de cualquier laboratorio, en una granja aislada en el sur de Francia.


Martin Fleischmann no se habla con su pupilo. Se dedica a contarle a todo el mundo que él tenía razón y que la fusión fría es real... solo que las malvadas compañías petroleras, mediante una maquiavélica conspiración, se encargaron de boicotear su descubrimiento.



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viernes, 23 de noviembre de 2007

El hombre que hablaba con el agua



En 1988 un artículo en la revista Nature causó un enorme revuelo en la comunidad científica y una gran alegría entre los homeópatas de todo el mundo. Por fin, tras décadas siendo tratados como curanderos, los practicantes de la homeopatía tenían un respaldo científico. El biólogo francés Jacques Benveniste había probado en un laboratorio, nada más y nada menos, que la memoria del agua. Esto vendría a ser como la Piedra Filosofal de los homeópatas.
Pero vamos a ir un poco hacia atrás.

Esta historia trata de un supuesto fraude, el cometido por Jacques Benveniste, y de un error, el que cometió John Maddox, editor de la revista Nature.



Historia del agua
Hahnemann vs Avogadro



La homeopatía fue inventada en 1810 por el médico alemán Christian Friedrich Samuel Hahnemann basándose en tres pilares: el tratamiento personalizado, la ley de los infinitesimales y la ley de los similares. Nos centraremos en los dos últimos por ser los desencadenantes de esta historia.



La ley de los infinitesimales es algo así como “cuanto menos, más”. O, cuanto menor es la dosis de algo, mayor efecto produce. ¿A qué ya empieza a sonar a gato encerrado? Pues queda la mejor, la ley de los similares o, lo que es lo mismo, las enfermedades son curadas por sustancias naturales que producen sus mismos síntomas.

¿Como llegó Hahnemann a estás conclusiones? Bien simple, observó que la quinina producía fiebre y vómitos, síntomas similares a la malaria, enfermedad que se trataba con quinina. Ya está. Eso es todo. De la observación de una simple coincidencia, Hahnemann extrapoló la base de la homeopatía: la ley de los similares.

¿Y la ley de los infinitesimales? Se podría decir que Hahnemann inventó esta ley para proteger su propia vida. Una vez dado el salto de fe con la quinina y su anterior ley, el médico alemán se dedicó a probar multitud de sustancias naturales (plantas y minerales, hablando claro) para observar sus síntomas y emparejarlos con enfermedades que produjeran reacciones similares. Pero había un problema, gran parte de esas sustancias naturales eran potentes tóxicos. Para no morir intoxicado, Hahneman utilizó la dilución. Disolvía las medicinas en agua en relación 1:10, es decir una parte de medicina y diez de agua. Después de agitar la solución, repetía el proceso volviéndola a mezclar con diez partes de agua con lo que la relación quedaba 1:100. Y así una y otra vez hasta que lo único que ingería el médico era simple agua. En los envases de productos homeopáticos actuales podemos encontrar estas leyendas: 30X, 50X, 100C, 200C, etc. La X significa que la dilución se ha hecho con diez partes de agua y la C con cien, es decir, una dilución 200C significa que se ha diluido el producto “curativo” entre cien partes de agua y se ha repetido el proceso doscientas veces. Hahneman, en contra del sentido común, postuló que un principio activo era más efectivo cuanto mas diluido estaba... Tal cual.

Sin embargo, es lógico el éxito de la homeopatía en sus inicios teniendo el cuenta como funcionaba la medicina de la época, a base de sangrías y otras técnicas aun más peligrosas. El 60% de las dolencias acaban desapareciendo solas, así que era preferible un médico que te recetaba agua y te convencía de que te ibas a curar a otro que agravaba tu enfermedad a base de desangrarte. El problema es que, una vez curados, los enfermos lo agradecían a Hahneman y no al simple efecto placebo. Es como si le diéramos las gracias al gallo pues a causa de a su canto, amanece.

Aquí es donde entra en escena el Conde de Quaregna e Cerregno, más conocido como Amadeo Avogadro. El químico italiano estableció la famosa ley que lleva su nombre y que viene a decir que la masa atómica de cualquier elemento contiene el mismo número de átomos. Ese número, calculado años más tarde, es el número de Avogadro: 6,02214199x1023. Bien, esto, que puede sonar a chino, aplicado a lo que nos ocupa da lugar a una idea interesante: el límite de dilución, esto es el punto en que en una dilución no queda ni una sola molécula del compuesto diluido. Por ejemplo, en una dilución 30X, de las menores empleadas en homeopatía, deberíamos ingerir 30.000 litros de agua para tomar una sola molécula de principio activo. En palabras del físico Robert L. Park: “El Oscillococcinum, un remedio homeopático estándar para la gripe, es un derivado del hígado de pato, pero su uso en homeopatía no amenaza a la población de patos. Su dilución estándar es de 200C. La C significa que el extracto está diluido en proporción 1:100 y agitado en 200 ocasiones. Como resultado tenemos una dilución con una molécula del extracto por cada 10400 moléculas de agua, es decir, un 1 seguido por 400 ceros. Pero sólo hay 1080 (un 1 seguido por 80 ceros) átomos en el universo entero. Una dilución 200C va mucho más allá del límite de dilución de todo el universo visible.”

Esto no es lo más gracioso. Se supone que Oscillococcinum es un microbio que vive en el hígado de los patos pero resulta que... Oscillococcinum no existe. Ningún científico lo ha visto jamás ni, por supuesto, se encuentra en ningún libro de medicina o de biología. En realidad solo existe como nombre patentado por la empresa homeopática francesa Boiron, cuyos ingresos anuales, solo gracias a este medicamento inexistente, superan los 300 millones de euros.

Así pues, tendríamos que tomarnos varias píldoras de preparado homeopático de Oscillococcinum del tamaño del universo para tener una pequeña posibilidad de ingerir una sola molécula activa de un microbio que ni siquiera existe.

Los homeópatas conocen la ley de Avogadro y están conformes con que sus preparados no contienen ni una sola molécula de sustancia curativa. ¿Cómo, entonces, pueden defender la homeopatía? Fácil, afirman que el agua “recuerda” las moléculas con las que ha estado en contacto aunque estas hayan desaparecido hace tiempo. Si, de verdad, y lo dicen en serio sin reírse ni nada. Antes de analizar las implicaciones de esto, que son muchas y muy absurdas, vamos, por fin, a hablar de uno de los protagonistas de esta historia, Jacques Benveniste.




El agua se acuerda
Benveniste hace experimentos



Durante la segunda mitad del siglo XX la medicina había avanzado a pasos de gigante y la homeopatía, que seguía, y sigue, estancada en el libro de Hahnemann y sin ningún descubrimiento en su curriculum, estaba un poco olvidada. Era una más en la larga lista de medicinas alternativas y pocos científicos habían siquiera oído hablar de ella. Esto cambió de la noche a la mañana el 30 de junio de 1988.

Ese día apareció en Nature un artículo firmado por un equipo de investigadores, entre los que se encontraba Jacques Benveniste, titulado: “Desgranulación de basófilos humanos activada por un antisuero contra IgE muy diluido”. Parece más complicado de lo que es. Los basófilos no son más que glóbulos blancos e Ige es un anticuerpo que produce reacciones alérgicas en todos los seres humanos. El Ige proviene de las cabras y se le podría considerar una especie de alérgeno universal. Si los basófilos entran en contacto con un suero en el que haya Ige diluido presentarán una reacción alérgica.

El experimento de Benveniste era bien simple. Iba a diluir un gramo de Ige en un litro de agua. Luego repetiría esta operación 20 veces, lo que en términos homeopáticos se conoce como una dilución 20C. Luego pondría esta dilución en contacto con los basófilos para ver si había reacción alérgica. Sabemos, gracias a Avogadro, que en una solución 13X ya no quedan ninguna molécula del diluido por lo tanto no debería producirse reacción alguna. Las conclusiones del experimento publicado en Nature decían lo contrario. Se produjo reacción alérgica (unas pocas veces).


Benveniste aventuraba una explicación: el agua conserva una especie de molde de la molécula. Esta teoría fue conocida como memoria del agua. Benveniste llegó a hacer afirmaciones tan absurdas como la que recoge Federico di Trocchio:
“[Benveniste]Declaró, por ejemplo, que se podrían lanzar las llaves del coche al Sena y recoger luego en Le Havre las moléculas que conservan el molde que permitiría volver a hacer las llaves y encender el motor. Cuando escuchaban este ejemplo, los colegas de Benveniste, físicos y químicos, sacudían la cabeza”
Benveniste recibió en 1991 un premio ig Nobel por su artículo. Los premios ig Nobel son lo contrario a los Nobel y se dan cada año a los estudios mas absurdos e inútiles.

Algo que olvidó el científico homeópata fue explicar como decidía el agua de que se acordaba y de que no. El agua que bebemos lleva millones de años pululando por el planeta y ha estado en contacto con practicamente todos los tóxicos conocidos. ¿Cómo es que no morimos entre horribles dolores cuando bebemos un vaso de agua? Al fin y al cabo se acuerda de todos esos venenos con los que ha estado en contacto.




Agua estancada
¿Qué has hecho, John Maddox?


¿Por qué publicó Maddox un artículo tan absurdo en una revista del prestigio de Nature? Lo cierto es que el artículo fue rechazado en un principio por el editor que lo consideraba falto de credibilidad. Sin embargo, Maddox decidió más tarde que sería bueno iniciar un debate en torno al tema. Publicó el artículo de una forma inaudita en Nature, incluyendo una nota suya en la que instaba a los investigadores que lo leyeran a repetir el experimento de Benveniste para contrastar los resultados.

El revuelo causado por el artículo fue impresionante. Salieron homeópatas hasta de debajo de las piedras. Desde ese momento la homeopatía está en todas las farmacias del mundo, se celebran congresos anuales en universidades. Incluso en España varias universidades ofertan cursos de homeopatía, lamentablemente.
¿Qué había pasado? ¿Nadie fue capaz de refutar a Benveniste? ¿Dieron resultado positivo las repeticiones del experimento? Al contrario, los resultados de Benveniste no pudieron ser reproducidos en ningún laboratorio. El propio Maddox junto al mago James Randi y el caza fraudes Walter Stewart inspeccionaron el laboratorio de Benveniste y encontraron numerosas irregularidades así como indicios de fraude, tal como publicaron en Nature el 28 de julio. El propio equipo de Benveniste repitió el experimento ante los tres investigadores y no obtuvo ningún resultado; el Ige inexistente no produjo reacción alguna, parecía que el agua había perdido la memoria. Por si esto fuera poco, se descubrió que Boiron (si esa gran empresa homeopática que vende microorganismos inexistentes infinitamente diluidos) se encargaba de pagar los sueldos y manutención de parte del equipo de Benveniste.


La revista Lancet ha publicado desde entonces numerosos eartículos serios sobre homeopatía y ninguno de ellos ha sido favorable. El más reciente, en 2005, comparaba todos los experimentos en condiciones realizados sobre el tema, unos 140, llegando a la siguiente conclusion: “No hay evidencias convincentes de efectos superiores a placebo”


Hoy en día en cualquier en farmacia de España se puede encontrar un jarabe para la tos que ha tenido que demostrar su eficacia en numerosos test antes de poder ser puesto a la venta. En esa misma farmacia también se podrá comprar, probablemente mas caro, un jarabe homeopático que no ha tenido que pasar ningún control y que principalmente está compuesto de agua. En la historia de los rayos N vimos como inmediatamente después de ser descubierto el fraude eran olvidados. Sin embargo no ocurrió esto con la homeopatía, que es un negocio mas boyante cada día y que incluso es practicada por médicos. Han pasado cien años y nuestra credulidad lejos de menguar, ha crecido. El experimento de Benveniste, una vez publicado en Nature, dio la vuelta al mundo, apareció en todos los periodicos con grandes titulares, así como en la radio y en la televisión. Las pruebas de que todo fue un fraude no han aparecido practicamente en ningún medio...



Evidentemente, John Maddox se equivocó al publicar el artículo.









EPÍLOGO
Benveniste es la única persona que puede presumir, o podría de estar vivo, de tener dos premios ig Nobel. Sí, en 1998 volvió a ganarlo por su afirmación de que el agua no solo tiene memoria si no que también habla por teléfono y usa el ordenador. Según Benveniste la memoria del agua podría ser codificada por teléfono y almacenada en discos duros... Como dice Robert Park: “Ése es el punto en el que se supone que todo el mundo se da cuenta de lo ridículo del asunto y se echa a reír a carcajadas. Pero los homeópatas no se ríen.”



FUENTES:
PARK, ROBERT L., Ciencia o vudú, 1999, pp. 82-91
TROCCHIO, FEDERICO DI, Le bugie della scienza, 1995, pp. 165-174
CABA MARTÍN, PEDRO, Ciencia y pseudociencia: realidad y mitos, pp. 363-373

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domingo, 18 de noviembre de 2007

Atrapados en Stanford

Palo Alto es una ciudad residencial de California. Situada en un extremo del Silicon Valley, es una de las zonas más caras de Estados Unidos y está formada por miles de esas pequeñas casas unifamiliares con jardín que tanto hemos visto en las películas. Además, tiene el honor de albergar una de las más prestigiosas universidades del mundo, la Universidad de Stanford, cuyo lema es: “Sopla el viento de la libertad”...

Una calurosa mañana de agosto de 1971 varios coches patrulla de la policía local, con las sirenas encendidas a todo volumen, realizaron una espectacular redada. Varios jóvenes residentes en Palo Alto, todos ellos estudiantes, fueron detenidos esa mañana acusados de robo y atraco a mano armada. Los sacaron de sus casas y los cachearon mientras permanecían con las manos sobre los coche patrulla. Los vecinos, curiosos, salían de sus casas a observar el raro espectáculo que estaba sucediendo en su tranquilo barrio. Los detenidos fueron esposados y llevados a comisaría. Allí les tomaron las huellas dactilares y los encerraron en los calabozos con los ojos vendados.




Los detenidos aquella mañana no formaban parte de ningún tipo de banda organizada, ni estaban asolando el pueblo con actos vandálicos. Los estudiantes arrestados eran voluntarios en un experimento subvencionado por la Armada de los Estados Unidos que se estaba llevando a cabo en la Universidad de Stanford por un equipo de psicólogos encabezado por Philip Zimbardo. Los “conejillos de indias” habían firmado un contrato renunciando a algunos de sus derechos civiles. El experimento, conocido como el de la Cárcel de Stanford, pretendía estudiar el efecto de la vida en prisión sobre reclusos y guardas. O, en palabras de Zimbardo; “¿Qué sucede cuando se pone a personas buenas en un sitio malo? ¿La humanidad gana al mal, o el mal triunfa?”


El experimento iba a durar dos semanas así que, para acelerar la sensación de aislamiento y perdida de identidad, Zimbardo tomó una serie de medidas. Los reclusos fueron llevados a la “cárcel” (los sótanos debidamente acondicionados con rejas y cámaras de la facultad de psicología) con los ojos vendados, allí los desnudaron y rociaron con polvos desparasitantes. Los vistieron con una especie de saco, sin ropa interior, les ataron una cadena en el tobillo y les pusieron unos gorros de media que simulaban el pelo rapado. Además se les dio a cada uno de ellos un número que seria su único nombre desde ese momento. Por otro lado, a los que hacían el papel de guardias se les proporcionaron uniformes, porras de la policía y unas gafas típicas de sheriff americano. Zimbardo sacó esta última idea de la película “La leyenda del indomable”. No se les dio ninguna instrucción sobre como hacer su trabajo salvo que no podían ejercer la violencia física.

A pesar de ser este un blog dedicado a los fracasos es difícil decidir si el Experimento de la Cárcel de Stanford fue un fracaso o, en realidad y a pesar de ser cancelado solo seis días después de empezar, tuvo demasiado éxito.

El primer día las cosas sucedieron de forma tranquila, incluso hubo risas y bromas. El segundo día empezaron las sorpresas. Los guardias habían estado despertando a los reclusos por la noche y oblingándoles a hacer flexiones. Por la mañana, estos últimos decidieron rebelarse montando un motín en toda regla que los guardias resolvieron usando los extintores contra ellos. Desde ese momento los guardias fueron ideando formas cada vez mas ingeniosas y efectivas de someter la voluntad de los reclusos. Les negaban la comida, así como el derecho a ir al baño, se subían sobre ellos mientras hacían flexiones e incluso idearon formas de desunir al grupo de presos, como crear una celda de privilegios. En ella, tres reclusos disfrutaban de mejor tratamiento y comida que el resto, que pensaban que sus compañeros eran “colaboradores”. Los asesores del experimento, auténticos guardas y reclusos, afirmaron que métodos similares eran puestos en práctica en prisiones reales.

La situación se fue agravando e incluso uno de los reclusos sufrió una crisis nerviosa y fue sustituido por otro voluntario. Los presos se metieron tanto en su papel que cuando se celebraron reuniones de “libertad condicional” y les fue denegada muchos de ellos sufrieron profundas depresiones. Uno de los presos incluso hubo de ser liberado a causa de un ataque de histeria. Los investigadores censuraban el correo de los voluntarios y descubrieron que uno de ellos era un activista radical que pretendía escribir una noticia cuando saliera de allí, pero incluso él estaba tan absorto en su rol que en la carta a su novia alardeaba de ser el cabecilla de los presos problemáticos.

El ambiente llego a influenciar también sobre el equipo de investigadores. Les llegó el rumor de que el preso liberado estaba reuniendo gente para asaltar la facultad y liberar al resto. Zimbardo fue inmediatamente a hablar con el jefe de policía para preguntarle si podían meter allí a sus presos pero el seguro no lo cubriría y la policía de Palo Alto no quería problemas. Zimbardo decidió luego trasladar todo el experimento a otra zona y él se sentó en la antigua cárcel a oscuras esperando a unos asaltantes que nunca llegaron. En ningún momento se comportó como un investigador, estaba actuando como el alcaide de una prisión intentando evitar una fuga. Y con cierto dramatismo, todo hay que decirlo. En ese momento Zimbardo había saltado dentro de su experimento.


La situación fue empeorando aun más. Los guardas eran cada vez más brutales en sus métodos y, sobretodo, más humillantes. Los presos eran desnudados y les ponían bolsas de plástico en la cabeza. O les obligaban a limpiar con las manos los váteres. Por las noches, cuando creían que no eran vigilados, los guardas sometían a los presos a tratamientos aun más humillantes y pornográficos. Los ataques de histeria entre los convictos aumentaban, cada vez estaban peor. No tenían absolutamente ninguna identidad como grupo. Ante la pregunta de si preferían renunciar a sus mantas una noche o dejar a un compañero encerrado en la celda de castigo (un diminuto armario) decidieron quedarse con las mantas. Algunos de ellos desarrollaron llagas psicosomáticas que les cubrieron el cuerpo.

Finalmente, el sexto día, una compañera de Zimbardo, doctorada en psicología, acudió a ver el experimento y quedó horrorizada al ver la situación en la cárcel, con los presos desnudos desfilando encadenados hacia el baño. Esto por fin abrió los ojos del investigador que se dio cuenta de que aquello se le había ido de las manos y el experimento fue cancelado.

Desde entonces se ha criticado mucho el experimento de Stanford. Muchos han manifestado que los voluntarios estaban asumiendo roles, como en un juego de rol. O que la muestra del experimento era muy pequeña. Sin embargo, comparando unas fotografías del experimento con otras tomadas en Iraq, parece que los resultados del experimento no eran muy alejados de la realidad. Respondiendo a la pregunta de Zimabardo, si pones a personas normales en una situación mala, el mal gana.


Se publicó en Alemania una novela inspirada en el experimento: “Black Box”, de Mario Giordano. En el 2001 se estrenó Das Experiment, dirigida por Oliver Hirschbiegel y basada en la novela.

El doctor Zimbardo tiene una página web donde detalla el experimento paso a paso y expone sus conclusiones:

Http://www.prisonexp.org/


EPÍLOGO

Zimbardo podría haberse hecho una idea de cual iba a ser el resultado de su estudio si hubiera echado un ojo a otro experimento clásico: el experimento de Milgram. En él un voluntario debía darle descargas eléctricas cada vez más potentes a otro, que en realidad era un actor, cada vez que fallaba una pregunta. Al voluntario se le pedía que no dejara de producir las descargas, ni siquiera cuando el otro gritaba de dolor, se caía al suelo o incluso fingía quedar en coma. El 65% llegó a los 450 voltios a pesar de que se les aviso que era letal. Los actores aullaban de dolor y escupían a partir de 270 voltios y caían en coma y dejaban de responder a partir de los 300 voltios. Ningún voluntario dejó de pulsar el botón antes de los 300 voltios.

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